1.7.09

Techint, Clarín y La Nación... un sólo corazón

¿Por qué algunos medios de comunicación (en especial el Grupo Clarín) defendió tanto a Techint cuando el presidente Chávez decidió nacionalizarla? ¿Porque defendían el patrimonio nacional? ¿La soberanía, tal vez?
¿Por qué implantaron o intentaron implantar el miedo al "populismo socializante" del gobierno kirchnerista si triunfaba en las elecciones? ¿Por qué se olvidaron de que con la nacionalización de Sidor, el grupo Techint cobró el triple de lo que le ofrecía el gobierno venezolano gracias a la intervención del gobierno argentino?
Además de que todas las municiones son buenas para bombardear el proyecto de ley sobre Medios Audiovisuales que le quitaría algunos de los inmensos privilegios que tiene el Grupo Clarín desde la época de la dictadura militar, defender la posición de Techint contra la decisión soberana de un gobierno legítimamente elegido por su pueblo tiene otro matiz más que interesante.

Aquí les dejo un muy buen artículo que encontré en el Observatorio de Medios de Argentina que nos permitirá entender un poco algunas de las actitudes de éste y otros "medios independientes" de (des) información pública...

Clarín y Techint, chirin chín chín

Una vez más, quedó expuesto el contubernio que existe entre la corporación mediática y los sectores más concentrados de la economía. Dios los cría y el viento los amontona. Un caso argentino.

Por Víctor Ego Ducrot



En medio de la polémica desatada luego de que Hugo Chávez estatizara tres firmas siderúrgicas en las que participaba el Grupo Techint, los diarios Clarín y La Nación editaron la información en sintonía con la mirada de la empresa sobre el conflicto. Sin embargo, ninguno de los dos matutinos les cedió a sus lectores datos de contexto sobre la relación entre ambas empresas periodísticas y el grupo que comanda Paolo Rocca. Clarín y Techint son socios en la firma Impripost Tecnologías S.A. (con el 50 por ciento cada uno), que se dedica a “soluciones para el manejo de documentos e información”. Por el lado de La Nación, la revista Apertura, en mayo de 2004, presentó una entrevista al presidente de ese diario, Julio Saguier. En la nota, la revista afirmó que Paolo Rocca fue uno de los “angels” (benefactores) que ayudaron a La Nación a reestructurar su deuda, con un “pago cash” efectuado a título personal. Aquella nota, firmada por el periodista Gustavo Sencio llevó cómo título “La Nación después del default” y señaló que Rocca, Carlos Miguens (Grupo Bemberg) y Stephan Schmidheiny (un millonario suizo filántropo) fueron los apoyos fundamentales para la reestructuración de la deuda del diario. Al menos hasta ayer, ninguno de los dos diarios les informó a sus lectores sobre el entramado de relaciones que las empresas mantienen con el Grupo Techint. ¿Lo harán?

Le agradecemos al portal http://www.diariosobrediarios.com.ar/ por la calidad de la información que acabamos de citar, y nos animamos a ensayar una respuesta a la pregunta que dejan flotando en su texto.

No. Ninguna de las dos empresas periodísticas habría estado dispuesta a reconocer el entramado que las vincula con la transnacional Techint, por otra parte fundada con capitales de no muy conocida procedencia y fortalecida en sus estructura gracias a los sólidos vínculos que supieron entablar con la última dictadura militar, la misma que impuso la aun vigente Ley de Radiodifusión, que tanto ayudó al Grupo Clarín a convertirse en la potencia mediática que es en la actualidad.

Jamás hubiesen reconocido el contubernio por razones que nos proponemos sintetizar en las próximas líneas, lo que además vienen a confirmar algunos de los ejes del modelo teórico y metodológico que se utiliza en el Observatorio de Medios de Argentina, que trabaja en el merco de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (FPyCS) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) –ver en http://www.pecyp.com.ar/ y en elobservatoriodemediosdeargentina.blogspot.com -.

Si esos diarios informasen sobre sus respectivas pertenencias a la redes del sistema económico y financiero corporativizado estarían ventilando las bases de materialidad desde la cual construyen y distribuyen su producción simbólica (los contenidos informativos), y eso los conduciría a admitir la parcialidad (la toma de posición política e ideológica) con la cual abordan sus agendas, seleccionan sus fuentes y eligen sus herramientas y gramáticas profesionales.

Y si los medios hiciesen públicas sus propias parcialidades estarían afectando las posibilidades de eficacia a la hora de cumplir con su cometido central, con sus función específica, que consiste en establecer en el seno de la sociedad un sistema de sentidos comunes hegemónicos (un conjunto de valores de grupo o de clase encubiertos por el velo de la “objetividad”), tendientes a disciplinar a esa misma sociedad en orden a sus intereses y no conforme al conjunto de intereses sociales diversos.

En otras palabras, Clarín y La Nación le estarían diciendo a sus lectores defendemos a Techint porque compartimos sus intereses, que son los nuestros, y no porque entendamos que a esa empresa le asiste la razón.

Esas prácticas de sigilo y nocturnidad –equiparables al sigilo y la nocturnidad con los que las dictaduras aplicaron la técnica de desaparición forzada de personas, prevista en los viejos manuales de la llamada doctrina de la seguridad nacional- son utilizadas por el conjunto de la corporación mediática oligopolizada, aquí y en el resto del mundo donde ella es ama y señora de la palabra, de la palabra que debería ser de todos y de todas y no sólo de un puñado de grandes empresas.

Con operaciones como Clarín y Techint, chirin chín chín los oligopolios mediáticos sintetizan tácticas y estrategias, como verdaderos conductores militares; al fin y al cabo tuvieron que leer al prusiano Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz para poder concluir que, en la actualidad, la guerra es la continuación de la política a través de los medios.

Para el caso que nos ocupa, Clarín y La Nación –sobre todo el primero que es el grupo multimediático más poderoso del país- conciben como estrategia su alineamiento estructural con los otros actores del bloque financiero –económico concentrado al que pertenecen, incluso en ocasiones en las, dentro del seno mismo de bloque, surgen diferencia faccionales (por ejemplo Clarín no se abroquelaría hoy tras el discurso de la telefónicas porque aspira a competir con ellas por el control de la telefonía y de Internet, pero si estaría dispuesto a hacerlo en todo aquello que defienda el modelo de economía concentrada).

Y como táctica, en medio de una coyuntura electoral (las parlamentarias del 28 de junio próximo) Clarín asume como propio el posicionamiento común del bloque hegemónico contra del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y sus listas de candidatos oficialistas.

¿Por qué esto último? Porque el bloque hegemónico tiene claro que no debe sobrevivir ninguna experiencia que pueda, aunque sea en forma tenue, controvertir sus intereses corporativos, ni mucho menos que pueda, por la dialéctica de los acontecimientos sociales y políticos, favorecer el surgimiento de una opción cuestionadora.

Es en ese complejo marco de estrategia y táctica, es que la operación Clarín y Techint chirin chín chín enderezó sus cañones contra el gobierno de Venezuela. Apuntar contra Chávez y contra el gobierno de la señora de Kirchner cierra el círculo tal cual lo cerraría el mismísimo von Clausewitz.

Es que, entre aquella vieja Prusia y nuestra América de la actualidad, acontecieron varios hechos novedosos; entre ellos, la aparición de la denominada Perversa Trinidad, en la que el lugar del Padre lo ocupa el poder económico concentrado, el del Hijo los políticos profesionales a su servicio, y el del Espíritu Santo las corporaciones mediáticas, como un hálito eterno y capaz de filtrarse por todos los intersticios del cuerpo social.
"Una pulga no puede picar a una locomotora, pero puede llenar de ronchas al maquinista" (Libertad, amiga de Mafalda)