2.8.10

Gula (Por Sandra Russo)


“Los gobiernos pasan, son un mero episodio, pero la tierra permanece.” Tal el sustrato del discurso del liderazgo opositor más consolidado y visible hasta el momento. El mechón rebelde de Biolcati, que flameaba mientras al anochecer él leía su pieza oratoria y política, colaboraba en la pantalla, tan colocada en el primer plano, para ubicarlo en ese papel. Un papel, según definió, histórico: él, el más poderoso del núcleo duro opositor, viene a ser el heredero de las otras grandes luchas que libró la Sociedad Rural Argentina.

¿Qué luchas libró la Sociedad Rural Argentina? Todas y cada una, contra el pueblo. Todas y cada una, para sí. ¿Cómo llegamos a esta escena, en la que casi todos los dirigentes políticos opositores se arrastran a los pies de la gran corporación? Estaban allí, escuchando los insultos a la política. ¿Qué hacían Duhalde y Chiche escuchando que los pobres son la basura que genera la política para rejuntar votos, esa escoria que si es explotada por alguien, es por la política? Digo que es la clase política que se arrastra a los pies de la corporación, porque para alinearse ahí hace falta tragarse el sapo completo de la antipolítica. Ese sujeto histórico que dice representar Biolcati es el antipolítico por excelencia. Lo único que florece a su alrededor es servilismo y entrega.

Ese sujeto histórico embrionó en los financistas de la Campaña del Desierto. El país del que hablan no tiene pasado: lo fundaron ellos cuando les entregaron las tierras ya liberadas de indios de los que no hace ni falta acordarse, puesto que confirmó ayer, nosotros bajamos de los barcos. El embrión de ese país fue un pacto entre ricos y militares. Fue el Roca militar el primer político que aceptaron. Están acostumbrados a que les hagan esa clase de favores, y a que los pactos con los políticos sean de esa especie: con los políticos jugando para ellos y un territorio inmenso para ser sus dueños.

Los gobiernos pasan, la tierra queda. Ellos creen que son la tierra. Los dueños de las tierras se identifican con su propiedad privada, y es así en todo, claro, ellos son los que han tenido el poder durante casi toda nuestra historia. Todas las luchas populares de estos doscientos años se libraron contra los intereses que representan Biolcati y su Mesa de Enlace. El discurso de ayer lo consagra también para eso: es el que tiene la estancia más larga.

Si la política tiene sentido para millones de argentinos, ciudadanos, militantes, dirigentes, es precisamente para que gente como Biolcati tenga menos poder. Ellos no quieren ser sectores que pugnen con los otros, como en cualquier democracia. Quieren ser lo que han sido siempre, menos en los gobiernos peronistas: los que tutelan que lo mejor para todos, ese abstracto invocado por los políticos, siempre sea lo que les convenga a ellos. No quieren entrar en discusión. Desde el 2008 que se niegan a bajarse del caballo del dueño. No quieren negociar. No saben ser una parte. Siempre han hablado en nombre de la Patria, incluso cuando cobijaron a los asesinos o cuando eran amigos de Menem. Todos pasaron, la tierra queda. La tierra no son ellos, la Patria no son ellos. Tarde o temprano tendrán que darse cuenta.

Y si se preparan para una más de sus grandes luchas, Biolcati será el verdadero comandante. Tiene el carácter, la gula y el impudor que suelen enamorar a la derecha golpista argentina.

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29.5.10

Civilizados y bárbaros (Por Sandra Russo)


Era previsible, aunque aun así parecía descabellado: a la magnífica fiesta del Bicentenario iba a seguirle el revival de una de las falsas opciones no saldadas de la argentinidad. Era previsible quizá precisamente por lo descabellado, porque la reacción es así, siempre fue así, salvaje, demente en su capricho de etiquetarse superior a los otros. Pero aun así, no deja de azorar el incipiente replanteo del binomio civilización o barbarie. Esa es la estructura, el mito que late bajo las impresiones de algunos analistas de derecha. Es que es un mito fundante de la derecha argentina. La opción entre civilización y barbarie tiene un solo emisor, puesta en términos de la comunicación, y es después de todo una vigorosa comunicación histórica. Quien emite, en su origen y luego a lo largo de 200 años, da por cierto, al hacerlo y por el solo hecho de afirmar (se trata de una afirmación) que hay algo arriba, antológicamente, y algo abajo. La frase admite una superioridad.

Las palabras pueden ser reemplazadas, pero el enfoque es el mismo. La cultura o la ignorancia, lo blanco o lo negro, lo europeo o lo latinoamericano, los seres pensantes y la masa, el Colón o la 9 de Julio, lo exquisito y lo popular. Sólo algunas veces en la historia el sentido común argentino fue perforado por la inversión de los términos.

Pero esta vez, si uno enfoca sin mucho esfuerzo la escena, ve que en lo exquisito se coló Ricardo Fort, que no tiene pruritos con las bellas artes, ya que le dice al movilero que su familia ha tenido toda la vida un palco en el Colón. La nota con Fort se interrumpe porque llega Cobos. Todos llegan con sus galas, que son parte constitutiva del artificio de “lo exquisito”. Aquí las formas lo son todo. Las señoras han sacado a relucir las pieles que ya con esto de la ecología se usan poco. Incluso han podido sacar de las cajas de seguridad las joyas, en un gesto patriótico que ha dejado en suspenso el miedo de vivir en este país, la inseguridad reinante en este país. Travestido en un teatro dador de Oscar más que de obras de arte, el Colón tiene alfombra roja para que allí las estrellas den las notas.

Es que el Colón hace rato que no es lo que era, y hace rato también que muchas cosas ya no son lo que eran, lo que alguna vez fueron o pretendieron ser. Probablemente, si el macrismo hubiera tenido a su cargo el escenario de la 9 de Julio, las frases de Moreno, San Martín, el Che, Jauretche o Perón que pasaban en esa cinta sinfín hubiesen sido reemplazadas por publicidad de barritas de cereal Fel-Fort.

“Lo exquisito”, ya entre comillas, fue usurpado por estrellas de televisión y ricos sueltos que en los ’90 les arrebataron sus bastiones a la clase beneficiaria del Primer Centenario. Los medios electrónicos y el neoliberalismo alteraron para siempre el paisaje de patricios con antepasados militares que guerrearon en la segunda mitad del siglo XIX. No queda nada de aquellas niñas miss Mary que pudieron ser las hermanas Ocampo, o de una díscola genial como Sara Gallardo, que pudo ver el pecado de su estirpe. No hay nada de austeridad aristocrática. Los medios y el neoliberalismo han hecho que mostrarse electrónicamente sea el gesto natural del famoso que llega a alguna parte. Y el famoso no habla de arte, claro. Habla de lo que se opuso, de quién la peinó, de su vestido, de lo feliz que se siente por participar de esa fiesta tan importante en ese lugar que es un orgullo argentino.

Y también pasa que el orgullo argentino se empieza a despertar en otra parte. Allí a lo lejos, donde el emisor oficial de la argentinidad ubica a la barbarie. Todo cambia cuando el bárbaro advierte que no es bárbaro, sino que así lo ha llamado su conquistador. Y en el fondo de todo, siempre está el lenguaje. Los bárbaros que rodeaban a los griegos, los que siglos después rodearon al imperio romano o los que mucho más tarde rodearon la Bastilla, hablaban mal. El origen de ese mito fundante de Occidente, porque hasta ahí se remonta esta trama, es sencillo: los primeros bárbaros no “hablaban mal” sino otro idioma. El mito se origina en la ignorancia de los griegos: no sabían en qué idioma hablaban esos otros.

En la Argentina también hablamos distinto idioma, con la fuerza que tiene esa expresión, los que vibramos y sentimos el goce de mezclarnos, de rozarnos, de abrazarnos, de llorar en el hombro de otro, de agitar banderas, de gritar hasta quedarnos doloridos, de sostenernos horas en nuestros pies, de sonreírnos con desconocidos, de aceptar un mate al paso, de vivir esa experiencia alucinógena de ser millones y estar felices.

La reacción se defiende viendo otra cosa. No puede ver más que la masa o la chusma. No tiene otra cosa en la cabeza, ni en el alma ni en la mirada. No hay, en ese emisor histórico que resurge cada tanto, ninguna posibilidad de multitudes felices. Es más. Ese emisor cumple la función de mantener sojuzgadas a las multitudes para que nunca dejen de sentirse bárbaras.

Los verdaderos cambios, lo que no son cosméticos, sino rasguños en la costra del statu quo, suponen una revolución simbólica. Porque siempre el sujeto del cambio es el bárbaro que se libera de la mirada del griego o del romano y empieza a nombrarse a sí mismo de otra manera.

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15.5.10

Los indios (Por Sandra Russo)


Como muchos argentinos de mi generación, conocí primero a los siouxs que a los mapuches. De los indios no nos hablaban en la escuela, pero en la televisión pasaban películas del Far West. Las caravanas de colonos, llenas de mujeres, niños y cacharros, avanzaban siempre destartaladas en territorio hostil, custodiadas por los hombres del rifle. Acechaban los indios. Sus alaridos espantaban en la noche.

Los espectadores nos identificábamos con los colonos. La colonización era, así, visible como una cuña blanca en el enigma de un mundo desconocido, habitado por seres fascinantes que incluso eran coleccionables en sus versiones plásticas, pero que pese a su fascinación había que aniquilar. Reducían cabezas, arrancaban cueros cabelludos y hacían sacrificios humanos a sus dioses. Los blancos también, aunque siempre lo negaron. Aquí no hubo colonización sino conquista. Los blancos ofrecieron en sacrificio a su único dios a millones de seres humanos, como sin darse cuenta de lo que hacían, como simples inconscientes y amorales. Siempre hablaban de otra cosa. Una nación, una cultura, la civilización, la razón, la ciencia, la religión.

Cuando –hace tanto tiempo– yo era adolescente, en el ámbito rockero y literario en el que me movía, no se hacían fiestas de quince, pero había, a los dieciocho, viajes al Machu Picchu. Era un programita de valores de emergencia, toda vez que la política nos estaba prohibida. Fui adolescente en un país con miedo real, en un país en el que no se hablaba del miedo.

Entonces aquella generación tomó para sí algunos valores posibles, menores, cotidianos, y los convirtió en un modo de vida. En una identidad. Mi generación volvió militancia un ideario aplicado a la vida cotidiana. Fundió política con cultura para sobrevivir.

Las chicas de quince lo menos que queríamos era una fiesta de quince. No estaba bien visto el éxito en general. No íbamos a bailar. Amábamos a los antihéroes y a los perdedores. Nos identificamos con ellos.

Los grandes perdedores de la historia argentina que está por cumplir 200 años eran los que en una enorme pincelada discriminatoria aún llamamos “indios”. Aquella inclinación juvenil por lo indígena no logró, por ser más reacción que iniciativa, perforar los prejuicios que estaban inscriptos hasta en la lengua. Sobre la palabra “indio”, Aiban Wagua, miembro de la comunidad kunayala, escribió sobre las innumerables naciones preexistentes al “descubrimiento” de América:

“Los blancos nos parieron a los indios y evitaron así considerar a los pueblos de Abia Yala como sujetos válidos en sí mismos, con sus sistemas sociopolíticos y religiosos bien diferenciados. Entonces, el indio fue un ente abstracto, sin carne, pero marginado, borracho, pobre entre los pobres. Nos simplificaron y abstrajeron tanto, y tanta fue la insistencia que prácticamente les creímos. A los mayas, a los kunayalas, a los aymaras, a los toltecas, a los totomayas, nos cortaron a todos por igual, porque la sociedad dominante quería simplificar las cosas, y corrimos todos la suerte de indios o indígenas. Tanto que hasta hay teólogos capaces de hablar con una ingenuidad tremenda de la creencia india de América, de una concepción india de la vida o de una cosmovisión india o de una mitología india. Millones de personas que conformamos pueblos o naciones de Abia Yala comenzamos a dar sentido y hueso a los indios. Siglos más tarde nos pareció bueno usarlo como signo de lucha. Y nuestros dirigentes nos dijeron: ‘Ya que nos hicieron indios, como indios vamos a luchar’”.

En estos días recorren el país las tres columnas de la Marcha de los Pueblos Originarios, que por primera vez en la historia plantean reformular su relación con el Estado y ser considerados estrictamente como lo que son: naciones y culturas preexistentes a las otras que se superpusieron en “lo argentino”.

Hasta ahora nuestra concepción del país los ha corrido del borde. No llegarán el 20 de mayo a Buenos Aires para que los porteños se saquen fotos con ellos, como cuando se van de vacaciones. No quieren seguir siendo una opción exótica para el turismo europeo. Vienen a hablar de mineras, de petroleras, de madereras, de producción a gran escala y medio ambiente, de tierras y de agua. Vienen a hablar de esas culturas subestimadas y arrasadas que jamás hubieran atentado contra el planeta. Quieren ser ciudadanos de derecho pleno e identidades colectivas resistentes, aptas para un debate político serio que tome en cuenta sus demandas. Escucharlas es profundizar un modelo hasta la tripa.

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10.5.10

Grecia (Por Sandra Russo)


Las imágenes griegas explotan en las pantallas. El Partenón allí, atrás del humo de los gases, dice algo que no se llega a escuchar. ¿Cuál es el debate sobre el neoliberalismo? ¿Cuál es su soporte? ¿Dónde rebotan las voces que se alzan contra esa escuela económica, política y filosófica que provoca desde hace décadas oleadas de sufrimiento humano? Los grandes medios mundiales no arbitraron ni promovieron ese debate ni aun cuando la crisis les estalló en el ombligo del imperio. El neoliberalismo y su utopía de libertad irrestricta de mercados y finanzas no permitieron que se creara masa crítica contra el neoliberalismo, simplemente porque no saben con qué reemplazarlo. No hay ninguna alternativa de derecha que pueda ofrecerse a cambio.

En 1989, Francis Fukuyama publicaba su biblia, El fin de la historia, un ensayo que concluía así: “Lo que podríamos estar presenciando no es sólo el final de la Guerra Fría, o la culminación de un período específico de la posguerra, sino el fin de la historia como tal; esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalidad de la democracia liberal como forma final de gobierno humano”.

Las cosas pasaron así. Efectivamente, aquella escuela creada por el austríaco Friedrich Hayek se erigió en el Pensamiento Unico, que hegemonizó a democracias y dictaduras de Occidente y Oriente en las últimas décadas. Su ascenso fue precedido del derrumbe del socialismo real, aquellos viejos regímenes burocratizados y deshumanizados que dejaron como saldo multitudes hambrientas de otras opciones políticas. Desde entonces, las alternativas de resistencia al neoliberalismo más vigorosas que han surgido lo han hecho en democracia. Pero se trata de desmontar la trampa que el neoliberalismo se niega a deshacer: se presume asimilado a la democracia, travestido en ella, camuflado en alternancias que aseguren la continuidad del statu quo. A esto le llaman “seguridad jurídica”.

Entre la Argentina de 2001 y la Grecia de 2010 tuvo lugar una crisis estructural con epicentro en Estados Unidos que sigue su curso ahora en Europa, y sin embargo la política económica que originó esas tres desgracias es la que sigue promoviendo la derecha de todas las latitudes, así como el verdadero Poder Ejecutivo de todas esas derechas, que es el FMI. Ahora evalúan “más ayuda” para Grecia. Los grandes medios han naturalizado que a esos préstamos usurarios que desatan desastres se los llame “ayuda”. Como si hubiera que agradecer esa deuda. Como si hubiera que inclinarse como un suplicante que recibe lo que implora.

Cada centavo de “ayuda” a Grecia será abstracto, como lo fueron los miles de millones de “ayuda” que recibimos en los largos años en los que peronistas y radicales elegían a Cavallo como ministro de Economía. Los medios celebraban cuando el FMI aprobaba esa “ayuda”. Eso es pura domesticación. Puro disciplinamiento. Los pueblos escuchaban, como buenas noticias, los presagios de sus futuros dolores. Hablaba de eso por televisión gente muy educada, con posgrados en universidades caras. Gente que sigue cobrando fortunas por conferencias. Dicen que los países deben ser austeros, que hay que achicar el gasto público porque en crisis hay que evitar la demagogia y el populismo, que hay que suprimir todos los controles al mercado porque más tarde goteará.

Grecia era evitable. Si se hubiese llegado al hueso del problema en un debate público que desenmascarara la aberración política y económica del neoliberalismo, la derecha seguiría siendo derecha, pero buscaría otro modo de serlo. Un modo aceptable para los electorados. Pero como nunca perdieron el control de la opinión pública globalizada, no se dedicaron a estudiar su fracaso, y no saben qué hacer.

Grecia demuestra, además, que el enemigo principal del neoliberalismo son los sindicatos. Es la principal red política y social que debe quebrar para imponerse. Eso explica tanto el mapa de nuestros desaparecidos de los ’70 como la noticia fresca que llega de Atenas, llena de humo, de represión y sangre.

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3.4.10

Lo profundo en Macri (Por Sandra Russo)

Nelson Castro le dijo a Macri, que meter presos a trapitos y encapuchados no le parecía una medida “profunda”. LA RESPUESTA DE MACRI FUE: “¿QUÉ ME ESTÁ PIDIENDO? NO PODEMOS MATARLOS A TODOS. ESO ES INAPLICABLE”. Nelson Castro se quedó estupefacto.

Podría haber sido apenas un intento de estrategia para desviar la atención del escándalo de las escuchas clandestinas, ahora que está cerca el llamado a indagatoria. Acá se confunde mucho todo. Acá en la Capital, digo. Macri confundió siempre la iniciativa política con una conferencia de prensa a la que vayan todos los grandes medios. Su naturaleza le hace confundir las cosas. Es un hijo electrónico de la videopolítica, un funcionario de la nueva estirpe, que es la que no gasta la suela de los zapatos en el territorio sino la cuenta corriente en consultorías.

Ellos creen que los medios son todopoderosos, y que son la clave del éxito. En junio, De Narváez vio el milagro y reforzó la fe en la especie. Los hijos de la videopolítica, asesorados por remanentes de los ’90 como Jaime Durán Barba, desprecian profundamente la política y hasta subjetivamente funcionan como empresarios. Creen que todo en la vida es cuestión de marketing: de la personalidad ha quedado viva apenas la imagen, que se puede colorear a gusto sólo con ser anunciante en los grandes medios. A veces ni siquiera hace falta. Se impone la solidaridad de clase, la única forma de solidaridad que respetan.

Con todo el gabinete alrededor, anunció su proyecto de encarcelar a trapitos y encapuchados. Nombró eso como “plan de seguridad”, en un primer deslizamiento de sentido tan burdo, que sólo puede pergeñarse desde la sobreestimación de la propia impunidad.

La seguridad de la Capital no está amenazada ni por trapitos ni por encapuchados. Más bien se trata de dos simplificaciones profundamente discriminatorias, como se ve en el hecho de pegarlas con moco a la inseguridad. Debajo de los trapitos y las capuchas hay personas que Macri no ve como tales y a quienes no les reconoce derechos. Los trata como si no tuvieran espíritu, como si fueran los extras de Thriller, bultos en las calles, la famosa masa indivisible.

Macri no quiere gobernar para nadie que no pueda pagarse un colegio privado. Ahí ha plantado su bandera. Busca empatía en esos sectores acomodados porteños, y en los medios, naturalmente, donde siempre un paso de baile garpa más que andar tocando timbre. Como esta vez tenía que justificar un proyecto innecesario e inesperado, alguien le dijo: “Decí que tocaste timbres”. Es decir: Macri afirma recoger un clamor vecinal cuando propone mandar a la cárcel a trapitos y encapuchados.

El diálogo que mantuvo con Nelson Castro en Radio Mitre quedará para la historia de la videopolítica, también como fenómeno en caída libre. Este país está, pese a los medios, politizado como nunca antes en la democracia, y ésa es una grieta del poder que mantiene en suspenso la Ley de Medios. Los griegos dirían que es hybris: el pecado del exceso. Mientras mantuvieron la ficción de “la independencia”, pudieron trabajar tranquilos en el tallado de la opinión pública, predisponiéndola bien o mal de acuerdo con sus intereses. Pero se pasaron de rosca. Su sobreestimación se correspondía con una subestimación cerril de la capacidad deductiva y reflexiva de las audiencias. A veces uno acepta que le mientan, pero sin que se dé cuenta. Todo debe funcionar de acuerdo con ese contrato en el que emisor y receptor se mecen creyéndose un relato. Pero cuando la realidad mete la cuña, cuando la evidencia del fraude informativo es ostentosa, una parte aún imprecisa del público se retira de escena.

Nelson Castro le dijo que el anuncio le había parecido “oportunista” porque parecía salir al cruce de un nuevo escándalo a raíz de la Policía Metropolitana, y que le hacía una objeción, porque meter presos a trapitos y encapuchados no le parecía una medida “profunda”. Hasta ahí todos entendimos lo que quería decir Nelson Castro, porque a muchos el anuncio de Macri nos parece, además, cosmético, si no es más que barrer la mugre debajo de la alfombra. Pero Macri contestó: “¿Qué me está pidiendo? No podemos matarlos a todos. Eso es inaplicable”. Nelson Castro se quedó estupefacto.

La profundización del modelo macrista, según el entendimiento del líder partidario, sería matarlos a todos. Sería inaplicable, en efecto. Es la utopía de la ultraderecha que representa Macri. Son declaraciones fundantes de esa ultraderecha ideológica que no cree ni siquiera que los pobres están para que los exploten. La robotización los hace innecesarios. Sobran, molestan. Se trata de eliminarlos desmantelándoles los hospitales y abandonando sus escuelas, quitándolos de la agenda. Se los elimina también cerrando los talleres culturales, los merenderos, los clubes, quitándolos del presupuesto. Pero hay un plus en la ideología que a su pesar, pobre, despliega Macri, que lo lleva más allá. El los ataca hasta donde puede. Una solución final no daría bien en las encuestas, pero es lo que se le ocurre, antes que más trabajo o más educación, cuando se le habla de “profundidad”.

La videopolítica de la que Macri es producto depara estas sorpresas. El que imita a Freddie Mercury puede llegar al gobierno diciendo diez frases hechas y puede ser alguien para quien “matarlos a todos” tenga el problema de ser “inaplicable”. Mientras tanto, con la Ley de Medios suspendida por jueces que fallan políticamente, la grieta crece. Se filtra y derrama la militancia y la conciencia generalizada de ser idiotas útiles de entrevistados y entrevistadores. Se mete la cuña, se hace palanca con la evidencia de que por ahí no es sino en la calle.



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31.10.09

La fiesta invisible (Por Sandra Russo)

Hay un país a la vista que tiene la piel irritada. Ese país, ese lado del país, ese costado, es el de exhibición permanente. La parte por el todo, metonimia. No a todos los sectores ni a todas las interpretaciones del país se las cuelga de la misma cantidad de ventanas. Hay una banda de sonido permanente en los medios, música funcional, que refuerza la idea de que la que cantamos es una mala canción.

Los grandes medios, después de la promulgación de la ley, han perdido todo decoro. El relato alcanza niveles de ficción tan fuertes que a Mauricio Macri no le parece disparatado sugerir que fue Kirchner el que mandó a pinchar los teléfonos. Hay dirigentes de la oposición que denuncian que están entrando armas a Ciudad Oculta y al día siguiente, después de haberlo amplificado hasta el hartazgo, el coro trágico se pone a hablar de otra cosa.

Todo pasa, todo pasa, viajamos en un tiempo que es una calesita, giramos por los insultos más fuertes que se hayan escuchado en democracia, por las acusaciones más canallas que después se olvidan, bebemos la bilis de los oradores, la danza de los fantasmas, la queja perenne, la distorsión maníaca. El debate político se presenta como un combate con vencedores y vencidos. Es imperioso sembrar la desconfianza. Elisa Carrió también dice que el poder está “usurpado”. Todo se escucha como lluvia: somos quien oye llover.

Los periodistas hemos quedado a los dos lados del río y llueven los cascotazos. Es difícil soportarse, entre unos y otros, y a uno mismo. La vida se volvió incómoda. Está plagada de ráfagas de indignación. Quizá por suerte seamos muy poco corporativos y no hayamos entrado en la Danza de los Colegas cuando llegó el momento de tomar posición. Nunca fuimos neutrales, después de todo. No tenemos manera. Estamos condenados, como todos, a las perspectivas.

Dicen que hay mucha gente que tiene mucho miedo, que los mozos y las mucamas se han vuelto sospechosos. El público de Mirtha Legrand lo cree. Ella se manifiesta así. Y por qué no habría que creerle. Hay mucha gente asustada. Pero no se entiende muy bien qué les da miedo. Cuál es el objeto de su revulsión.

Y sin embargo, en el medio de este tole tole que nos tiene a todos unidos por el agotamiento, pasan cosas sorprendentes. Cinco millones de niños hijos de desocupados o trabajadores informales tendrán un ingreso mínimo. Lo que vale una camisa en un negocio del Alto Palermo. Una tajadita. Una bienvenida a la vida, reconociéndoles lo que hoy no se les reconoce: que son personas. Las más débiles. Las que hoy mismo, como antes sus padres y sus madres, no tienen mucha conciencia del avasallamiento del que son víctimas constantes. El hambre es un crimen, sostienen los Niños del Pueblo de la CTA y las organizaciones sociales. Y qué hay con las organizaciones sociales, que algunos están descubriendo ahora, después de varios años sin piquetes. Ellas son las que más han hecho por los pobres que nos dejó el menemato. Ellas son los mismos pobres organizados. Algo de eso es lo que tiene alteradas a las señoras. Porque una cosa es ayudar a los pobres y otra que a los grasitas se les ocurra disputar poder. Las señoras no se lo plantean en estos términos. El antiperonismo tiene un fuerte carácter esteticista. Lo negro en general espanta. La política se vuelve estomacal: lo blanco no traga a lo negro.

Los spots contra la ley de medios siguen tronando en la pantalla y ahora vendrá la SIP a darles la razón a los ofendidos, y muchos insistirán en que en la Argentina no hay libertad de prensa, mientras siguen con su relato de Guerra Fría. El Estado totalitario que oprime la libertad de expresión. Esta semana me llegó por correo el libro de Pascual Serrano Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo. Tiene prólogo de Ignacio Ramonet. El punto de vista es muy interesante. Tanto Ramonet como Serrano se preguntan cómo funciona la censura en democracia. Me permito introducir este gran tema, el primero que ocultan los medios. No es ninguna casualidad que todavía mantengamos tan obstinadamente en la cabeza un fantasma más compatible con la ex Europa del Este que con la actual América latina. ¿Cómo funciona la censura en democracia?

En todo el mundo, los medios están viviendo un fenomenal proceso de concentración. El poder que disputan no es tan mal visto como el que disputan los grasitas. Los propios medios se encargan de que su causa y su inercia, que es la concentración, sea una causa humanista. En nombre de la libertad de expresión la Fox quiere convencer a los norteamericanos de que Obama quiere alinearse con Chávez.

“Es obvio que la censura ya no funciona por restricción, o por amputación, o por supresión, como lo hace en países donde se mata o se encarcela a los periodistas o se cierra un periódico”, dice Ramonet. Y vuelve a preguntarse lo mismo que Serrano: ¿Cómo funciona la censura en democracia? El libro entero es un intento de respuesta. Pero admite Ramonet que “lo que sí ocurre es que hay mucha información que no circula, porque hay sobreinformación. Hay tanta, que la misma información nos impide –como un biombo o una barrera– acceder a la información que nos interesa”.

Puede que cada tanto nos embargue la sensación de que estamos viviendo momentos de una intensidad impensada, y que esa sensación se alimente con las sensaciones de otros. No había pasado antes que la pobreza fuera utilizada como una chicana más, como la perenne y evidente prueba de un fracaso. Tampoco había pasado que un guante como ése fuera recogido tan pronto, y que de esta coreografía estúpida que baila la oposición de derecha finalmente salieran los primeros pasos de millones de niños hacia el horizonte de su propia ciudadanía.

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27.10.09

Al empresario Macri la política le queda grande...

Siempre que publico algún artículo que tomo de diarios, revistas o páginas, es porque coincido en todo o en buena parte con lo que allí se dice... En este caso, coincido totalmente.
Algunos otros artículos de Sandra Russo ya he colocado, aunque pocos. Pero me parece una persona muy pensante y aguda.

La hilacha del macrismo

Por Sandra Russo


Hay algo pasmoso en la manera en la que los funcionarios del gobierno porteño están reaccionando ante los frentes gruesos de tormenta política. Se trata de la primera vez que el macrismo debe salir a remontar flagrantes errores propios, y lo hace dejando al descubierto una extraña actitud de megalomanía, cerrándose cada vez más la posibilidad de remontar decorosamente el escándalo. Es difícil imaginar cómo intentarán volver al camino de la verdad cuando las pruebas se les caigan encima, aunque de hecho ya las tienen sobre sus hombros. Incluso aceptando la delirante versión del infiltrado, el Fino Palacios pasa del mejor policía del mundo a un gil que estuvo siendo manipulado desde el principio. No hay lugar por el que cierre.

Si en los antecedentes de Palacios no figurara un libro que reivindica el terrorismo de Estado en los ’70, tal vez a uno podría sonarle en falso el montaje de una centralita de Inteligencia ilegal dentro del gobierno porteño. Pero a quien reivindica masacres y prácticas aberrantes no le combina mal pincharle los teléfonos a un opositor político. Vamos de mayor a menor. Dónde, en los antecedentes de Palacios, hay algo que haga dudar sobre su ideología. No es que Macri no lo sepa. Lo eligió porque Palacios es así.

Y eso es lo que no puede explicar el gobierno porteño, tan insistente en lo pro que es tirar los papeles en los cestos. No es que esté bueno tirarlos en la calle, pero si mientras tanto hay grupos de tareas que levantan a patadas a los indigentes en la madrugada, o si hay policías metropolitanos haciendo inteligencia desde el Ministerio de Justicia porteño, tirar los papelitos al cesto se vuelve una estupidez. Una tilinguería de barrio privado, y no es otra cosa lo que el macrismo aspira a hacer de la ciudad.

En el pasaje del empresariado a la política que hicieron buena parte de los principales dirigentes del PRO hubo un bache de contenidos que está saltando a la vista. Es como si esa desnudez lo exhibiera a Macri como presidente de un directorio, y no como un político. Hay algo desajustado en esta escena. Macri parece ubicarse incluso más arriba que la Justicia. Lo hizo cuando defendía a Palacios. “Para mí no”, respondía cuando se le planteaba el procesamiento del Fino en la causa AMIA. Que la Policía Metropolitana haya comprado los uniformes de sus futuros integrantes a la fábrica de Kanoore Edul fue otro signo extraño. No había ninguna necesidad de irritar más. Quizá deban leerse esos hechos, como síntomas de un liderazgo que nunca llegó a ser político.

A estos empresarios sus asesores les hacen spots que los ayudan bastante a ganar las elecciones. Les facilitan discursos de autoayuda para proponer cosas de consenso obvio, y hasta puede que entre ellos se reconforten en retiros espirituales. Pero la política no tiene nada que ver con eso. Y es eso lo que le estalla al macrismo.

El ministro Piccardo vio varios testimonios de víctimas de la UCEP. Lo hizo en televisión. Estaba la mujer embarazada a la que la patota manoseó en Pasco al 1300 a principios de octubre. La mujer gritaba que estaba embarazada, les mostraba su ecografía, pero la agredieron igual. La ecografía quedó tirada en el piso. La mujer lloraba en cámara. La reacción de Piccardo fue impactante, protopolítica. Cualquiera al ver y escuchar ese testimonio se escandalizaría, o propondría investigar a fondo, o se avendría a revisar lo mal tomada que estuvo la decisión de considerar a los indigentes con la misma entidad que los carteles ilegales. Es por eso que Piccardo es el ministro que debe deshacerse de los indigentes. Porque el macrismo no ve en esos pobres más que trastos que deben ser desechados. Esa es la piedad del macrismo. También, al ser públicos, esos testimonios están a disposición del cardenal Bergoglio. Sería oportuno que la Iglesia se pronuncie al respecto, ya que viene ocupándose de la pobreza. Son pobres entre los pobres los que duermen a la intemperie en Buenos Aires. Son pobres amenazados, golpeados y vejados.

Tanto para eludir las responsabilidades que tienen él o sus funcionarios en las escuchas como para enfrentar el escándalo de sus patotas nocturnas, Macri está mostrando la hilacha de un traje que le queda grande.


FUENTE: Pagina 12


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30.5.09

Cómo los medios ocultan el mundo (Por Sandra Russo)


“Este nuevo libro de Pascual Serrano establece de modo definitivo, con un catálogo estremecedor de hechos, la prueba del ADN de que los medios desinforman.” La frase es de Ignacio Ramonet, quien prologa Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, que acaba de ser publicado en España. Ramonet es ese francés un poco respingado de Le Monde Diplomatique, a quien a su vez el propio Pascual Serrano admira porque le atribuye la noción de “pensamiento único”. Fue una frase que Ramonet usó en un Foro Social, y que prendió en todo el mundo para nombrar algo que todavía, antes de ser detectado y pasado a discurso, circulaba camuflado en el agua del neoliberalismo de los ’90.

Pascual Serrano, me gustaría presentarlo, es uno de los directores del periódico digital Rebelión, en el que diariamente se pueden leer algunos de los mejores artículos de política exterior y derechos humanos de todo el mundo. Y Pascual tiene una especialidad, una especificidad como intelectual de izquierda, y es detectar la trampa del poder en el lenguaje periodístico. Tiene un ojo entrenado como he visto pocos y una solidez admirable para transmitir sus hallazgos semánticos en textos breves que desvisten títulos, ediciones, formas de expresión, fotos, secuencias de información.

De eso se trata su nuevo libro, pero lo que es verdaderamente nuevo y necesario es el enfoque del trabajo de Serrano. Porque vivimos un tiempo en el que los circuitos de la información se han llenado de dinero. La información ya no es sólo poder, sino capacidad económica para escindir el poder de la política. La libertad de la economía para subordinar a la política a sus intereses específicos es la libertad central que se defiende en el coloquio al que fueron a hablar los Vargas Llosa.

Pero precisamente a propósito de sus presuntas detenciones o retenciones en el aeropuerto, que no fueron más que trámites migratorios largos, y del operativo mediático increíble que se montó en la Argentina, donde el aire preelectoral es el cultivo en el que crecen los hongos informativos, es oportuno hacer pie en el trabajo de Serrano. En el mundo del capitalismo globalizado, la información que circula por los grandes medios construye diariamente un mundo paralelo a su antojo, hundiendo a los espectadores, oyentes y lectores en los velos de ese mundo paralelo, en el que fue detenido Mario Vargas Llosa al llegar a Venezuela. Eso jamás ocurrió, pero es lo de menos. Se monta la estantería mediática de los hechos y se pone a hablar a todo el mundo como si lo que no ocurrió hubiera ocurrido, y después sólo se debe repetir las declaraciones: una ficción está siendo consumida como información.

La semana pasada, Serrano publicó un artículo en el que afirma que “sólo se puede llegar a la conclusión de que en Venezuela hay un empresario de apellido Chávez que compra bancos. Para los medios no es que el Estado venezolano haya comprado el Banco de Santander, ha sido Chávez quien ha sacado los millones de su bolsillo y se lo ha quedado. Es curiosa la sintonía de todos los medios: Agencia AFP: Grupo Santander vende a Chávez el Banco de Venezuela por 1050 millones de dólares, El Mundo: Santander vende a Chávez su filial en Venezuela por 750 millones, EFE en Heraldo de Soria: El Santander acuerda la venta del Banco de Venezuela a Chávez, RTVE: El Santander vende a Chávez su filial en Venezuela por 750 millones, El País: El Santander vende su filial venezolana a Chávez por 750 millones. Y, por si no fuera poco, El Mundo llega a titular Chávez se convierte en el primer banquero de Venezuela.”

Los medios sustraen al Estado venezolano del escenario significante. Atribuyéndole a Chávez un personalismo propio de la presunta dictadura que describen, son los propios medios los que se niegan a entrar en la lógica de un Estado democrático y soberano. “En El País del día siguiente, ya ni siquiera Chávez compra el banco, se lo entregan: ‘El Santander entrega el Banco de Venezuela a Chávez por 755 millones’.”

Quizá sea necesaria esta manipulación informativa del proceso venezolano, ya que lo que está haciendo el gobierno de Chávez es lo mismo que hacen otros gobiernos. Por eso debe ser narrado de otra manera. “Los estados están comprando acciones de los bancos, es decir, nacionalizando. Medio año antes, Bush anunció la compra de acciones en nueve de los mayores bancos del país por un total de 250.000 millones de dólares. Claro que, entonces, el dueño ya no era el presidente, por eso titulaban EE.UU. negocia la nacionalización de hasta el 40 por ciento de Citigroup (El País 22-2-2009) o EE.UU. baraja nacionalizar parte de la banca (Público 9-20-2008). No publicaban que Obama negocia la compra o Bush baraja comprar.

El objetivo preciso, discursivo, es evitar “la asociación entre Hugo Chávez como legítimo representante de los venezolanos y convertir las decisiones de su gobierno en iniciativas personales y, si es posible, que las audiencias crean que el banco se lo queda Chávez para él”. Un ejemplo, apenas, del mundo paralelo que crean los medios, para no responder por el mundo que ocultan.

FUENTE: Página 12


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3.5.09

De Narváez, el candidato "de diseño" (otro más...)


La paz mundial

Por Sandra Russo

Podría ser el mensaje institucional de una marca de lácteos de primera línea, o de una compañía de seguros, pensado quizá para fin de año o mejor para Navidad, cuando los llamados a la unión y a la esperanza son de rigor. Pero es el largo spot que pertenece a la campaña de Francisco de Narváez, del que ya se conocieron tres partes. En la primera, aparecía él solo, diciendo que llegó a la política para ayudar y haciendo una breve reseña familiar. “Gente de trabajo”, la tienda “muy querida por todos”, “hombre de familia” que tiene cinco hijos y sonríe tierno porque “estamos esperando el sexto”, aunque omite decir que la prole se reparte entre diferentes matrimonios. Así, esa realidad de hombre maduro separado y vuelto a casar tan común y corriente, se disuelve, en el spot, en el “esperamos”, y queda sonando en falsete.

En la parte que sigue, el mismo discurso es fragmentado en diversas voces de actores que representan a maestras jardineras, estudiantes, empleados, amas de casa, incluso hasta un morocho que podría ser obrero. Hay también una hipoacúsica que habla su lenguaje de señas, a quien le ha sido reservado un spot exclusivamente a su cargo; eso nos indica la onda Nano que ha privilegiado De Narváez. ¿Cómo no recordar a Araceli González agradeciendo su Martín Fierro con las manos?

Porque va por ahí, va por ahí. En Miss Simpatía, una película que a fuerza de ser madre he visto unas siete veces, a Sandra Bullock, una mujer policía que es obligada a concursar por el título de Miss Mundo para descubrir no sé qué cosa, le cuesta adaptarse al grupo. No es que ella sea una intelectual, pero es una chica lista. Y las aspirantes a misses son rubiecitas taradas que ella llegará a querer, pero que cuando son interrogadas en el escenario para demostrar que además de cuerpazos tienen neuronas, contestan inevitablemente a la pregunta: “¿Cuál es tu sueño?” con la muletilla “Sueño con la paz mundial”.

El spot de De Narváez no ancla ni una sola vez en un proyecto, un modo, una medida, un punto de vista, una idea. Ejemplo perfecto de un candidato envasado por su propio equipo de marketing, también es un ejemplo perfecto del candidato que confía tan ciegamente en el marketing que se ha dejado envolver en tantos buenos deseos, tantas generalidades, tanta “paz mundial”.

“Vine a ayudar. ¿Me ayudás?” es el estribillo del mensaje. De Narváez ha estado recorriendo estudios de televisión, algunos de los cuales le pertenecen, igual que la línea editorial. En las entrevistas, el candidato ha dicho que posee “varias decenas de millones”. Debe haber sido estudiado por el equipo de marketing el efecto que puede producir en la audiencia que un candidato decida incorporar su riqueza no como un dato sino como una garantía. Supongo que por eso lo repite. Yo lo escuché decirlo en dos programa distintos, y no demasiado presionado. La fortuna personal es expuesta como una prueba de que, si dinero ya tiene, no es dinero lo que viene a buscar a la política, sino, claro, ¡ayudar!

Se muestra así, completo. Como si su satisfacción privada ya estuviese colmada, De Narváez se exhibe aproximándose a la política como un particular casi filantrópico que tiene la fórmula del éxito y como también tiene onda –tatuaje en el cuello–, quiere compartirla.

Después de haber probado con el Mapa del delito, con el que eligió hacer la avanzada sobre un tema que no falla, la seguridad, y ya rankeando en las encuestas que por otra parte paga, la primera parte del recorrido de De Narváez puede decirse que fue pum para arriba. Quién le iba a decir a Felipe Solá que tampoco esta vez su nombre iba a flamear lo suficientemente arriba en la boleta, oscurecido por las ráfagas pelirrojas que logró imponer su socio político gracias a la plata que puso, y que como él mismo declaró fue mucha. Más que un socio político, Solá tiene dos socios capitalistas cuyas ambiciones le dejarán un probable e inmutable papel de lechuga del sandwich.

Presentable, medido, sociable, el candidato hace años que sueña con esto. Su amigo Mauricio lo logró. La plata bien manejada puede devenir en poder. Macri lo hizo. Habló de equipos trabajando. Muchos equipos trabajando. Gabriela Michetti, su más preciado cuadro, la niña bonita del gusto electoral porteño según las encuestas, ha dado en estos pocos días pruebas sobradas de su titilante formación política, de su poca cosa para decir fuera del runrún de la ciudad. Pero no importa. Hay un electorado que está consumiendo, en estos días, lo que le dan: mensajes que no se relacionan con propuestas ni rumbos, sino con la visualidad del candidato/a.

De Narváez habla en su spot como un hombre que podría estar dándose masajes en Montecarlo, pero que tiene la bonhomía de “bajar” a la política. Dice querer lo mismo que todos, porque la inespecificidad de su mensaje lo único que deja clara es su figura, no lo que hará ni lo que tiene en mente. Un cambio pacífico, el bien común, vivir tranquilo, que los chicos jueguen en la vereda, que no haya encono, que el clima esté templado. En otras palabras, la paz mundial. Que no quiere decir nada, pero suena chuchi.
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1.5.09

El momento justo para una "enfermedad de diseño"


Bésame poco

Por Sandra Russo


Pandemia, pandemia, pandemia. Uno no puede dejar de escuchar un morbo mediático en la reiteración de la palabra que describe la globalización por otras vías. Hay un estallido generalizado de símbolos. Se derrumba un sistema político y económico que tenía al individuo como eje, y ataca al mundo en forma de pandemia un virus mutante que supo de vuelos y estiércol y que presenta la forma de una simple gripe. Pero el primer efecto de la pandemia es eliminar las simples gripes. Ya no las hay. Cualquier calentura es señal de alarma. Las personas son interceptadas en los aeropuertos en busca de información sobre su organismo. Y desde México, donde se juegan partidos de fútbol “a puertas cerradas”, también llega la noticia de las telenovelas sin besos. Nuestro mundo se está modificando.

No es que uno crea en las enfermedades de diseño, sobre las que ha visto unas cuantas películas norteamericanas. Ni que participe de posiciones conspirativas que imaginan a diez personas decidiendo en secreto algo que cambiará incluso (y sobre todo, como es costumbre, que eso no cambia) nuestras vidas periféricas. Pero justo en el momento en que la economía real hace revisar el ideario neoliberal que condujo al desastre, un ideario posneoliberal asoma en el único otro punto más sensible que la economía: la salud.

El posneoliberalismo está pronto a adquirir nuevas formas, porque va de suyo que embriona, y se diría que no se llamará así, que es muy pomposo. Podría llamarse, por ejemplo, Política de Manos Limpias, no porque deje atrás su intrínseca corrupción, sino porque hará eje en la desinfección obsesiva del espacio público, que de todos modos dejará de usarse, ya que cualquiera puede tener fiebre, y es más: cualquiera puede estar incubando fiebre. ¿Cuánto apostamos a que las señoras caceroleras serán las primeras en enchufarles barbijos a sus mucamas, que llegan desde el suburbio? No puede uno imaginarse, si la pandemia sigue siendo pronunciada con tanto énfasis y excitación, lo peligrosos que serán todos y cada uno de los pasajeros del transporte público. Es que es el aire que media entre uno y otro ser el que contiene la peste. Es que ya no es conveniente aproximarnos.

Escucho a un sanitarista hablar de “planes de contingencia”. Claro, la maldita contingencia. Es aquí cuando debería intervenir el Chapulín Colorado, pero bueh, es mexicano. La contingencia es algo de lo que siempre escapamos, algo que preferimos creer que no existe, un fantasma. La civilización que se globalizó y llevó sus hilachas virtuales a los lugares más lejanos es una civilización cimentada en la idea de que todo puede preverse y planificarse. Pero paradójicamente, esa civilización que vende imágenes de gente segura y tranquila se asienta en un sistema de explotación de un planeta que da probadas muestras de cansancio.

En las telenovelas mexicanas los amantes ya no se besan, y es posible presumir que si la pandemia pasa del grado 5 al 6, como se indica una y otra vez en los noticieros, los bunkers antiaéreos de este nuevo desastre serán unipersonales. Cada criatura aislada en su propio cuerpo. Cada uno cuidándose de las cosas terribles que pueden salir del cuerpo del otro.

Justo cuando un modelo político y económico basado en el más encarnizado individualismo se fractura y deja ver sus intestinos, el sistema sanitario mundial se pone en alerta por la peste que nos vuelve a todos Michael Jackson, todos un poco chiflados sospechando de la tos del vecino. No es que uno crea en las enfermedades de diseño, pero qué justo.

FUENTE: Página 12
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18.3.09

Ideas del Norte (Por Sandra Russo)

A Jorge Rial se le caía la baba, ayer, y repetía: “Nosotros, un programa de chimentos, terminamos hablando de la inseguridad... Cómo estarán las cosas, viejo”, y Luis Ventura asentía y los otros panelistas hacían una encuesta entre ellos para sondear el clima que se vive, y sí, de siete, cuatro habían “sido víctimas de episodios de inseguridad”. La farandulización del tema comenzó hace una semana con Susana Giménez repitiendo “el que mata tiene que morir” y “déjense de hinchar con los derechos humanos y esas estupideces”. Le siguieron otros: Cacho Castaña, Moria Casán, Luis Alberto Spinetta, Mike Amigorena, Romina Gaetani, pero la frutilla al postre del diente por diente se la puso el martes Marcelo Tinelli.

“Están todos libres y vos encerrado en tu casa (...). Cuando el victimario termina siendo víctima, las cosas están mal. Esto no puede seguir así, yo estoy harto como todos y exijo soluciones”, dijo Tinelli, que esta temporada reapareció rapado, tatuado y con pinta de pandillero puertorriqueño. El rey argentino del entretenimiento, a quien la farándula rinde honores porque produce mucho y paga bien, se unió así a los repetidores vip de frases cliché calientaambiente, para beneplácito de todos los otros que comparten el “así no se puede seguir”, y presumen o dan a entender que una manera de seguir más interesante sería la de los paredones, los linchamientos o la pena de muerte. Después algunos se retractan con un “soy católico”, como si eso les asegurara la pulsera flúo para el vip del cielo.

¿Qué le vamos a pedir a Tinelli? ¿Que esté del lado de los buenos, si él hace décadas que solamente está de su propio lado? ¿Se puede imaginar a Tinelli haciendo algo que no lo beneficie? Ahora salió a decir que él es “un luchador por los derechos humanos”, pero dispénsenlo, porque se hartó. A él no le mataron ni siquiera al florista, pero cualquiera tiene un límite. Esto de vivir en un país con tanto paco y tantos pibes chorros no tiene nada que ver con él, él paga sus impuestos y exige que le limpien la cuadra.

Ninguno de los del círculo áureo de la farándula pide justicia, sino ajusticiamiento. Son los bufones irracionales de la nueva ola conservadora, que ya llegó, está aquí, mordiéndonos los talones. Están diciendo barbaridades porque queda bien, para la masa indiferenciada que ellos mismos entretienen, pedir sangre. Un poco de circo romano después de una primavera progresista. Esta primavera está por volverse otoño si no la cuidamos con mucha delicadeza.

Según los entendemos y los respetamos tantos otros, los derechos humanos no son solamente para las víctimas, sino sobre todo para los victimarios. La civilización subió un peldaño cuando al victimario se le reconocieron sus derechos. Por eso para los represores se pide que se aceleren los juicios, y nunca, nunca, nunca, que los maten. Eso nos diferencia de los caníbales. Que no queremos comernos crudos a los otros.
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30.9.08

Pensemos en "Playboy" (Por Sandra Russo)

Playboy en el caso de la valija, o cómo en los temas menos pensados se deja ver una derrota en la batalla cultural.

Al escándalo de la valija no podía faltarle una chica Playboy. Ya había pasado con una pulposa compañera de los sin techo brasileños. Y aunque María Luján Telpuk tenga techo y un ex trabajo seguro pero embolante, comparte con la sin techo brasileña haber lanzado señales de humo erótico desde las páginas de política de los diarios de sus respectivos países. En el caso brasileño, es posible una lectura específica, ya que la marca Playboy tiene connotaciones muy fuertes. Aunque debe haber habido algunos compañeros de la pulposa que le deben haber advertido que estaba prestándole el cuerpo a un sistema de signos en el que también se inscriben todas las pestes capitalistas, la mayoría de ellos debe haber festejado “llegar” a la tapa de Playboy. “Mostrar” qué hembras hay en sus filas. Cierto orgullo confesado o no debe haber recorrido a muchos sin techo que estaban siendo representados en la tapa de una revista erótica norteamericana por una de sus mujeres, desnuda, vuelta objeto de deseo de hombres capitalistas. La lógica de barrio aplicada. Los movimientos políticos no le prestan mucha atención a la idea que tienen de los cuerpos de sus mujeres. Hombres y mujeres. Eso implica otros debates. Pero sobre los movimientos o partidos políticos latinoamericanos. Porque nuestras hermanas latinoamericanas son nada menos que las latinas, el nuevo objeto de deseo yanqui.

En el caso de Telpuk, las cosas son muy distintas. Comparten sí la vía a través de la cuál “llegan” a Playboy, esa usina que Playboy tiene abierta siempre, y que le permite ofrecerle al lector las fotos de desnudos “cuidados” más famosas del mundo, pero con el plus de que estos cuerpos arrancados de otros ámbitos son cuerpos virginales en el sentido de estar desnudos a cuatro colores para consumo opcional de millones de lectores. La mayoría de las chicas Playboy ha estado desnuda desde mucho antes. Estos cuerpos traen no sólo una primera vez, sino también y sobre todo la idea de que una oferta económica de Playboy y su tapa pueden cambiarles la vida: son cuerpos cuyas dueñas necesitan que sus vidas cambien. No es una aspiración femenina generalizada salir en pelotas en la tapa de Playboy. Es un síntoma, más bien, de un tipo de mujer que busca un atajo. Playboy, así, “compra”. La operación simbólica es prostibularia.

El caso de la valija debe tener para los norteamericanos una connotación como la que tenían esas películas de Emilio Disi haciendo de detective. La estructura narrativa de una porno sin sexo. Ya tenemos dos personajes femeninos: la secretaria y la policía aeronáutica. De eso se ocupa Playboy: de captar situaciones con un morbo invisible, y hacerlo un desnudo.

Lejos de los tiempos de Para leer al Pato Donald, que se devoraba en las universidades de los ’70, el imperio no ha dejado de tender sus increíbles tentáculos disciplinarios sobre episodios menores o mayores del mundo hispano, poblado de hembras latinas con curvas y tetas igual de hechas que las norteamericanas, pero con mejor caída.

Esto es probablemente causa del protagonismo hispano en Estados Unidos. Ya ha creado un dialecto, el spanglish. Pero también como grupo mayoritario imponen estándares de belleza. Hemos perdido innumerables batallas culturales frente al discurso imperialista, y nuestras relaciones con el cuerpo y el erotismo no escapan a lo que fue entregado en esas derrotas. Los ciudadanos urbanos de las grandes ciudades de América latina somos sujetos identificados con los habitantes de Nueva York. Sus gurúes sobre el bienestar son best sellers, mientras los ataques de fobia y de pánico llueven como garúa. En materia del respeto por nuestros cuerpos y de nuestro erotismo, hemos perdido incontables veces en la famosa batalla cultural.

Pero ahora, lo latino es bello. Los latinos viven pobremente, pero se han colado en Hollywood. El estándar latino de belleza hechiza por su desmesura, por su promesa de descontrol, por romper el modelo de la hembra andrógina de la moda, ése que le propone cuerpos sin carne y sin deseo. El hecho es una buena oportunidad para ponerse a pensar en estas cosas. Avisé.


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29.7.08

Confrontación (Por Sandra Russo)

¿De quién es la patria, de todos o ninguno? Hay poetas que han dicho lo suyo al respecto. Alberto Fernández en TN: un dechado de amabilidad “no confrontativa”, el hit del momento para esconder alianzas y ambiciones.

Por Sandra Russo

La palabra anda por las bocas y los editoriales de algunos grandes medios, y a fuerza de ser repetida cobra cuerpo y se hace discurso. Ese discurso se acopla con otro, o mejor dicho, se casa con él: es el que encontró al vicepresidente Cobos como encarnación con chapa institucional como principal portavoz, aquella vez que dejó entrever su voto “no positivo” cuando declaró que había que “buscar consensos y no votos”. Esa declaración fue celebrada especialmente por la oposición, que estaba buscando desesperadamente votos y no consenso. Son los vaivenes, los pliegues de los discursos que se erigen masivamente para vestir eufemismos en los mejores casos, y para mentir descaradamente, en los peores. Quién sabe qué consenso pueden haber hallado entre sí y de cara al futuro y a la manera de hacer política, por ejemplo, Bullrich y Lozano, o Solá y Morales. Se ignora la amplitud o la profundidad de ese hipotético consenso, más allá de haber aunado, precisamente, votos.
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La palabra “confrontación”, entonces, quedó ahí flotando y sigue siendo repetida, y seguirá a merced de quienes, ya en los diarios de ayer, por ejemplo, en el editorial de Clarín y en la columna de Eduardo Van der Kooy, levantan la figura de Alberto Fernández como la de quien, en virtud del consenso, se niega a la confrontación. Pues bien: habría que revisar entonces a qué exactamente le están llamando “confrontación”. ¿Habrá sido el ánimo “no confrontativo” de Fernández el que lo llevó a dar su primera entrevista como ex jefe de gabinete a Julio Blanck y el propio Van der Kooy? Fernández estuvo presente, junto al presidente del PJ, Néstor Kirchner, en la asamblea de la Carta Abierta, en la que se habló de un tema central en la crisis actual: la parcialidad, la toma de posición no declarada como tal, y hasta muchas veces la mala intención de los grandes medios respecto del Gobierno en su pelea con “el campo”. Nadie que haya padecido, sufrido y observado con discernimiento o lucidez el tratamiento periodístico de la crisis, como se presume que debió haberlo hecho Fernández, podía sentarse a dar esa entrevista sin una sola palabra crítica al respecto. Fernández lo hizo. Se sentó allí a dar sus razones como si se sentara ante neutrales. ¿Ese estilo “no confrontativo” es el que reclaman los sectores opositores a los que Fernández satisface? ¿Lo “no confrontativo” incluye la evaporación de ideas que hasta un día antes eran dadas por ciertas? ¿Lo “no confrontativo” incluye el “gracias a ustedes por invitarme” y diluye el maltrato, el agravio, la difamación grosera u homeopática hacia un proyecto con el que, por otra parte, se insiste en seguir defendiendo?

“Gracias a ustedes por no presionarme y por no hacerme decir lo que no debo decir”, dijo Fernández. Esa frase contiene muchísimo más de lo que dice, y es que Fernández no es un niño de pecho, pero los espectadores tampoco. Hay lealtades que no se proclaman. Se actúan. Y hay agachadas que no se corresponden con el presunto estilo “no confrontativo”, sino con ambiciones personales tan, pero tan desbocadas, que no hace falta ponerles texto. Fernández les pone el cuerpo. Lo demás se cae de maduro.

FUENTE: Página 12



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22.7.08

Santuario (Por Sandra Russo)


El “endiosamiento” de Cobos por parte de los grandes medios hace pensar en un Dios que no se cansa de desairar a Carrió.

Tengo que hablar con mi diariero, porque este sábado, sin que nadie se lo pidiera, tiró abajo de mi puerta La Nación y me amargó la mañana. De no haber sido por eso, me hubiese ahorrado leer, en la página 18, un título increíble: “La gente transformó la casa de Cobos en un virtual santuario”. La bajada decía: “Como a un ídolo, le dejan regalos, le tocan el timbre y lo acosan por teléfono”. Eso es lo que hace “la gente”. Abajo, pequeña, muy pequeña, otra nota: “Ruidosa protesta kirchnerista”, cuya bajada indicaba: “Un grupo oficialista hizo pintadas y le pidió que renunciara”. Los kirchneristas no son gente, sino parte, supongo, del zoológico al que hizo mención Llambías la semana pasada, sin que ningún analista de los diarios de mayor circulación ni de los programas periodísticos del cable considerara esa expresión racista, al menos, de poco feliz. Cobos tampoco. Su corazón parece que no le dictó nada al respecto.
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Esto de hablar de “santuario” es, además de exagerado, una muestra del destino que prevén para el mendocino esos medios que hoy articulan la política argentina de acuerdo a sus propios intereses. Si la libertad de prensa puede ser excusa para estas operaciones es una cuestión que merece un debate abierto que implique a toda la sociedad.

Mientras tanto, un par de consideraciones. Que el hombre haya complacido a los factores de poder pisando fuera del plato del gobierno con el que adquirió un compromiso, es una cosa. Pero eso es algo en todo caso más humano que divino, y eso que, como decía Bertrand Russell, en este caso “divino” puede asociarse con Dios pero también con Júpiter o Isis, cuya inexistencia es tan indemostrable como la existencia de otros dioses. Qué cosa, Dios. Dijo Carrió que Cobos fue Su Instrumento en la madrugada del último jueves, cuando la iniciativa del Gobierno fue derrotada en el Senado. Será un Dios que no echa a los fariseos del templo, sino algún Otro, que se complace en que los ricos pasen cómodamente por la cerradura y detenten el poder. Y qué pena para Carrió, que su Dios le impidió a ella congratularse en el escenario, junto a Miguens y Llambías, en su caso no por la vía abierta a la renta extraordinaria, sino por el debilitamiento de un Gobierno que le inspira un odio que, vaya, ¿aprobará Dios?

El punto es que Cobos está siendo endiosado por quienes a Cobos le importan.

La misma nota lo explicitaba: firmada por Juan Pablo Morales, decía que “Cobos vivió ayer el día de máximo esplendor mediático de su carrera política”. Qué ingenuo sería creer que dejándose llevar por su corazón su voto le deparara el estrellato que de otro modo nunca había experimentado. Sería una fenomenal coincidencia que un vicepresidente que sólo escucha a su corazón y vota contra su propio gobierno recogiera las mieles del aplauso y la consideración de los factores de poder así, sin haberlo previsto, sin haber especulado, sin hacer cálculos políticos, en fin, siendo sencillamente fiel a su conciencia, aunque infiel a otro buen número de cosas.

Cuando Cobos habló de pasar el problema al Congreso, y la presidenta lo escuchó, parecía todavía que el hombre quería aportar lo suyo bienintencionadamente. Pero cuando un par de días más tarde el vicepresidente convocó por su cuenta a los gobernadores sin consultar con su jefa política –que dicho sea de paso es quien ganó las elecciones–, pues bien, era el momento, entonces sí, de hablar de la intención de un “doble comando”. Qué extraño que a ningún periodista de los grandes medios esto se le pasara por la cabeza. Así, la crítica principal a la resolución 125 era que fue “inconsulta”. Pero qué bien le cayó a la derecha, política y periodística, un vicepresidente que actuó inconsultamente con la principal autoridad del Poder Ejecutivo.

Cobos, que imposta un bajo perfil pero desborda de ambición política, ya se puso a hablar de que se debe a su público, o más bien, a “sus votantes”. “Tuve los mismos votos que la Presidenta”, dijo textual para detener lo que el sentido común indicaba y el honor sugería, la renuncia. Nadie votó un cogobierno. Que haya dicho eso hace prever que Cobos tiene en mente un doble comando que esta vez sí sería perverso, imposible, degenerado e ilegítimo. No se vota a una presidenta y a un vicepresidente para que una y otro actúen “de acuerdo a sus corazones”, sino para poner en marcha un proyecto político. Si Cobos no entendió cuál era el modelo que país que impulsaría Cristina Fernández y que consecuentemente ha defendido, debería irse sin esperar que nadie se lo pida. Si espera a que se lo pidan, y nada hace pensar que el Gobierno caerá tan pronto en otra trampa cazabobos, lo que espera es una crisis que lo deje en el lugar que no le corresponde y para el que nadie lo votó. Nadie. Una fórmula con Cobos a la cabeza hubiese tenido menos votos que la de Vilma Ripoll.

Ya antes había sido celebrado y cebado, cuando declaró que había que buscar consenso y no votos. Los que lo celebraron y lo cebaron son hipócritas que dicen defender el “consenso” cuando en realidad defienden otras cosas. La política que se desmarca del “sí, bwana” ante cada uno de los factores de poder debe presuponer conflictos, porque no hay cambio importante sin conflicto, y esto lo sabe cualquier trabajador que pelea por su aumento de sueldo.

Pero como viene sucediendo, ahora el “doble comando” será celebrado, impulsado, festejado, porque no se critica lo que se dice criticar ni se defiende lo que se dice defender. Son eufemismos, máscaras. Nunca molestó realmente lo del “doble comando” entre la Presidenta y su marido, a la sazón presidente del partido de gobierno: lo que irritan son las ideas de ambos. Lo que irrita fue, es y seguirá siendo que el zoológico queda tan cerca de casa, ¿viste?

Las ideas de Cobos no irritarán a las señoras gordas porque Cobos tiene aptitud para dejar tranquilas a las señoras gordas. ¿Cuánto falta para que lo invite a comer Mirtha Legrand? Pero la gloria en estos términos no es gratis. Sobre esa conciencia límpida que dice exhibir Cobos pesará para siempre la herida abierta en el corazón y los sueños de muchos argentinos y argentinas que evalúan su conducta como una clara traición a la boleta que pusieron en las urnas de octubre.

FUENTE: Página 12
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17.7.08

El cuentito (Por Sandra Russo)

La “prensa independiente” y los intereses de los medios. El avance de la derecha ante la fractura del campo popular


Barack Obama fue caricaturizado agresivamente por The New Yorker y tanto demócratas como republicanos pusieron el grito en el cielo. The New Yorker se sintió en la obligación de aclarar el espíritu de la caricatura, a modo de disculpa. El turbante musulmán de Obama y el fusil que cargaba su esposa revolvieron el estómago norteamericano. Ese estómago será imperial pero, en materia de política interna, funciona con reglas claras. A las bananas las dejan crecer prolijamente fuera de su territorio. A nadie se le pasó por la cabeza que la crítica a una caricatura semejante sobre un candidato presidencial rozara la libertad de prensa. Hubiese sido ridículo. Tan ridículo como fue que aquí sí se hablara, en estos meses, de atentados a la libertad de prensa. Desde que comenzó este conflicto, los grandes medios no sólo han caricaturizado agresivamente a la Presidenta –y no me refiero sólo a aquella casi anecdótica caricatura de Sábat sino también a clips presuntamente chistosos que siguieron entreteniendo a la audiencia–, limando la institucionalidad del lugar que ocupa legítimamente. Confunden la libertad de prensa con el derecho al agravio. Los grandes medios han funcionado prácticamente como órganos de prensa y difusión de los sectores del campo afectados por las retenciones móviles. En ese sentido, esos medios han violado sistemáticamente el derecho a la información de los ciudadanos. Lamentablemente, y por su parte, la televisión pública se comportó como la televisión pública de cualquier otro país, menos de éste. Fue revulsivo ver esa pantalla el último sábado, cuando en un homenaje a Favaloro se exhibió en primer plano, atendiendo teléfonos, a Noemí Alan, cuya foto más recordada fue tomada en la ESMA, brindando con el Tigre Acosta.

Así las cosas, una capa de mugre se interpuso entre la opinión pública y los hechos. No por casualidad, en este mismo momento y en las pausas del debate en el Senado, TN pone en sus volantas “El campo” y, por el otro lado, “Militantes K”. Esa línea se estira y da por cierto que “la gente” va por su cuenta a Palermo y obligada al Congreso, y que quienes respaldan al Gobierno son sólo “militantes K”: serlo, en el universo de esos medios, equivale a tener medio cerebro funcionando. El tejido semántico elaborado desde el discurso hegemónico rural ata al militante peronista con lo bajo de la política y también con lo más bajo de todo lo demás. Da repugnancia escuchar a Llambías golpearse el pecho y decir: “Yo, pueblo”. Pocas veces como ahora hubo que cuidarse de las noticias como si fueran trampas cazabobos y nunca como ahora eso que se autodenomina “prensa independiente” fue tan dependiente de los intereses de esos medios.

Esto que empezó por las retenciones móviles ya no las tiene por eje. Hay hilachas lamentables, como la escena de la CCC o del MST poniéndole el toque pobre a la masiva reacción de la derecha. Y digo lamentables, sobre todo, porque uno las lamenta. La fractura del campo popular, en parte, explica por qué tenemos la historia que tenemos y por qué nunca hemos logrado que esta democracia, al viejo decir radical, sirva para comer, para curar y para educar a los más débiles. Cuando Alfonsín dijo aquello, los pechos se abrían porque quedaba atrás la larga noche de la dictadura, y todo era promesa. Pero no funcionó. Ni Alfonsín, ni Menem, ni De la Rúa, ni Duhalde se pusieron al frente de un giro democrático con contenidos populares. Lo hemos escuchado y dicho miles de veces: democracia formal no equivale a democracia real.

Hay quienes legítimamente creen que con Kirchner comenzó una etapa de depuración del peronismo y también hay quienes creen que, a pesar de innumerables errores (tal vez sean numerables, pero gruesos), los grandes trazos de los últimos años son los mejores que hemos vivido desde que terminó la dictadura. Esa gente, que es mucha y que no es necesariamente “militante K”, entrevió desde el origen de esta crisis que el paquete del reclamo agroexportador venía con premio de derecha. Pero no de derecha democrática, porque ésa es todavía una materia pendiente en la política argentina. Aunque esté posiblemente en construcción por la fuerza de los hechos, los argentinos ignoramos cómo se autolimitará la derecha cuando no están los tanques a los que recurrieron siempre, para imponer, por la vía neoliberal o la neoconservadora, sus deseos. Si algo ha caracterizado siempre a la derecha, ahora engordada como un pollo de criadero con las hormonas de algunos ex progresistas, es que no respeta límites de convivencia. Sus exabruptos nos han deparado las mayores tragedias argentinas, aunque ellos se hayan ocupado de que los adjetivos “soberbio” y “autoritario” recaigan en un gobierno que se abstuvo obstinadamente de reprimir. Estamos todos grandes y bastante golpeados como para creernos el cuentito que narran a coro tantas voces desafinadas y de triste color.

Tomado de Página 12
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"Una pulga no puede picar a una locomotora, pero puede llenar de ronchas al maquinista" (Libertad, amiga de Mafalda)