26.5.10

Distintas voces exaltaron los festejos del Bicentenario

Luego de la histórica ceremonia, la titular de Abuelas, Estela de Carlotto, consideró que “el pueblo estuvo en la calle” y que se trató de “una fiesta popular”, mientras que el gobernador Daniel Scioli aseguró que fue “una demostración ejemplar de la ciudadanía”. También expresaron su emoción los latinoamericanos Manuel Zelaya y Hugo Chávez.


Después de una jornada histórica del Bicentenario, que había arrancado el viernes pasado y concluyó anoche con un recital multitudinario del rosarino Fito Páez, distintas voces de la política y los derechos humanos se manifestaron entusiasmados por los festejos de los 200 años de la Revolución de Mayo y coincidieron en que “el pueblo estuvo en la calle”.

La titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, destacó que es “una maravilla que coincidamos por fin en algo tan bueno como es que no pasó nada, hubo fiesta, sonrisas, familia, no hubo desmanes y cada uno estuvo donde quiso”.

“Ayer estuve disfrutando de esa fiesta popular. Y esto lo están diciendo hoy todos los medios en coincidencia, lo cual es una maravilla”, añadióCarlotto en diálogo con radio La Red.

De este modo, la titular de Abuelas consideró que recordar así un Bicentenario “es reafirmar la democracia, ese primer grito de libertad de aquel entonces que esté presente en nuestro pueblo”. Y resumió: “Porque estaba eso: el pueblo en la calle”.

Por su parte, el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, opinó que los festejos fueron una "maravillosa demostración ejemplar de la ciudadanía" y “un gran hecho cultural”.

"Esto es lo que ahora nos tiene que exigir a los que tenemos grandes representaciones institucionales, estar cada día más a la altura del maravilloso pueblo argentino", sostuvo Scioli.

Asimismo, el mandatario provincial afirmó que se trató de un "sentimiento patriótico que nos tocó a todos la autoestima, el orgullo de pertenecer a una gran nación y toda la voluntad de pegar un envión hacia el futuro".

Tanta algarabía hubo por el Bicentenario, que, por un momento, algunos políticos olvidaron sus diferencias partidarias. Así fue como el jefe de los diputados macristas, Federico Pinedo, contó hoy que "algunos periodistas" lo cuestionaron por haberse abrazado ayer con el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno.

“Ya recibí algunos retos de algunos periodistas que me preguntan ’¿cómo se abraza con Moreno?’", reveló Pinedo en diálogo con Radio Provincia.

En ese marco, el diputado macrista se preguntó "cómo puede ser una novedad que dos personas que piensan distinto se saluden".

El orgullo de los latinoamericanos. Después de haber participado en Buenos Aires por los festejos del Bicentenario, el derrocado presidente hondureño Manuel Zelaya aseguró hoy que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner "es una defensora de la democracia" y remarcó que la jefa de Estado "arriesgó su presidencia" por acompañarlo en su regreso a Honduras.

“Tal vez la oposición no lo vea así, pero Cristina es una heroína de América", resumió Zelaya.

Por su parte, a través de su cuenta en la red social Twitter, El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, manifestó que "ha sido fabuloso el Bicentenario en Buenos Aires".

"Buen día Venezuela! Ha sido fabuloso el día Bicentenario aquí en Buenos Aires! Es una verdadera Revolución de pasión Patria! Bolívar vive!!", publicó Chávez en la red social de microblogging.

En el mismo tono, agregó en otro mensaje que en América latina se ha instalado la "patria grande desde Caracas hasta la Patagonia".

“Después de la revolución popular de diciembre de 2001, dos años después estábamos con Fidel (Castro) aquí en Buenos Aires, y Fidel me dijo: `aqui huele a revolución`. Efectivamente, una revolución social y popular", declaró Chávez en diálogo con Radio Del Plata.

Finalmente, el mandatario bolivariano les respondió a quienes critican su mandato en Venezuela: “Quienes dicen eso son los totalitarios de verdad; es el imperio yanqui, son los que hicieron golpes de Estado y quemaron la Constitución".

Fuente: Política y Medios
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África, 50 años después (Ricardo Martínez Vázquez)


Hoy (25 de mayo), Día de África, es una buena ocasión para reflexionar sobre el estado del gran continente negro, sobre su destino 50 años después de esa especie de big bang que se produjo en 1960 en el sistema internacional, cuando se abrió la olla a presión de las independencias del gigante vecino. La fecha es un símbolo muy especial para un continente que ha sufrido durante siglos, marcado además por dos grandes tragedias: la trata de esclavos y la colonización.

El 1 de enero de 1960, cuando Camerún accedió a la independencia como el primero de los 17 estados que se proclamarían soberanos ese año, sólo había cinco estados independientes en África subsahariana: Etiopía (imperio desde el siglo X a.C., república desde 1974, que nunca fue colonia); Liberia (creada por esclavos libertos en 1847 y tampoco colonizada); la Unión Sudafricana (creada en 1910, aunque hasta 1991 estuvo bajo el régimen del apartheid); y los pioneros de la descolonización en África, Ghana, con Kwame Nkrumah (1957), y Guinea, con Sekou Touré (1958). En los sesenta, otros 15 estados africanos accedieron a su soberanía plena y nueve más en la década siguiente, incluidas las cinco colonias portuguesas en 1975. Sólo quedarían Namibia (1990) y Eritrea (1993), aparte del Sáhara occidental.

Este proceso se produjo en plena Guerra Fría y transformó gran parte de África en un nuevo escenario de confrontación de las potencias. Surgieron importantes desequilibrios que distorsionaron el proceso e impidieron que la nueva África se integrara en las estructuras mundiales de ámbito económico, financiero, comercial y político. Algo que siguen reivindicando hoy, como manifestaron los miembros africanos del Club de Madrid en Accra en noviembre de 2009, y que pone en duda, para muchos africanos, la realidad de las independencias.

Para explicar la situación actual del continente hay que recordar que, por una parte, África partía de muy diversos sistemas tribales, de clanes y de relaciones de dominación en esas claves. Algo que justifica el rechazo a un modelo impuesto por los europeos que no acabó de asimilarse y que, además, generó desigualdades e injusticias. Pero también hubo múltiples elementos importados, exógenos, como nuevas formas de dominación neocolonial, siempre con el control de las materias primas o con intereses estratégicos como guía. Todo con un denominador común: conseguir un gran beneficio económico a costa del empobrecimiento creciente y sistemático del continente. Los síntomas: fomento de la corrupción, la dictadura y la tiranía en las que las élites confunden el erario público con su patrimonio personal y se perpetúan en el poder a través de sucesivos golpes de Estado, guerras, caos y estados fallidos.

Cincuenta años después de las independencias, y en palabras de Makhily Gassama, “la paradoja de África es que, siendo rica en recursos humanos y naturales, esté empobrecida y debilitada, y viva de la asistencia”. Además, la frustración es enorme desde que la globalización lleva a todos los rincones del planeta las muestras de la opulencia del Norte.

Sin embargo, sí hay lugar para la esperanza y, a pesar de las dificultades, hay modelos ejemplares en África. Los procesos democráticos se van consolidando en este enorme continente, de manera que hoy, a apenas dos días de los últimos comicios en Etiopía, tenemos elecciones más o menos transparentes en todos los países africanos. El turismo, muchas veces ligado a conceptos como sostenibilidad y género, contribuye a la progresiva mejora de las economías africanas, al tiempo que el continente establece relaciones de igual a igual con sus vecinos, una vez finalizada la era en la que el paternalismo era la única manera concebible de tratar con el socio africano. El Mundial de fútbol llega a Sudáfrica marcando también un hito histórico en el devenir del continente, que por primera vez es sede de un evento de esta envergadura.

En el aspecto económico, África puede felicitarse porque, en un momento de crisis económica global sin precedentes, prevé recuperar las tasas medias de crecimiento de 4 ó 5% que tuvo de media en esta década, las mejores de los últimos 25 años. Además, cuenta con las comunidades económicas regionales y la Unión Africana, instituciones que contribuyen a consolidar la estabilidad en el continente y que defienden los principios democráticos y los derechos humanos.
La esperanza se abre paso y atraviesa el continente desde Sudáfrica, de cuya evolución puede depender el futuro del continente, con vecinos estables como Namibia o Botsuana, hasta Angola o Mozambique. No olvidemos a Ghana, el sistema democrático posiblemente más transparente de todo el continente. O a Cabo Verde, que ha conseguido abandonar la categoría de país menos adelantado con esfuerzo y coherencia.

España está apoyando todos estos esfuerzos, siempre de la mano de los países africanos. Así lo consagra el Plan África, resultado del consenso de las fuerzas políticas y de todos los actores y que conocen bien los africanos que luchan por ver cumplidos sus ya viejos sueños de independencia. Nuestra responsabilidad es no decepcionarlos y esforzarnos en conocer a los que viven entre nosotros y a los que esperan, dentro de las fronteras de sus países, que mostremos un interés real por sus existencias y sus expectativas de futuro. Nuestro deber es intentar comprender África de la mano de esos ciudadanos africanos que se encuentran entre nosotros, que se organizan cada vez mejor para colaborar en el progreso de sus países y también del nuestro.

Ricardo Martínez Vázquez es director general de Casa África

Ilustración de Jordi Duró

Fuente:Dominio Público
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24.5.10

Entre nosotros (Por Eduardo Aliverti)


El dichoso Bicentenario convoca a una serie de debates y reflexiones, sobre muy numerosos aspectos del devenir argentino. Y resulta que hasta ahora, al menos en los medios masivos y al momento de escribirse esta nota, no se encuentran repasos que convoquen a pensar de dónde venimos y, con prioridad, en qué punto estamos y hacia cuál marcharíamos los periodistas.

En los últimos tiempos el gremio vive una verdadera convulsión. Es así, en esencia, como producto del feroz enfrentamiento entre el Gobierno y el grupo comunicacional más importante del país. Lo cual deviene, a su vez, de diversos factores que no es del caso analizar aquí. Lo que importa es lo estallado. Para tomar como referencia el recupero democrático de 1983, que no es un dato precisamente menor de la corta historia argentina, jamás había ocurrido una cosa así. Hacia dentro y desde afuera, hubo acusaciones e introspecciones que alcanzaron a militares, curas, sindicalistas, dirigentes políticos, empresarios y cuanta fauna desee citarse. Las corporaciones periodísticas, en cambio, nunca fueron tocadas ni se sabe de algún cuestionamiento que hayan asumido en público; en especial, aunque no únicamente, acerca del vergonzoso papel que jugaron en la dictadura. Hubo denuncias gremiales, congresos de comunicadores y especialistas, libros, montones de charlas y conferencias. Pero nada había logrado quebrar el ghetto de los dueños mediáticos. Hoy sí sucede. Por diferentes vías, hay nuevos –y no tanto– espacios y figuras que se animan a discutir el poder de la prensa sistémica. Y hay que bancársela. Se acabó, o eso parece, la impunidad absoluta de la “impolutez” periodística. Habrá que continúan liderando el rating televisivo ciertas cloacas de entretenimiento y estrellas execrables, pero eso no es periodismo. Hablamos de lo que es o se pretende como tal. Eso entró en discusión, aleluya. Sin embargo, cabe reconocer que –como correspondía al haberse revelado inútil cualquier otra forma– entró, digamos, por la ventana. Más allá de fenomenologías novedosas, como la blogosfera y lo internetiano en general, tanto en gráfica como en radio y tevé se produjo una situación de choque demasiado directo en relación con aquello a lo que estábamos acostumbrados. Todo era en extremo modosito, y de golpe saltó la liebre. La ley de medios audiovisuales; la televisación del fútbol estatizada; los hijos de Ernestina; los temores y sobreactuaciones de colegas del corazón multimediático; las arremetidas de otros que hallaron lugar para plantar un discurso alternativo generaron que la situación semeje en primer lugar a un clima de altercados, enconos personales y actitudes defensivas u ofensivas. El periodista se hace cargo de la parte que pueda tocarle. Se repite: no había manera de que aconteciera distinto, después de años y años de tierra barrida debajo de la alfombra. Pero eso no obsta el intento de que, tal vez, lleguemos a un piso de acuerdo marcadamente mínimo, en torno de cuestiones que a juicio personal resultan muy, pero muy, elementales. Son dos, en lo básico.

La primera no debería despertar controversias mayores. El firmante se hace cargo de su ingenuidad, a propósito de que las causas se encuentran en las mismas lacras estructurales que explican al resto. Pero hagamos como que son planteamientos “profesionalistas”, ¿sí?, afligidos desde una búsqueda de excelencia ascética. En el periodismo argentino se escribe cada vez peor. Y se dice peor todavía. No vengan con las excepciones. La buena sintaxis es una aspiración de museo. La gramática sufre horrores. La pobreza expositiva da calambres. La economía expresiva de los medios audiovisuales se transformó en lenguaje grasa y la transcripción de las entrevistas en un trámite que no atiende contornos. Los sinónimos están muertos o en terapia intensiva. Se le falta el respeto al lector, al oyente y al televidente. Cualquier cronista cubre cualquier nota. Y por más que uno revise si acaso no incurre en una defección melancólica, incapaz de apuntar los cambios suscitados en los modos de expresarse, se responde que la simplicidad y lo bruto no tienen por qué llevarse bien. ¿No tenemos nada que decirnos, los periodistas, sobre qué nos pasó? Los más grandecitos, sobre todo. ¿Cuándo fue que nos acostumbramos a la mediocridad? ¿Habrá sido cuando no nos dimos o quisimos darnos cuenta de que los multimedios, y después las megacorporaciones que entre otros negocios operan multimedios, significaban un discurso único? ¿Cómo fue que terminó dándonos lo mismo lo que viniera? ¿No tenemos nada que reprocharnos acerca de por qué se devaluaron los parámetros, nosotros, que se supone deberíamos venir de Walsh, de Troiani, de Petcoff, de Timerman, de Eloy Martínez, de García Lupo, de Gelman, de Bayer, de los gordos Soriano y Cardoso, de Pasquini Durán? Uno dice, como para no irse hasta Botana y Crítica, o Florida y Boedo. O hasta Mariano Moreno. ¿Nada? ¿No nos llama la atención?

El segundo elemento es, en realidad, una suma de ingredientes conceptuales que confluyen en preguntarnos por nuestra ubicación ideológica, entendida como el modo en que podemos manifestarla según dónde trabajemos. Algunos tienen la fortuna de desempeñarse en medios cuya línea política coincide con la personal, y otros no. Hay también matices entre ambas probabilidades, pero incluso quienes gozan de lo primero son conscientes de que no siempre podrán firmar cuanto les venga en gana (esto contempla, además, las veces en que sí se puede pero juzgamos que no conviene; porque, como todo el mundo, somos animales políticos, y tensamos si es oportuno decir aquello o lo otro de acuerdo con a quiénes se perjudica o beneficia). Todos sabemos muy bien, en síntesis, que, trabajando donde se quiere o se puede, estamos sometidos a una cantidad de presiones que deben contarse entre las mayores de cualquier profesión que se quiera. Y mucho más, como quedó dicho, cuando las grandes patronales mediáticas se transformaron en emporios con intereses comerciales que exceden, largamente, vivir de la información. En consecuencia, cada periodista se las arregla como mejor le sale. Pero lo que de ninguna manera se soporta más es que algunos o muchos de nosotros simulen actuar en un no-lugar ideológico. Un limbo donde no existen los mandos corporativos, ni las operaciones de prensa ni los avisadores que auspician al medio y a los programas, ni las campañas solapadas o expuestas para instalar candidatos electorales ni el sopeso informativo regulado por la búsqueda de publicidad. Nada, no hay nada de eso. Hemos alcanzado el nirvana laboral. Y los únicos problemas se les plantean a los periodistas que trabajan en medios estatales o sustentados por la pauta oficial, porque los persigue la presión del Gobierno (o bien están a gusto); y encima usan el aporte dinerario de la ciudadanía para despotricar contra publicaciones, emisoras y colegas del ámbito privado. ¿Y éstos cómo se sostienen y cómo cobran? Bueno, por la publicidad. ¿De quiénes? Y, de los laboratorios medicinales; de las gigantes, grandes y medianas compañías agropecuarias; del sector petrolífero; del financiero; del inmobiliario; del alimentario... ajá. Pero entonces...

Entonces es hora de sacarse la careta, porque además no termina pagando bien, ni le hace bien a la profesión, insistir con que los reyes son los padres. Los 200 años nos sorprenden a los medios y a los periodistas como partícipes de una de las más espectaculares revulsiones que se recuerden. Bienvenido sea.

Fuente: Pagina 12
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€uro: la hipótesis de lo peor

por Jean-Michel Vernochet

La crisis presupuestaria griega, que ya se ha convertido en crisis del euro, no es la fatal consecuencia de una autorregulación de los mercados, sino de un ataque deliberado. Para Jean-Michel Vernochet, dicha crisis es parte de una guerra económica dirigida, desde Washington y Londres, siguiendo los mismos principios que las actuales guerras militares: con la utilización de la teoría de los juegos y la estrategia del caos constructor. El objetivo final es obligar a los europeos a integrarse a un Bloque Atlántico, o sea a un imperio en el que automáticamente van a tener que pagar el déficit presupuestario anglosajón a través de un euro dolarizado. Un primer paso en esa dirección se ha concretado ya con el acuerdo concluido entre la Unión Europea (UE) y el FMI, acuerdo que otorga al Fondo Monetario Internacional una tutela parcial sobre la política económica de la UE.



El director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, y la canciller alemana, Angela Merkel. Al no poder reimplantar el Deutschemark, Alemania ha tenido que aceptar que Europa recurriera a un préstamo del FMI.



El ataque financiero del que Grecia ha sido objeto debido a su deuda soberana y a su potencial insolvencia ha resultado ser, en realidad, una ofensiva contra el euro y no tener más que una lejana vinculación con las taras y carencias estructurales de la propia economía helénica.

Se trata por cierto de «vicios» de los que también adolecen además la mayoría de los países post-industriales, que han adquirido la mala costumbre de vivir por encima de sus posibilidades reales y de depender del crédito, dando así lugar a una inflación galopante de la deuda, a una «burbuja» condenada –como cualquier otra– a terminar rompiéndose.

Todo parece indicar, sin embargo, que tras la brutalidad del ataque y más allá de una simple ansia por saquear las economías europeas se perfilan además otros objetivos, esencialmente de orden geopolítico, objetivos que han sido trazados de forma especialmente deliberada ya que los apetitos de anónimos depredadores financieros no justifican, por acentuados que sean, la intensidad y la duración de una ofensiva que, a corto plazo, amenaza con hacer volar en pedazos la eurozona, la Unión de los 27, e incluso mucho más...

La repetición de las crisis que han caracterizado las dos últimas décadas y una rápida interpretación del desplazamiento de los peones sobre el Gran Juego del «Tablero euroasiático» permiten apreciar que Europa se ha convertido en escenario de una verdadera guerra geoeconómica (que es al fin y al cabo una guerra en toda la extensión de la palabra), de una batalla que por cierto ya tiene potencialmente perdida.

En efecto, la adopción — ante los insistentes reclamos de la Casa Blanca — de un plan europeo destinado a poner a flote la deuda pública de los Estados miembros de la Unión Europea, no sólo no constituye ninguna panacea, o sea que no es una solución duradera para la crisis presupuestaria de carácter estructural que está afectando a «todos» los Estados occidentales, sino que va en el sentido deseado por el mentor estadounidense de una rápida integración de la Unión Europea, condición obligatoria para la constitución de un verdadero bloque occidental.

Este plan europeo responde a una crisis de confianza, de solvencia (ampliamente artificial al principio, pero que se ha hecho contagiosa y que está teniendo un efecto de bola de nieve), a través de una recapitalización de los Estados, como si se tratara de una simple crisis de liquidez. Se trata de un plan europeo de 750 000 millones de euros, superior por lo tanto al plan Paulson –de 700 000 millones de dólares– destinado, después de la debacle de los establecimientos financieros estadounidenses de septiembre del año 2008, a ponerlos a flote recurriendo a los fondos públicos.
Una solución cuyos efectos estamos viendo en este momento al comprobar que la recapitalización del sector financiero privado ha tenido como aberrante consecuencia un tremendo crecimiento de la deuda de los Estados a ambos lados del Atlántico.

Después de haber desatado la recesión, o sea luego de haber inutilizado el motor económico, la crisis financiera nacida en Estados Unidos ha agotado por lo tanto los recursos fiscales de los Estados, haciendo así más difícil aún el servicio de una deuda cada vez más considerable.
Pero la Unión Europea acaba de poner más deuda dentro de la deuda con estos 750 000 millones de euros que gravarán aún más sus presupuestos nacionales (ya que la tasa media de endeudamiento de la eurozona es actualmente de un 78%), y lo hace supuestamente para «restaurar la confianza de los mercados»…

En aras de obtener ese resultado, la Unión Europea acaba de ponerse –voluntariamente– a la merced del Fondo Monetario Internacional, que va a concederle préstamos por unos 250 000 millones de euros. Y se trata del mismo FMI cuyo papel parecía consistir, hasta ahora, en apoyar a las tambaleantes economías del Tercer Mundo a golpe de planes de llamados ajustes estructurales. Es por lo tanto una entidad supranacional con vocación «mundialista» la que va a encargarse, de cierta manera, de supervisar más o menos directamente las estructuras de gobernanza económica de las que la Unión Europea seguramente se dotará si la eurozona no explota antes espontáneamente.

Se trata de estructuras de carácter integrativo que ya viene reclamando gritos Paul Volcker, el director del Consejo para el Redespegue Económico (de Estados Unidos) en la Casa Blanca, quien desde Londres critica duramente a los dirigentes europeos exigiendo un nuevo fortalecimiento del euro, algo que estadounidenses y británicos necesitan tremendamente para mantener a flote sus propias economías.

Hay señalar de paso que fue posiblemente muy a su pesar que la canciller alemana se resignó a suscribir este gigantesco plan de apoyo a los países de la eurozona que están enfrentando dificultades, mientras que su homólogo francés –según un persistente rumor– la amenazaba con volver al franco si ella no se plegaba. Si bien es cierto que «a la hormiga no le gusta prestar lo que tiene», un regresp al Deutsch Mark equivaldría a firmar la sentencia de muerte de la economía alemana ya que, al tener una moneda demasiado fuerte, Alemania no podría seguir exportando su producción industrial, que constituye la base de su economía. Bastó ese chantaje para obligar a Berlín a que aceptara, contra su voluntad, someterse a las condiciones que imponía la administración Obama.

Dictados estadounidenses que conducen a una enorme trampa: ¡los capitales obtenidos como préstamo en el mercado o prestados por el FMI para el salvamento de los «PIIGS» [1] en peligro de caer en la cesación de pagos deben apoyarse en estructuras que garanticen en definitiva la solvencia del euro! Moneda cuya solidez sólo podrá verse asegurada por las instituciones federales que Jacques Attali viene promoviendo incansablemente a través de nuestros medios de difusión cuando reclama «la creación de una Agencia Europea del Tesoro, inmediatamente autorizada a obtener préstamos en nombre de la Unión, y de un Fondo Presupuestario Europeo, que inmediatamente recibiría un mandato para controlar los gastos presupuestarios de los países cuya deuda sea superior al 80% del PIB».

A fin de cuentas, se trata ni más ni menos de poner a los Estados bajo un tutelaje económico con el pretexto de salvar la eurozona, al parecer condenada a una inevitable bancarrota… ya que el abandono de la moneda única constituye un tabú que nadie parece dispuesto a tratar de modificar.

Algunos proyectos van más lejos aun y ya tienen previsto que los presupuestos de los Estados de la eurozona estén totalmente sometidos al control y a las decisiones de un triunvirato conformado por la Comisión de Bruselas, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo.
¿Qué pasaría entonces con la voluntad popular y con el Parlamento de Estrasburgo?

Pero nadie se preocupa por denunciar el sofisma o el paralogismo que constituye esa fórmula de integración económica y de regreso a la confianza en los mercados. En primer lugar, ¿por qué habría que permitir que sean los mercados los que impongan su propia ley?
¿No sería además el momento adecuado para cuestionar el capitalismo accionarial, anónimo y voluble, que ha demostrado ser capaz de arruinar a las naciones en función de sus antojos o de sus cálculos?

La gobernanza económica europea no es, en ese sentido, la solución adecuada, como tampoco lo es la inundación de liquidez como respuesta a la actual crisis. El excesivo endeudamiento provocado por el «plan» es sin dudas una solución falsa impuesta desde el exterior con el objetivo de encadenarnos más aun, a nosotros los europeos, a los mercados de capitales y a su indescriptible dictadura.

La idea de la gobernanza económica nace del mismo principio ya que se trata, para decirlo con claramente, de algo insensato en la medida en que esa idea no tiene en cuenta las diferencias que existen entre las diversas sociedades implicadas en todas las etapas de la construcción europea: tipos o modelos de crecimiento, regímenes fiscales y sociales, etc. Se trata de una «idea» que no es tal, y no lo es porque tiene un carácter extremadamente ideológico… se trata en realidad de un proyecto tras el cual se esconden un gran número de segundas intenciones que no tienen nada que ver con la prosperidad económica ni con el bienestar de los pueblos de la Unión Europea.

Algunos se han dado cuenta, muy acertadamente, de que la crisis no era más que el medio y el pretexto para precipitar la imposición de un férreo sistema federal a los 27 [Estados miembros de la Unión Europea], a despecho de las voluntades populares a las que ya se impuso el Tratado de Lisboa de la manera más solapada. Una crisis que es y que sigue siendo –no perdamos de vista este importante factor– artificial, fabricada, en una palabra, es lo contrario de una «fatalidad» inherente a lo que supuestamente sería una vida autónoma y desencarnada de los mercados dirigidos por una «mano invisible».

Un proceso que tiene la reputación de ser «infernal» pero que, para ser anónimo, no deja de estar muy estar vinculado a las figuras de carne y hueso de los grandes manipuladores de dinero y de otros personajes que dan órdenes y que hacen con las bolsas lo que les viene en ganas. Es por eso que Estados Unidos mantiene un doble discurso a través de dos voces diferentes. La de los «mercados» y la de su presidente, quien interviene para sermonear a los europeos y exigirles que estabilicen su moneda o, en otras palabras, las políticas económicas europeas indisolublemente vinculadas a la salud, buena o mala, de su moneda.

Sin embargo, ¡no vayan a creer ustedes ni por instante que eso puede ser una forma de injerencia en los asuntos de la Europa continental!
¿Se imaginan ustedes a Angela Merkel o a Nicolas Sarkozy intimando a la Casa Blanca a hacer una buena limpieza en Manhattan?

La otra voz es la de quienes hacen lo que les da la gana con los mercados… o sea, los que dan las órdenes desde el anonimato, aquellos que ni los propios gobiernos pueden identificar, como confesó tan lastimeramente la ministra de Finanzas de Francia, Christine Lagarde.
Los que hacen subir y bajar las bolsas a su antojo, como el gato juega con el ratón, anticipando las altas y bajas que ellos mismos provocan artificialmente.

El reclutamiento de esos oligarcas se desarrolla, en primer lugar, entre los representantes de la alta finanza, de los complejos militaro-industriales, de los megagrupos del petróleo y de la química o de la ingeniería genética, pero también se reclutan entre los ideólogos y teóricos que se dedican a legitimar el «sistema», nuevos sacerdotes de la religión de la ganancia como nuevo monoteísmo, el del mercado. Pero esa gente tiene en realidad un discurso muy diferente.



Según Paul Volcker, director del Consejo de la Reactivación Económica en la Casa Blanca, los europeos deben aceptar una gobernanza externa y establecer la paridad entre el euro y el dólar.


¿Qué otra explicación puede tener si no la evidente contradicción entre las inquietudes expresadas por el presidente Obama –por lo demás legítimas ya que Estados Unidos necesita un euro fuerte, que penalice las exportaciones europeas dando así cierta ventaja a las industrias estadounidenses, útil regalo debido a sus déficits abismales (1 400 millones de dólares) y sobre todo para apoyar el esfuerzo de guerra actualmente en marcha en Irak, Afganistán y Pakistán– y la continuación de la desestabilización a fondo de las economías occidentales mediante reiterados ataques de los mercados contra el euro?

Por muy voraces, inconsecuentes e incluso irracionales que puedan ser los «operadores», estos están concientes de que la continuación de la ofensiva contra el euro está poniendo en peligro a todo el sistema y puede precipitar a la economía mundial en una nueva fase de caos.
¿Por qué prosigue entonces este baile al borde del abismo? Nadie podrá hacernos creer esa estupidez de que los mercados viven su propia vida, que son incontrolables y que todo esto sólo se debe a un acelerón de la máquina económica… En pocas palabras, que todo esto «no es culpa de nadie» sino la simple consecuencia de una imposibilidad de manejar los actores y los irracionales patinazos de los mercados.

Digamos entonces claramente que el riesgo de derrumbe de todo el sistema es parte esencial de la partida que se está jugando en este momento. Los grandes jugadores, fríos y calculadores, son adeptos declarados de la «teoría de los juegos» (de Neumann y Morgenstem), concepción probabilista que sirvió de basamento a lo que fue la doctrina de la disuasión nuclear… El ganador es aquel que sea capaz de ir más lejos en la mortal apuesta. Un ejemplo que reviste un enorme parecido con lo que actualmente estamos viviendo: una creciente desestabilización de las economías europeas, con consecuencias nada despreciables del otro lado del Atlántico.

Agreguemos a eso que el caos financiero, monetario y económico, de ambos lados del Atlántico, representa una oportunidad extremadamente favorable para quienes, digámoslo una vez más, se benefician con la resaca de los números de la Bolsa, provocando y anticipando los accesos de pánico y de euforia para jugar indistintamente con las tendencias al alza o la baja en mercados que se han vuelto histéricamente erráticos.
A principios del siglo 20, el economista Werner Zombart teorizaba sobre la «destrucción creadora» (posteriormente retomada por Joseph Schumpeter).

Desde entonces, esa idea ha venido abriéndose paso a través, entre otras, de la teoría matemática del francés René Tom (la llamada teoría de las «catástrofes»). Revisada y corregida por Benoit Mandelbrot, esta última se aplicará, a través de la geometría de los fractales, a la vida de los mercados, vistos desde entonces como una entidad sometida a la teoría del caos, decididamente muy de moda.

Mientras tanto, el economista Friedrich Von Hayek, uno de los teóricos del neoliberalismo, pretendió promover la economía liberal a la categoría de ciencia exacta. De esa manera, según su biógrafo Guy Sorman, «el liberalismo converge con las más recientes teorías físicas, químicas y biológicas, en particular la ciencia del caos formalmente enunciada por Ilya Prigogine. En la economía de mercado, al igual que en la Naturaleza, el orden nace del caos: la espontánea combinación de millones de decisiones y de informaciones no conduce al desorden sino a un orden superior»… No hay mejor imagen que esa ya que nos entrega la clave que permite interpretar la crisis.

A fines de los años 1990, los neoconservadores adeptos de Leo Strauss llevan a su lógico paroxismo el nuevo dogma del desorden superior convirtiéndose en apologistas del caos constructor como supuesta legitimación de todas las guerras de conquista del siglo 19. Desde ese punto de vista, es posible ver el caos en pleno trabajo en el Gran Medio Oriente, al igual que en este mismo instante en Europa.

Podemos tener la certeza de que el nuevo orden regional que los grandes organizadores del caos pretenden hacer surgir de la actual crisis será una Europa unificada, centralizada y federativa, bajo la tutela directa de Estados Unidos a través de la Reserva Federal estadounidense, que hará del Banco Central Europeo una simple sucursal, y bajo la mirada vigilante del FMI, representante o emanación de un poder mundial emergente, tan desterritorializado como tentacular.

Resulta bastante evidente que el endiosamiento del mercado asociado a la idea de un «caos constructor», completada a su vez por un uso intensivo de la teoría de los juegos manipulada por adeptos de la demolición, constituye una mezcla bastante explosiva que está a punto de explotarnos en la cara. Y es importante señalar aquí que el «caos» (intencional) es hoy en día una forma de gobernar, de transformar la sociedad y de conquistar sin lucha, una versión dura del conocido divide y vencerás, al que se recurre aunque sea a costa de la supervivencia de las naciones y los pueblos.

A fin de cuentas, lo importante es poner a Europa de rodillas. Grecia –que es ciertamente uno de los países más débiles de la eurozona, aunque no mucho más que Italia, España, Irlanda o Portugal– ha sido hasta ahora una especie de electrón suelto que obstaculiza una plena integración de los Balcanes a la trama geoestratégica estadounidense.

A modo de conclusión temporal, si la Unión Europea, en el marco de la crisis, avanza a marcha forzada hacia una gobernanza económica federativa, entrará entonces en una fase que la llevará hacia la atribución de un poder prácticamente discrecional a la Comisión Europea, que se compone esencialmente de tecnócratas no electos y reclutados en función de una indestructible obediencia atlantista. Dicho claramente, ello significaría la desaparición de los Estados-Naciones europeos.

De hecho, ya nada se opondrá a que Europa sea integrada a un Bloque Transatlántico. Con el tiempo, la fusión del euro y del dólar sellará la unión del Viejo Mundo y del Nuevo Mundo. Es evidente que no se trata de simples especulaciones sino de una real proyección de las tendencias arquitectónicas que visiblemente se están aplicando en el marco de un proceso de redistribución o de recomposición geopolítica del mapa mundial. Lo cual equivale a decir que, si no se desintegra la eurozona, el destino de los pueblos europeos parece definitivamente sellado, o sea encadenado para bien y para mal al «Destino manifiesto» de Estados Unidos, independientemente de una reforma del sistema económico mundial.

Los financieros perderán quizás algunas plumas en ese proceso si la comunidad internacional se pone de acuerdo para fijar límites a sus apetitos mediante la reglamentación de los mercados. En todo caso, lo cierto es que los promotores del caos constructor habrán ganado la partida al crear las condiciones para nuevos incendios.

Ya que «lo peor», que a menudo han mencionado en Francia individuos tan influyentes como Bernard Kouchner y Jacques Attali, resulta ser sin embargo lo menos improbable cuando los gobiernos, al verse con la espalda contra la pared, no tienen otra posibilidad que «huir hacia delante». En Kuwait, en 1991, y en Irak, en 2003, entre los objetivos apenas ocultos de la guerra, ocupaban un lugar importante la reactivación del motor económico a través de los proyectos privados de reconstrucción… por no mencionar otros intereses más evidentes y más inmediatos, como los combustibles fósiles, las ventas de armas y todos los mercados que de ellos se derivan.

Cualesquiera que sean los acuerdos entre Turquía e Irán sobre el enriquecimiento de uranio con fines médicos, cualesquiera que sean las contrariedades diplomáticas que esos acercamientos entre aliados y enemigos de Estados Unidos impliquen para el Departamento de Estado, basta con releer las fábulas de Jean de La Fontaine para saber que... ¡la retórica del lobo siempre prevalece ante la del cordero!

En el actual contexto de extrema fragilidad de la economía mundial, tenemos que prever que la salida de la crisis tendrá que pasar por la dolorosa puerta del caos constructor.

Jean-Michel Vernochet

Ex periodista de la publicación francesa Figaro Magazine y profesor de la Escuela Superior de Periodismo (ESJ-Paris). Su obra de más reciente publicación se titula Europe, chronique d’une mort annoncée (Europa, crónica de una muerte anunciada) ediciones de l’Infini, 2009.



[1] Juego de palabras ideado por los financieros anglosajones ya que las iniciales de Portugal-Italy-Ireland-Greece-Spain (Portugal-Italia-Irlanda-Grecia-España) conforman la sigla PIIGS, que se pronuncia en inglés igual que «pigs» (puercos).

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17.5.10

La crisis ya ha comenzado. Ya hemos llegado a un lugar en el que nada tiene sentido (Santiago Niño Becerra)


Uds. saben que siempre he manifestado que lo que ahora estábamos viviendo era la precrisis que comenzó en Septiembre del 2007 -cuando se puso de manifiesto el affaire de las subprime- y que se extendería hasta mediados del año en curso cuando finalizasen los programas de ayuda y estímulo; conceptualmente continúo pensando lo mismo, pero pienso también que ahora, en estos momentos, la situación está dando un salto cualitativo fundamental. Estamos en un momento en el que todo queda viejo en el mismo momento en que ha sido dicho debido a que los acontecimientos nos están superando; ya, ya: es culpa nuestra porque pusimos en marcha un mecanismo que no se comprendía, o si; un mecanismo cuyos efectos y consecuencias no podían preverse, o si; pero lo único importante es que esos efectos, esas consecuencias ya nos han alcanzado: y están aquí. Ya hemos llegado a un lugar en el que nada tiene sentido. Da igual lo que se haga: será otro paño caliente, otro ganar unos días más hasta que tan sólo sean unas horas. Tanto da donde pongamos el punto de mira: en la economía postglobal todo es uno. Mientras suena la música se está dando vueltas a una mesa de la que se han quitado las sillas. Ayer fueron tales medidas, mañana serán otras, o una vuelta de tuerca, u otro recorte. Pero el problema es la deuda, la deuda total, la deuda del Estado, la de los entes locales, la de las entidades financieras, la de las familias, la de las empresas; en España, y en Uruguay, y en Camboya y en USA, y en Dubai.

Se continuarán haciendo cosas, ¡claro!, pero ya da igual lo que se haga porque lo que se haga se hará siguiendo las páginas de un manual que ya está obsoleto, desgastado de tanto aplicar unas recetas que ya no sirven, que ya no sirven para resolver los problemas a los que nos han llevado esas recetas que tanto propiciaron crecer. Ya da igual lo que se haga: quienes tienen que creerse que toda la deuda puede ser pagada no se lo creen porque no pueden creerlo: ellos también tiene deudas acreedoras y deudoras, pero quieren aparentar que lo creen porque hay que continuar dando vueltas a la mesa mientras la música continúe sonando.

Da igual lo que se haga, en Europa o en USA, en Japón o en Brasil: en una metástasis la única forma de acabar con el problema sería modificar la información que rige el funcionamiento de ese organismo enfermo; aquí y ahora: hace falta un manual nuevo. ¡Las ideas se han agotado!: es preciso un manual nuevo.

¡La tendencia!. Las Bolsas declinarán, y lo harán los precios porque el consumo caerá, porque lo harán las rentas, porque la deuda, mientras sea, continuará estando ahí, y ya no hay crédito al que recurrir porque a la confianza se la ha llevado el viento.

A mediados de año, si, pero en verdad la crisis ya ha comenzado.

Santiago Niño Becerra.
Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.


Fuente: La Carta de la Bolsa
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15.5.10

De la mala a la peor (Por Juan Gelman)


Se apaga el concierto de voces que proclaman la salida de la crisis económica mundial: el sismo europeo es una fuerte réplica del epicentro que sacude a EE.UU. desde el 2008. Hasta el FMI subraya que las medidas adoptadas para salvar a Grecia son apenas calmantes de una enfermedad grave. Pero no explica en qué consiste el mal. Sólo propone la “cura” de las medidas de ajuste que afectan a millones y millones de habitantes del planeta.

El distinguido profesor emérito de Economía de la Universidad de Ottawa, Michael Chossudovsky, y el investigador independiente Andrew Gavin Marshall acaban de reunir en el volumen titulado The Global Economic Crisis. The Great Depression of the XXI Century (Global Research Publishers, Centre for Research on Globalization, Montreal, 2010) los trabajos de 16 especialistas que exploran a fondo las causas y consecuencias de un fenómeno que no se debe precisamente a un puñado de banqueros sin escrúpulos, como Barack Obama propone: es el desemboque de un largo proceso de cambio del modelo económico occidental que se inició en los años ’80. La llamada “desregulación” que nació entonces estuvo normada por la implantación progresiva de complejos instrumentos creados por el aparato financiero.

Los editores sintetizan las conclusiones de los estudiosos en el prólogo de la obra (www.globalresearch.ca, 9-5-10). La central: “La humanidad se encuentra en la encrucijada de la crisis económica y social más grave de la historia moderna”. Se subraya que no consiste sólo en la burbuja inmobiliaria que estalló hace dos años: el hundimiento de los mercados financieros en el período 2008/09 fue secuela del fraude institucionalizado y la manipulación financiera. En obediencia, claro, a la ley del beneficio máximo.

Es notorio que esto ensancha las distancias entre base y cima sociales en materia de distribución del ingreso nacional. Un estudio que el profesor Emanuel Saez, del Departamento de Economía de la Universidad de Berkeley, llevó a cabo hace dos años revela que en EE.UU. ese distanciamiento “es particularmente brutal a partir de los ’80: el 10 por ciento más rico (de la población) acaparaba el 35 por ciento del ingreso nacional en 1982, una proporción que alcanza el 50 por ciento 25 años después, reinstalando la situación que precedió al crac de la Bolsa en 1929” ( , 15-3-08). Pese a las declaraciones optimistas de la Casa Blanca, el desempleo en la superpotencia va en aumento.

Otros análisis inquietantes se resumen en el prólogo de The Global Economic Crisis: esta recesión económica no tiene un origen acotado, sino que se inscribe en el desarrollo de una militarización a escala mundial. “La dirección de la ‘guerra prolongada’ del Pentágono se vincula estrechamente con la reestructuración de la economía global..., la arquitectura financiera global alimenta objetivos estratégicos y de seguridad nacional. A cambio, la agenda militar de EE.UU. y la OTAN sirve de apoyo a una poderosa elite empresarial que socava incesantemente las funciones del gobierno civil.”

El traslado de una ingente masa de capital a las actividades financieras ha “desmaterializado” la producción y provocado un cambio estructural en la economía estadounidense: crece el número de quiebras de empresas pequeñas y medianas, al mismo tiempo que la economía de guerra, engordada por un presupuesto de defensa de casi un billón de dólares, goza de muy buena salud. La industria de armas de alta tecnología y la contratación de mercenarios para las guerras de Irak y Afganistán conocen, entre otros, un esplendor sin precedentes. “Basta echar un vistazo a la escalada (bélica) en el Medio Oriente y Asia Central, así como a las amenazas de EE.UU. y de la OTAN dirigidas a China, Irán y Rusia, para percibir hasta qué punto la guerra y la economía están íntimamente vinculadas.”

Las relaciones de la banca con el complejo militar-industrial y los gigantes del petróleo, el papel central que la política monetaria desempeña en la recesión, el peso de la deuda pública y privada, las repercusiones socioeconómicas y políticas que acarrearon las reformas del libre mercado, son aspectos que, entre otros, escrutan analistas destacados como Claudia von Werlhof, Richard C. Cook y Peter Dale Scott. Desde distintos puntos de vista y desde disciplinas diferentes, todos los autores coinciden –señala el prólogo– en que se trata de una crisis con alcances verdaderamente mundiales que influyen en todas las naciones y en todas las sociedades. La estadounidense incluida, desde luego.

“Nunca vi algo semejante –señaló Noam Chomsky sobre el estado de ánimo imperante en EE.UU. (www.legrandsoir.info, 24-4-10)–. Escucho la radio para enterarme de lo que dicen los que llaman por teléfono. ¿Qué me pasa?, se preguntan. Hice todo lo que me dijeron que hiciera. Soy un buen cristiano. Trabajo duro para mantener a mi familia. Tengo un arma. Creo en los valores de este país y, sin embargo, mi vida se derrumba.”




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Los indios (Por Sandra Russo)


Como muchos argentinos de mi generación, conocí primero a los siouxs que a los mapuches. De los indios no nos hablaban en la escuela, pero en la televisión pasaban películas del Far West. Las caravanas de colonos, llenas de mujeres, niños y cacharros, avanzaban siempre destartaladas en territorio hostil, custodiadas por los hombres del rifle. Acechaban los indios. Sus alaridos espantaban en la noche.

Los espectadores nos identificábamos con los colonos. La colonización era, así, visible como una cuña blanca en el enigma de un mundo desconocido, habitado por seres fascinantes que incluso eran coleccionables en sus versiones plásticas, pero que pese a su fascinación había que aniquilar. Reducían cabezas, arrancaban cueros cabelludos y hacían sacrificios humanos a sus dioses. Los blancos también, aunque siempre lo negaron. Aquí no hubo colonización sino conquista. Los blancos ofrecieron en sacrificio a su único dios a millones de seres humanos, como sin darse cuenta de lo que hacían, como simples inconscientes y amorales. Siempre hablaban de otra cosa. Una nación, una cultura, la civilización, la razón, la ciencia, la religión.

Cuando –hace tanto tiempo– yo era adolescente, en el ámbito rockero y literario en el que me movía, no se hacían fiestas de quince, pero había, a los dieciocho, viajes al Machu Picchu. Era un programita de valores de emergencia, toda vez que la política nos estaba prohibida. Fui adolescente en un país con miedo real, en un país en el que no se hablaba del miedo.

Entonces aquella generación tomó para sí algunos valores posibles, menores, cotidianos, y los convirtió en un modo de vida. En una identidad. Mi generación volvió militancia un ideario aplicado a la vida cotidiana. Fundió política con cultura para sobrevivir.

Las chicas de quince lo menos que queríamos era una fiesta de quince. No estaba bien visto el éxito en general. No íbamos a bailar. Amábamos a los antihéroes y a los perdedores. Nos identificamos con ellos.

Los grandes perdedores de la historia argentina que está por cumplir 200 años eran los que en una enorme pincelada discriminatoria aún llamamos “indios”. Aquella inclinación juvenil por lo indígena no logró, por ser más reacción que iniciativa, perforar los prejuicios que estaban inscriptos hasta en la lengua. Sobre la palabra “indio”, Aiban Wagua, miembro de la comunidad kunayala, escribió sobre las innumerables naciones preexistentes al “descubrimiento” de América:

“Los blancos nos parieron a los indios y evitaron así considerar a los pueblos de Abia Yala como sujetos válidos en sí mismos, con sus sistemas sociopolíticos y religiosos bien diferenciados. Entonces, el indio fue un ente abstracto, sin carne, pero marginado, borracho, pobre entre los pobres. Nos simplificaron y abstrajeron tanto, y tanta fue la insistencia que prácticamente les creímos. A los mayas, a los kunayalas, a los aymaras, a los toltecas, a los totomayas, nos cortaron a todos por igual, porque la sociedad dominante quería simplificar las cosas, y corrimos todos la suerte de indios o indígenas. Tanto que hasta hay teólogos capaces de hablar con una ingenuidad tremenda de la creencia india de América, de una concepción india de la vida o de una cosmovisión india o de una mitología india. Millones de personas que conformamos pueblos o naciones de Abia Yala comenzamos a dar sentido y hueso a los indios. Siglos más tarde nos pareció bueno usarlo como signo de lucha. Y nuestros dirigentes nos dijeron: ‘Ya que nos hicieron indios, como indios vamos a luchar’”.

En estos días recorren el país las tres columnas de la Marcha de los Pueblos Originarios, que por primera vez en la historia plantean reformular su relación con el Estado y ser considerados estrictamente como lo que son: naciones y culturas preexistentes a las otras que se superpusieron en “lo argentino”.

Hasta ahora nuestra concepción del país los ha corrido del borde. No llegarán el 20 de mayo a Buenos Aires para que los porteños se saquen fotos con ellos, como cuando se van de vacaciones. No quieren seguir siendo una opción exótica para el turismo europeo. Vienen a hablar de mineras, de petroleras, de madereras, de producción a gran escala y medio ambiente, de tierras y de agua. Vienen a hablar de esas culturas subestimadas y arrasadas que jamás hubieran atentado contra el planeta. Quieren ser ciudadanos de derecho pleno e identidades colectivas resistentes, aptas para un debate político serio que tome en cuenta sus demandas. Escucharlas es profundizar un modelo hasta la tripa.

Fuente: Pagina 12
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12.5.10

Colombia: terrorismo de Estado en nombre de la paz (James Petras)

La estrategia imperial de Washington se aplica a la letra en Bogotá

Vivimos una época donde la manipulación del lenguaje es utilizada por los principales responsables políticos que responden a los intereses extranjeros, así, ellos son capaces de trastornar los hechos y controlar la realidad dándole un nuevo significado que le es indispensable para cubrir, para ocultar, la violencia, la corrupción, la injusticia que ellos realizan y fomentan como mandatarios peones de una gobernación imperial mundial en gestación. El profesor James Petras nos expone las mentiras empleadas por la política del terrorismo estatal y la corrupción del lenguaje ante la opinión pública. El caso colombiano es ejemplar.




El presidente colombiano Álvaro Uribe.


La primera baja [o elemento de la estrategia] del terrorismo de Estado suele ser la corrupción del lenguaje, la invención de eufemismos mediante los cuales las palabras significan lo contrario y los eslóganes encubren delitos graves: Ya no existe consenso universal para condenar los crímenes contra la humanidad.

Se debe a que los asesinatos y matanzas masivas garantizan la «confianza» del inversor, pues se despoja a los indígenas de sus tierras para que se puedan explotar las minas; desaparecen los trabajadores de las empresas petrolíferas para que el petróleo corra; y la prensa económica internacional elogia el éxito del Presidente en la «pacificación del país».

Cuando los dirigentes de Europa y América del Norte abrazan a los narco-presidentes, queda de manifiesto que los delincuentes se han vuelto respetables y las personas respetables, delincuentes.

Pero en otras regiones otras voces han sentado en el banquillo a criminales de guerra del pasado y el presente.
En Argentina, los generales responsables de los desaparecidos pasan sus últimos años de vida entre rejas. En España, Dubai y otros lugares se han emitido órdenes de detención contra mandos del ejército israelí.

En Malasia, Tony Blair, cómplice de la guerra genocida de Bush en Iraq, debe eludir ser arrestado por los crímenes de guerra cometidos. Colombia, Estados Unidos e Israel, los epicentros del terrorismo de Estado, están solos en la Asamblea General de Naciones; condenados pero, todavía, no sometidos a juicio. Sus días de impunidad se acaban.
Las guerras interminables, la corrupción galopante y las estafas económicas a gran escala (la podredumbre interna) están erosionando la fachada de su poderío militar.

Poniendo de manifiesto las mentiras que sustentan las maquinarias de matar, los escritores e intelectuales desempeñan un papel esencial en la aceleración de este proceso. Empecemos:

Las mentiras de nuestra época

La doctrina de seguridad democrática
(ni democrática, ni para la seguridad personal):

La corrupción del lenguaje acompaña a todos y cada uno de los grandes delitos políticos. El concepto de «seguridad de la democracia» no es una excepción.
En el contexto colombiano actual, asesinar a dirigentes de movimientos sociales para garantizar la reelección de un partido compuesto por asesinos políticos es democrático.

«Seguridad» es el eufemismo para aludir a los cementerios clandestinos llenos de sepulturas sin lápida bajo las que hay personas sin nombre.
La «libertad de los medios de comunicación» existe cuando proclaman solemnemente otro «triunfo militar importante»… la matanza de campesinos desarmados que estaban labrando sus tierras.

Los economistas son «expertos» cuando anuncian que la economía está creciendo… y sólo las personas sufren.
Los políticos son «estadistas» cuando afirman ser «uno con el pueblo»… excepto con los 4 millones de desposeídos por la fuerza y los 300.000 familiares de los muertos y desaparecidos; los muertos y los desposeídos todavía tienen que apreciar a ese Uno que asegura ser tal «con el pueblo».

Cuando el Presidente afirma que la guerra es la paz, que la militarización es seguridad y que las desigualdades son justicia social, sólo quienes no alcanzan a comprender estas Verdades Oficiales deben temer que llamen a su puerta a medianoche.

La definición oficial de terrorista

Se trata de una persona que no consigue comprender que la senda que conduce a la paz pasa por gastar miles de millones de dólares en aviones de guerra, helicópteros de combate, bases militares y en subcontratar a asesores militares y mercenarios.

Los enemigos de las conversaciones de paz

Según el Presidente, esos grupos de defensa de los derechos humanos que se oponen a la matanza de adversarios y proponen diálogo en lugar de monólogos son los enemigos de la paz; sólo los monólogos garantizan que haya una «verdad oficial», y no otra.

El precio de la prosperidad

Según el Presidente y el Fondo Monetario Internacional (FMI), la pobreza, el desempleo y los salarios bajos son el precio de la democracia y la prosperidad… pero sólo si son los trabajadores y los campesinos quienes pagan el precio y los ricos los únicos que prosperan.

Una novedosa definición de Soberanía

Según el Presidente, la nueva definición de soberanía es ceder territorio a una potencia extranjera imperialista para que instale siete bases militares que actúen según su propio marco legislativo y ámbito de competencias.
Soberanía equivale a ocupación extranjera.

La nueva definición de subversión

Según el Presidente, los acuerdos humanitarios y las iniciativas de paz son pretextos para la subversión; sus defensores saben de antemano que el Estado no los va a aceptar. En cambio, deshumanizar al enemigo y a los defensores de la paz facilita bombardear aldeas subversivas, los «auténticos» enemigos de la paz.

Sobre alabanzas y condenas

¿Qué dice de un Presidente el hecho de que todos los grupos y movimientos sociales que defienden los derechos humanos lo condenen, y que toda la prensa económica y las instituciones militares lo elogien?

Un Presidente con récords mundiales

No cabe duda de que el Presidente Uribe ingresará en el Libro Guinness de los Récords.

El Presidente cuenta con el respaldo de más narco-diputados que cualquier otro Presidente o Primer Ministro del mundo (incluida Afganistán).

El Presidente es responsable del desplazamiento de más personas (4 millones de refugiados) en el plazo más breve (8 años) que cualquier otro Presidente del mundo. (Ha desbancado a Israel en su medio siglo).

El Presidente ha autorizado la instalación de más bases militares estadounidenses que todos los presidentes latinoamericanos juntos.
El Presidente es responsable de la matanza de más militantes y dirigentes sindicales que cualquier otro líder mundial (1.500).
Por cada primer puesto en muerte y usurpación, el Presidente Uribe merece un nuevo galardón, un premio Innoble.

Pero no es el único. Tres presidentes estadounidenses, tanto demócratas como republicanos (Clinton, Bush y Obama), han suministrado armamento y centenares de asesores por valor de miles de millones de dólares para financiar a 30.000 narco-miembros de escuadrones de la muerte y 300.000 soldados, que desempeñan un papel fundamental en la obtención de los «récords mundiales» de Uribe.

Recordemos y castiguemos los crímenes contra la humanidad del pasado y del presente, pero tomemos la delantera en la búsqueda del diálogo entre quienes están dispuestos a mantenerlo, porque constituyen una mayoría que cree en la paz a través de la justicia.

Traducido por Ricardo García Pérez.
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10.5.10

Lo más importante (Por Eduardo Aliverti)


Aun al cabo de jornadas tan eclécticas, que fueron una feria informativa polirrubro, no debería haber dudas sobre cuál tema escoger como sobresaliente. Todos dejan enseñanzas, preguntas, dudas, desafíos. Pero hay uno que muestra una lección mayor.

No lo es que una compañía inglesa encontró petróleo alrededor de las Malvinas, aunque en un sentido podría ser el que más se le acerca. Como en primer lugar siempre debe apreciarse la totalidad de una noticia para recién después arriesgar una opinión, cabe decir que no hay datos seguros sobre la calidad de ese crudo ni –mucho menos– acerca de la factibilidad extractiva. De todas maneras, al margen de eso y de aspectos un tanto más ecuménicos, como el paradigma energético mundial y los desastres en el ecosistema, era obvio que la afectación soberana habría de ser lo único que importaría. Se reclama desde ese punto una acción diplomática contundente, como corresponde. Pero nadie en su sano juicio supone que eso pueda dar algún resultado que no consista en la indiferencia británica, del bloque europeo y de los grandes centros de poder. Así el gobierno argentino no hubiera cometido todos los errores que se le endilgan en el tramiterío malvinense, los ingleses igual estarían allí, buscando el petróleo que se les acaba, a ellos y a los demás. Se los concede el derecho de la fuerza, conquistado en una guerra demencial que fue producto, entre tantos, de las bestias dictatoriales de este país. Argentina será escuchada el día en que su desarrollo como Nación, integrado en unidad regional, le permita ir a negociaciones con una autoridad excedente de las palabras condenatorias. Todo lo demás, por mucho que el sentimiento e interés patrióticos lo requieran como necesario, será cháchara. Los conflictos territoriales se promueven y resuelven por vía de las armas o de la potestad que confiere el peso de un país o bloque; de lo cual, en todo caso, lo primero es subsidiario. No se supone que quede algún borracho capaz de pensarlo al revés.

Y hablando de bloques, no es menor que un argentino haya sido electo por unanimidad al frente de la Unión de Naciones Suramericanas. Pueden saltearse las marchas y contramarchas, el veto del ex presidente uruguayo a causa del corte de frontera, las especulaciones de cuánto Kirchner se dedicará al cargo. El hecho es lo que finalmente sucedió, e implica que la unión subcontinental va en serrucho ascendente. Y hasta con algunos logros concretos, como haber interrumpido en su momento la arremetida golpista contra Evo Morales. Pero serrucho al fin, todavía falta mucho para que pueda citarse la probabilidad firme de una vocación auténticamente integradora. Es más necesaria que nunca, ahora que varios gobiernos de la región intentan o se asientan en una perspectiva de autonomía frente al Imperio. Porque en la línea Pacífico hay consolidaciones de derecha. Largo camino, en consecuencia. Demasiado largo, tal vez, hasta alcanzar el sueño de la patria latinoamericana. Destino a construir. Bajo esa lógica, aconteció un episodio que no es para minimizar. Ni magnificar.

Hubo media sanción a la ley del matrimonio homosexual, también. Un avance significativo en los derechos de las minorías, que de paso, gracias a la votación parlamentaria, sirvió para corroborar quiénes están al respecto de un lado y de otro. O sin “al respecto”. Carrió fue la más clara. Admitió que no puede estar con el Santísimo a la mañana y con los gays a la tarde, entendido desde sus convicciones religiosas. Aunque nunca explicó dónde está comprobado que el Santísimo se opone al casamiento de homosexuales, eso sí. Falta el Senado, que pinta hueso duro de roer porque se concentran allí los representantes provinciales y, por tanto, la suma del pensamiento e intereses más prejuiciosos y conservadores. Alguno ya lo avisó, advirtiendo que no le da el cuero para volverse al terruño los fines de semana y afrontar la crucifixión del cura y las damas del pueblo. Pero saldrá. Como salió el divorcio hace más de veinte años y amenazaron con que el mundo se vendría abajo. Y como tarde o temprano saldrá la legalización del aborto, para acabar con la repugnancia de que defiendan la vida quienes se lo practican en condiciones asépticas. Y así será que, algún día de casi sin darnos cuenta, estaremos preguntándonos si recordamos el tiempo y la energía que llevó discutir tanta cosa elemental del adelantamiento imparable en la liberalización de las costumbres. Una obviedad civilizatoria, diríase. Entonces, no: visto así, lo que se denomina matrimonio gay tampoco llega al rango de noticia superlativa.

Quedaría el paso de Macri por la Justicia, las escuchas ilegales, el probable procesamiento, la estrategia cantada de que se victimizaría con el apunte de una operación política. Fugar hacia adelante, bah. Tampoco es episodio a desechar así nomás. Es un presidenciable, dice él. Cotiza más o menos bien en las encuestas y será de verse qué ocurre con su popularidad si esto pasa de salpicadura a enchastre. Sin embargo, correspondería la presunción de que respecto de Macri –excepto por la capacidad o no que vaya a tener para armar un aparato de respaldo político nacional– ya todo está jugado. A quienes cultivan valores de derecha no les mueve un pelo el juzgamiento (al contrario), ni que acabe involucrado en un delito de forma directa. A los que se sitúan en el anverso, (les) agrega menos que menos. Y exactamente lo mismo, por analogía, es la repercusión frente al dominó de denuncias en torno de las coimas con Venezuela. No se trata de que sea otra instancia de la guerra entre Clarín y el Gobierno, y que en función de eso resulte poco creíble. Lo que debería importar, como noticia, es si las pruebas son fehacientes. Lo que importa es que, lo fueren o no, ya todo está práctica e igualmente lanzado en derredor de cómo se sitúa cada uno en su visión genérica del Gobierno. O de lo que está en juego.

Martínez de Hoz preso, como contrapartida de todo el resto mencionado, no permite espacio para interrogante alguno. Si nos vamos casi 35 años para atrás, la inquietud de cualquier persona lúcida era si alguna vez se haría justicia con la patronal milica. Si acaso podía quedar históricamente cerca ver privado de la libertad al verdadero ejecutor ideológico de la masacre. A su símbolo máximo. A la quintaesencia de los dueños de la tierra, de la gran burguesía parásita, de la valorización financiera del capital que hoy estalla en Grecia. De toda la basura que justamente echó su último manotón con la guerra de Malvinas, para reaparecer con la rata pero no tanto como para sobrevivir despreocupada.

Está preso Martínez de Hoz. El futuro llegó. No ha caído el último impune, pero sí el más grande ejemplar de la impunidad que quedaba. Y dando lástima, con ruego de prisión domiciliaria porque arguye que está débil. O ni siquiera eso. Ni siquiera da lástima.

Si es por asimilar que a veces se gana, ¿pasó algo más importante que eso en estos días?

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Grecia (Por Sandra Russo)


Las imágenes griegas explotan en las pantallas. El Partenón allí, atrás del humo de los gases, dice algo que no se llega a escuchar. ¿Cuál es el debate sobre el neoliberalismo? ¿Cuál es su soporte? ¿Dónde rebotan las voces que se alzan contra esa escuela económica, política y filosófica que provoca desde hace décadas oleadas de sufrimiento humano? Los grandes medios mundiales no arbitraron ni promovieron ese debate ni aun cuando la crisis les estalló en el ombligo del imperio. El neoliberalismo y su utopía de libertad irrestricta de mercados y finanzas no permitieron que se creara masa crítica contra el neoliberalismo, simplemente porque no saben con qué reemplazarlo. No hay ninguna alternativa de derecha que pueda ofrecerse a cambio.

En 1989, Francis Fukuyama publicaba su biblia, El fin de la historia, un ensayo que concluía así: “Lo que podríamos estar presenciando no es sólo el final de la Guerra Fría, o la culminación de un período específico de la posguerra, sino el fin de la historia como tal; esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalidad de la democracia liberal como forma final de gobierno humano”.

Las cosas pasaron así. Efectivamente, aquella escuela creada por el austríaco Friedrich Hayek se erigió en el Pensamiento Unico, que hegemonizó a democracias y dictaduras de Occidente y Oriente en las últimas décadas. Su ascenso fue precedido del derrumbe del socialismo real, aquellos viejos regímenes burocratizados y deshumanizados que dejaron como saldo multitudes hambrientas de otras opciones políticas. Desde entonces, las alternativas de resistencia al neoliberalismo más vigorosas que han surgido lo han hecho en democracia. Pero se trata de desmontar la trampa que el neoliberalismo se niega a deshacer: se presume asimilado a la democracia, travestido en ella, camuflado en alternancias que aseguren la continuidad del statu quo. A esto le llaman “seguridad jurídica”.

Entre la Argentina de 2001 y la Grecia de 2010 tuvo lugar una crisis estructural con epicentro en Estados Unidos que sigue su curso ahora en Europa, y sin embargo la política económica que originó esas tres desgracias es la que sigue promoviendo la derecha de todas las latitudes, así como el verdadero Poder Ejecutivo de todas esas derechas, que es el FMI. Ahora evalúan “más ayuda” para Grecia. Los grandes medios han naturalizado que a esos préstamos usurarios que desatan desastres se los llame “ayuda”. Como si hubiera que agradecer esa deuda. Como si hubiera que inclinarse como un suplicante que recibe lo que implora.

Cada centavo de “ayuda” a Grecia será abstracto, como lo fueron los miles de millones de “ayuda” que recibimos en los largos años en los que peronistas y radicales elegían a Cavallo como ministro de Economía. Los medios celebraban cuando el FMI aprobaba esa “ayuda”. Eso es pura domesticación. Puro disciplinamiento. Los pueblos escuchaban, como buenas noticias, los presagios de sus futuros dolores. Hablaba de eso por televisión gente muy educada, con posgrados en universidades caras. Gente que sigue cobrando fortunas por conferencias. Dicen que los países deben ser austeros, que hay que achicar el gasto público porque en crisis hay que evitar la demagogia y el populismo, que hay que suprimir todos los controles al mercado porque más tarde goteará.

Grecia era evitable. Si se hubiese llegado al hueso del problema en un debate público que desenmascarara la aberración política y económica del neoliberalismo, la derecha seguiría siendo derecha, pero buscaría otro modo de serlo. Un modo aceptable para los electorados. Pero como nunca perdieron el control de la opinión pública globalizada, no se dedicaron a estudiar su fracaso, y no saben qué hacer.

Grecia demuestra, además, que el enemigo principal del neoliberalismo son los sindicatos. Es la principal red política y social que debe quebrar para imponerse. Eso explica tanto el mapa de nuestros desaparecidos de los ’70 como la noticia fresca que llega de Atenas, llena de humo, de represión y sangre.

Fuente: Pagina 12
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"Una pulga no puede picar a una locomotora, pero puede llenar de ronchas al maquinista" (Libertad, amiga de Mafalda)