3.4.17

El paro, las plazas, los enigmas (Eduardo Aliverti 1-4-2017)

Si el paro general al que se apresta el país tendrá dimensiones históricas no lo fijará tanto la magnitud de la inactividad, que será enorme, sino la eventual continuidad de ese hecho junto con el reflejo político que pudiera mostrarse en las urnas, primero, y después su conversión en un proyecto alternativo concreto.

El Gobierno comienza a atajarse con que la adhesión de los gremios del transporte garantiza unas imágenes de huelga total, siendo que si “la gente” tuviera oportunidad de decidir por cuenta propia no habría esas fotos de parálisis generalizada. Con el mismo criterio podría preguntarse si acaso los trabajadores de colectivos, trenes, subtes, tan contentos o esperanzados con su situación económica, no podrían desconocer el mandato dirigencial. Lo central sigue siendo que esa adhesión del transporte existe por algo renuente que se llama CGT, y que ese algo espeja a dirigencias que no pueden seguir ignorando la presión embroncada de las bases. El jueves pasado, Plaza de Mayo y adyacencias volvieron a reventar de gente con la convocatoria de ambas CTA. Los voceros macristas y sus trollcenters, al igual que respecto de las movilizaciones anteriores, se amparan en la explicación de que todos (literalmente) son militantes pagos con choripán, gaseosas y unos mangos. Unos 500 per cápita, dice Javier González Fraga que le dijeron en cercanías de su campo. Se esperan los datos técnicos del presidente del Banco Nación acerca de la revolución productiva coyuntural que pueda haberse registrado con la venta de chorizos y cocas desde comienzos de marzo, así como de los monumentales recursos de las organizaciones sindicales y sociales para repartir plata alegremente entre unos centenares de miles de carenciados sin otra cosa para hacer que marchar sobre la Plaza. Esta explicación de los agentes de los CEOs gubernamentales no hace más que tomarlos al pie de su letra. Según todas las voces oficiales, el largo millón de personas que salieron a la calle desde el 6 de marzo no tienen componente genuino ni de docentes, ni de trabajadores sindicalizados, ni de profesionales sueltos, ni de mujeres con conciencia de clase a más que de género, ni de gente para la que el 24 de marzo implica una conmemoración ideológica fundamental, ni empleados estatales, ni nada de eso. No. El Gobierno asegura que todo es cuestión de muchedumbres compradas y de kirchneristas con ánimo de bardo. Y, lo cual es dialécticamente peor, inquieren por qué no le hicieron paros y movilizaciones a Cristina. Pregunta para que se la respondan con interrogación igual: ¿por qué? ¿Por qué habrá sido (aun tomando como cierto que al kirchnerismo no se le protestó, lo cual es falso)? Y después: ¿el macrismo realmente cree en el discurso que usa para contraatacar?

La respuesta a ese último interrogante es variable, porque los referentes y funcionarios –siempre en off– confiesan cosas diferentes. Algunos piensan en un Gobierno que conserva alto grado de aceptación resignada, y minimizan que el peronismo les gane el espacio público. No creen en el efecto calle aunque los envalentonaron las manifestaciones del sábado, nutridas exclusivamente por las franjas de clase media caceroleante. Creen en las redes, y en su trabajo en ellas y, en menor medida, en la agenda de los medios tradicionales adictos que las redes amplifican. Otros admiten que la bronca popular es real y que el pretexto de los militantes comprados no se sostiene, pero afirman que una ligera recomposición del consumo o de las expectativas les permitirá dejar la cabeza a flote en agosto y octubre. Otros están simplemente preocupados por su falta absoluta de candidatos potables, pretendiendo que la compense la dispersión peronista. Todos reconocen por lo bajo que el Gobierno se halla en su peor momento y que las internas del equipo económico están a la orden del día. Basta advertirlo en la prensa que les sirve de columna vertebral. El tema es que la economía no arranca de ninguna manera, y que no tienen otro recurso que continuar cargando toda responsabilidad en la herencia recibida. Anuncian la progresión de los aumentos tarifarios justo ahora, y la pregunta inmediata es si no tienen mejor idea al borde de un paro general tras cartón de las movilizaciones de marzo. ¿Son o se hacen?, se indaga. Son. Y además sobreactúan. Están decididos a lo que vinieron a aplicar y descansan en un corto plazo en el que no habría forma de que el/un gran grueso de la sociedad vuelva a confiar en otra cosa, porque esa cosa seguiría siendo asimilable a Cristina, al cepo, a la corrupción, al autoritarismo chavista, a lo que sea de ese tronco conceptual exteriorizado el sábado. Tienen fe en las reservas profundamente gorilas de la clase media, porque saben que es desde ahí, más el aparato mediático, donde se orienta el humor popular. Eso es cierto. Pero si el Gobierno tiene problemas serios en los sectores medios no simiescos, en los fluctuantes, en los que al fin y al cabo terminaron de volcar la elección junto a los populares incrédulos de que podría retrocederse, su única gran esperanza reside en profundizar la dichosa grieta. Eso está haciendo, en la confianza de que todavía hay resto para que los vacilantes prioricen no volver al kirchnerismo por sobre la evidencia de que el gobierno de Macri no es lo que quisieron creer. El medidómetro de las calles retrata el fervor de las minorías intensas, no la complejidad de las urnas.
La economía, valga insistir con la obviedad, no resiste más ardid que ése. Una buena nota en el mismísimo Clarín, el viernes, con la firma de Ezequiel Burgos, lo resumió desde el título: “La grieta que no cierra: los datos de la economía vs. el optimismo oficialista”. No es que diga algo novedoso, sino que sintetiza muy bien la distancia entre las fantasías macristas de recuperación y lo que percibe y sufre la calle. Desde el palo contrario, en este diario, en su columna “Ficciones” y también el viernes, Fernando Krakowiak perfiló las estadísticas del Indec en torno de la construcción, donde lo único concreto es que –más allá del relato oficial– esa actividad viene cayendo desde que Mauricio Macri asumió la Presidencia. “Los anuncios (...) sobre reactivaciones que no existen son aún peores que los pronósticos de mejoras que nunca llegan, pero forman parte de la misma estrategia. Haber prometido que la recuperación se iba a producir en el segundo semestre del año pasado no fue un error, por más que en el Gobierno abunden la improvisación y la impericia, así como tampoco es un error decir que está pasando algo que las estadísticas desmienten”. En síntesis, construcción de subjetividad para que “la gente”, que en el diccionario de Cambiemos es sólo la clase media, confíe en lo que no se nota ni en lo que debería creerse nunca, vistos los antecedentes abrumadores del neoliberalismo puesto a gobernar.

Con el escenario económico dando pruebas de que su rumbo no está plagado de errores sino de decisiones estructurales, y apenas prendiendo velas al retorno de las compras en cuotas, algún impacto favorable de las paritarias, algún otro de obra pública, el medio aguinaldo de mediados de año y poco más, la mirada se ubica insistentemente en el tablero político. Como van quedando –parece– cada vez menos opciones por la ancha avenida del medio, la situación tiende a polarizarse –también parece– entre el vuelco a un modelo u otro, con el pequeño detalle de que la representación colectiva o personalizada de tal antítesis no encuentra referentes. Salvo Cristina, claro está, y la por ahora hermética determinación que tomará sobre si ser o no candidata. Hace unos días, en declaraciones radiofónicas, Axel Kicillof advirtió que lo que se plebiscitará este año es Macri, no Cristina. Sugirió que jugar la candidatura de la ex presidenta es equivocarse, porque sería funcional a los intereses macristas al centrar la discusión electoral en torno de ella. De paso, propuso que la táctica comunicacional frente a las urnas debe ser con estilo de “¿te gustó el aumento tarifario que tuviste? Votalo (a Macri) porque ya te prometió que te va a aumentar más. ¿Te gustó la devaluación? Metele porque ya dijeron que la devaluación viene después de las elecciones”. Estos dichos de Kicillof desataron una tormenta hacia dentro del kirchnerismo, porque hay quienes consideran que Cristina debe candidatearse en agosto sí o sí. La postura del ex ministro es minoritaria en la militancia, hasta donde se cree conocer, pero en cualquier caso revela un atractivo debate interno. ¿Conviene Cristina ya mismo o debe resguardarse para 2019? ¿Y mientras tanto quién? Esta segunda pregunta también obsesiona a la alianza gobernante, porque no tiene candidato alguno que no sea la gobernadora Vidal acompañando de algún modo a los que vayan a rascar del fondo de la olla (siempre que no salga malherida de la confrontación con los docentes, y que más tarde eluda –por esas cosas de la subjetividad masiva– la situación económica general y del conurbano en particular).

Tiempos de incógnitas, entonces, que por el momento son solamente eso. Pero lo que está moviéndose no parece favorable a la derecha que gobierna.
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24.5.16

Editorial de Eduardo Aliverti (21/5/16 - AUDIO)


La felicidad inminente

La semana pasada, con una intensidad nunca vista en los casi cinco meses y medio de gestión, pudieron apreciarse las dos velocidades con que se juzga y percibe al gobierno de Macri. Una es la de los medios de comunicación que le ofician de propagandistas, y el beneplácito del electorado inevitablemente gorila. La otra, todavía con muchos matices y, es aquella que comienza a mostrarse en la calle, en el mundillo político, en las pymes, en las encuestas e, incluso, a través de pistas que son fácilmente detectables en los propios medios oficialistas.
La disconformidad y el enojo venían expresándose mediante manifestaciones específicas; de congregación masiva, pero podría decirse que sectorial. En cronología, el tiempo inmediatamente posterior a la asunción de Macri conllevó esa luna de miel, o expectativas esperanzadoras, que acompaña en sus inicios a todo gobierno elegido por vía democrática. Fue la instancia de mayor cantidad de despidos en el Estado, que el grueso de la sociedad contempló –y, en buena parte, quizá siga viendo– como la patada necesaria contra tanto ñoqui de la “grasa militante”. Los efectos de la devaluación monetaria eran todavía el ajuste necesario, el blanqueo de una mentira fiscal, el sinceramiento de la economía, sin importar que se sumaran a la quita de retenciones al agro provocando una transferencia de ingresos descomunal a favor del capital más concentrado. La impunidad de esos momentos llegó hasta el límite de haber pretendido colar por la ventana a dos jueces de la Corte Suprema, tan republicanistas ellos, mientras gobernaban a puro DNU. Un primer episodio de cierta inflexión fue la marcha del 24 de marzo, a 40 años del golpe. Se trató de la convocatoria más impresionante nucleada para los aniversarios redondos de esa fecha. Sin embargo, cualquier abogado del diablo pudo interpretar que simplemente fue la primera y gran catarsis de los derrotados en las urnas. Algo parecido se le aplicó a la reaparición de Cristina el 13 de abril, cuando debió comparecer ante al juez servilleta que no fue capaz de enfrentarla cara a cara. El 1 de mayo, en cambio, las cosas se asemejaron más a un punto de quiebre porque otra manifestación pública abrumadora congregó a todos los aparatos sindicales (excepción hecha de las huestes de Luis Barrionuevo, a quien –por esas curiosidades periodísticas– sigue adjudicándosele conducir una “central” que apenas agrupa a sus tropas gastronómicas y poquísimos más). La del Día del Trabajador fue una marcha exigida e impulsada desde las bases: nunca hubiera ocurrido de ser por la voluntad de dirigentes como Hugo Moyano, quien sólo accedió al comprobar que le cascoteaban el rancho para después producir, en el acto, un discurso lamentable, aclarándole a Macri que no se protestaba contra él sino por algunas de sus medidas. Otro hito fue, hace pocos días, el andar unificado de la comunidad universitaria, que en la paritaria acaba de torcerle el brazo a ofrecimientos miserables. En esa muchedumbre también se vio el milagro de juntarlos a todos. Chinos, radicales, troscos, kirchneristas, estudiantes sueltos. Pero, se insiste: buscándole el pelo al huevo, pudo creerse que solamente fueron y son reclamos de sector.
El pequeño detalle es que la suma de sectores, muy lejos de ser unidad, por la fuerza de los hechos ya sí parece a una unión de afectados, decepcionados e ideologizados, en ese orden cuantitativo. Y sobre todo, semeja a la eventual potencia de unas gentes que, hayan votado como fuere y por las inclinaciones que sean, sufren el mazazo en sus bolsillos. Al aumento brutal en las tarifas del transporte público, que aqueja en primer término a las franjas más bajas de la pirámide, se agregó el incremento en el precio de la nafta, que cala hondo en la subjetividad de la clase media. Si ese acumulado estaba bajo relativo control comunicacional, gracias a empardarlo con Lázaro Báez, La Rosadita & Cía, la distracción se desgaja porque el boliche de la esquina saltó de dos mil pesos de luz a diez o doce mil; porque la pequeña y mediana empresa que le da trabajo a unas decenas o cientos de laburantes ya no puede afrontar sus gastos de mantenimiento; porque a quien tiene que tomar dos bondis por día, más una inflación al trote que le restringe el consumo de la canasta básica o la salida a tomar una cerveza, no le alcanza con que todo es culpa de Cristina. Los curas de las parroquias avisan que les volvió la gente pidiendo comida. Los rectores de las universidades del conurbano bonaerense cuentan de a miles los pibes que abandonaron, porque no tienen plata para trasladarse, porque en la familia perdieron el trabajo, porque hay que parar la olla agarrando lo que venga. Tomado el termómetro de las terminales de Once, Retiro, Constitución, en el nada más y nada menos que Buenos Aires y su área metropolitana, se pasa a las ocho o nueve de la mañana y se ve que no hay ni de cerca el movimiento de un otrora que fue hasta hace poco. Los tacheros no pueden creer que “la ciudad” parezca vacía en horario pico. Los restoranes ya no se llenan ni de cerca como cuando estaba la yegua, y la aceptación de tarjetas de crédito es cada vez más fluctuante. Y esos medios que venden como trascendente si el Papa la recibe a Hebe o rechaza a Barrientos. Y la Gerencia de la Felicidad y los talleres macristas del Entusiasmo. Y que hasta Massa, a minutos de que Diputados aprobase el proyecto de ley antidespidos kirchnerista, corra por izquierda al macrismo enrostrándole que lo sacado a las pymes se lo dio a las mineras. Macri la vetó porque sus intereses de clase están bien por delante de cualquier costo político. Pero al margen, ¿a quién le importa si esa ley tendría alguna efectividad y cuánto serrucharía que las empresas se animen a dar trabajo, si lo que falta es justamente laburo porque un modelo como éste necesita un magnífico ejército de desocupados dispuestos a aceptar el rebusque que venga?
Nada de todo eso es mera sensación, como dicen los referentes gubernamentales cuando aluden a que no hay despidos masivos. ¿A qué le llaman masivo? Solamente tomando en cuenta abril pasado, de acuerdo con el relevamiento del Centro de Política Argentina (CEPA) que al igual que otros tantos no fue desmentido por ningún órgano ni comunicador oficial u oficioso, hubo 14 mil cesantías y suspensiones. Ya no son empleados estatales. Provienen del sector privado y en especial de las industrias. La cifra remata en que, desde diciembre, se quedaron sin trabajo casi 155 mil personas. Alrededor de un tercio corresponde al sector de la construcción, seguido por los metalúrgicos, las alimenticias, las automotrices, los autopartistas, el neumático y las petroleras. Y conste que el paquete involucra únicamente a los laburantes en blanco. En el sector textil -que siempre es símbolo del trabajo informal- la caída de la actividad se calcula en un 40 por ciento porque, al descenso en el consumo, los amigazos de Cambiemos le adosaron la apertura indiscriminada de las importaciones para que todos seamos felices ya que el dólar quedó liberado. Hablando de informalidad y de yapa, el Momo Venegas, o bien la quintaesencia del capataz aliado la Rural y aledaños, consiguió de Macri otra tanda masiva de despidos en el Registro Nacional de Trabajadores y Empleados Agrarios (Renatea): adiós a regular el trabajo agrario para ponerle barreras a explotación y trata laboral.
Varias encuestas, de las publicadas y de las reservadas, señalan que, por primera vez desde asumida, la administración de Macri registra una mayoría de opiniones negativas. Por otro de esos misterios sociológicos o encuestológicos, su imagen personal conserva índices mayormente positivos y lo mismo ocurriría con la gobernadora Vidal, a quien, sin embargo, también le ocurre que su gestión empieza a ser vista de floja para arriba. Ya hay signos de choques entre ella y su jefe. En cualquier caso, es un síntoma atendible que hasta los encuestadores macristas vean problemas serios o en rumbo de serlo. Y en el aparato de propaganda oficial, con la cadena de medios privados idéntica a aquello de que acusaban al kirchnerismo, se profundizan las rajaduras. Si una cifra impactante de individuos y pymes exige tarifas sociales, si los clubes de barrio ya no resisten porque no tienen cómo pagar la luz, si brotan los conflictos salariales o de poder adquisitivo por todos lados y así sucesivamente, hasta los medios macristas deben exponerlo. De lo contrario, se quedan afuera del piso de credibilidad. Insistir con la herencia recibida y la corrupción K tiene el límite de si hay o habrá alguna medida a favor de los que menos tienen. Y resulta que no hay ninguna. Es más: redoblan la apuesta y el ministro de Trabajo se permite poner en duda al derecho de huelga, tanto como el humorista Aranguren se habilitó decir que si la nafta está cara no hay que usar el auto (para no abundar en los tilingos oficiantes de economistas, invitados a esos programas televisivos en que gritan todos a la vez, que ante el pan a 40 pesos el kilo invitan a dejar de consumirlo). En esta fiesta de la oligarquía diversificada, como apunta Eduardo Basualdo, son únicos invitados los concentradores de producción, comercialización y especulación financiera. Estos últimos con la tasa de retorno en dólares más alta del mundo, mientras la dichosa lluvia de inversiones brilla por su ausencia en un escenario internacional plagado de papelitos que aumentan otra burbuja.
Es entonces que la pregunta pasa, para variar, en los reflejos de reacción que tendrán los ajustados. Algo de eso es lo que empezó a notarse, con epicentro en territorio bonaerense y un alto ninguneo mediático, pero todavía es o parece ser muy fuerte la sensación de que no debe volverse al “populismo”, al control firme del Estado sobre la economía y sobre todo en torno de las herramientas cambiarias. Empero y como ya lo preguntan desde la derecha mediática y sus actores de poder, ¿tendrá Macri la muñeca, los cuadros políticos y el volumen de liderazgo, para sostener que la felicidad es siempre inminente?
Página 12
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26.12.15

Editorial de Eduardo Aliverti (26/12/2015)


"Estamos viendo ya como se pueden contar con los dedos de una mano, ni siquiera de las dos, los espacios donde pueda reflejarse el espíritu, la opinión, la convicción de por lo menos una mitad del electorado que se está quedando afuera de todos los medios" 

(...)

"Quienes intentan describir la realidad de estos años como el funcionamiento de un relato falaz, malintencionado, deberían reflexionar cual es el significado de ese relato en sí mismo, deberían reconocer que la colocación del valor de la solidaridad, eso de que la patria es el otro, en el lugar que naturalmente ocupa el valor del éxito individual, el consumo y la distinción, tiene una importancia extraordinaria" (...)
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19.12.15

Editorial de Eduardo Aliverti (19/12/2015) AUDIO / VIDEO




"Es la misma película (...) Es la vuelta al endeudamiento externo de corto plazo y la recreación de la bicicleta financiera"



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12.12.15

Editorial de Eduardo Aliverti (12/12/2015)

El análisis político de Aliverti inmediatamente posterior al término del mandato de Cristina Kirchner y el comienzo del de Mauricio Macri...
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29.11.15

Es momento de confrontar... (Editorial de Eduardo Aliverti - 28/11/2015)


Siempre es bueno escucharlo a Aliverti... (VIDEO)

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17.9.12

No quiero (Por Eduardo Aliverti)

Unos por poco. Otros, por demasiado. Y una ¿menudencia?, con tanto de hipocresía como de ingenuidad. Esas podrían ser algunas de las definiciones que caben a lo sucedido el jueves a la noche.

El “poco” atañe a quienes, desde el Gobierno y sus alrededores, minimizaron por completo la magnitud de la protesta. Al margen de discusiones bizantinas sobre el número aproximado de manifestantes, fue mucha gente. Mucha. No provino con exclusividad de los barrios acaudalados. No fue sólo en Buenos Aires. Vamos: con ese mismo volumen de muchedumbre, si es del palo decimos que fue imponente. Y también es veraz que el origen estuvo en las redes sociales, porque no podría haber sido de otra forma a partir de que la oposición dirigencial no existe. Este último dato, en gran medida, es lo que llevó a desmerecer la convocatoria porque su proyección sería nula, al carecer de quienes la articulen. Pero eso no significa que deje de prestársele atención. Si es verdad que “siempre volveremos”, como dijo la Presidenta, también lo es que siempre amenaza la existencia de un núcleo de derecha, activo en más o en menos según las épocas, y conformado por factores de poder que se nutren del privilegio propio, junto con la tilinguería que les hace el coro. Eso está y que sea un paquidermo medio dormido, o espontaneísta, no quiere decir que deje de ser un elefante. Tienen recursos, ya lo demostraron en 2008 y, precisamente por no habérselos atendido, se sufrió una derrota que pudo haberse evitado. De esa pérdida se salió fugando para adelante, cuando nadie lo apostaba. Y es eso lo que vuelve a imponerse: a más reacción, más acción. Lo de la re-re es una estrategia equivocada que les proporciona gimnasia aglutinante. Es lo único de que pueden valerse y por eso lo amplifican.

Del “demasiado” no parece que haga falta agregar mucho. Colegas de la oposición llegaron a permitirse la extravagancia insultante de comparar el jueves a la noche con 2001. Más de veinte muertos por la represión, cincuenta por ciento de pobres e indigentes, un país incendiado, fueron entusiastamente asimilados a un montón de miles que salieron a pedir “libertad”. La libertad que estaban ejerciendo sin ningún problema. Se les confirió a los ruidosos la categoría del total de la sociedad, o de un grueso relevante. Quizá baste y sobre con lo que se le escuchó a un salame televisado, en rol de conductor, al momento de la desconcentración. Alertó que debía chequearse cómo andaba el Roca, porque los protestadores tenían que volver al sur del conurbano y esa línea de tren había sufrido inconvenientes durante el día. El tipo se pegó un viaje hasta el 17 de octubre del ’45. Se creyó que andaba viendo las patas en la fuente de Plaza de Mayo, con las masas indignadas cruzando el Riachuelo. Emblematizó la visión de los agentes de prensa que compraron o vendieron estar ante una gesta épica, inolvidable, determinante.

El tercer aspecto se cuela entre esos extremos de los que ningunean lo ocurrido y quienes le otorgan un valor histórico. Se da hace cierto tiempo, estimulado por el discurso de los medios opositores. El cacerolazo lo potenció. Los reaccionarios orgánicos se valen de él porque es una fachada que les permite predicar sus intereses sin retruque probable, al ser un argumento cuyo mentís es de altísima incorrección política. Pero también habrá los preocupados legítimos. Por ejemplo, gente agotada o inquieta frente al hecho de espaciar relaciones, o directamente perder amistades, porque cada vez que salta lo político –y no hay forma de que no salte, por un lado o por otro y más temprano o más tarde– los choques son irreconciliables. Este tercer elemento es eso de la división de los argentinos. De los riesgos de profundizar las diferencias, de fijarnos en lo que separa antes que en lo unificador, de no promover el consenso. Eso de que la confrontación es buscada adrede y no como producto del intercambio de ideas. Eso de que pueblo dividido es sinónimo de sociedad que no avanzará nunca. Eso de que en una democracia no hay enemigos sino adversarios. Pues bien: uno ya está harto de estas boludeces monumentales y cree que es hora de salirles al cruce, porque de lo contrario se asienta un embuste que impide debates serios. ¿Desde cuándo resulta que la política no es conflicto invariable y progresivo, si es que realmente hay pugna ideológica y no una escenografía institucional de cartón? ¿O es tan difícil darse cuenta de que estos sectores afiebrados por la necesidad de diálogo –para concederles candor– son el árbol genealógico de la oligarquía, de las masacres de toda nuestra historia, de las dos toneladas de bombas sobre civiles indefensos en junio del ’55, del genocidio del ’76, del sultán riojano que añoran, de la deuda externa que socializaron, de la propiedad agropecuaria nacida en cada oreja de indio entregada a las huestes de Roca? ¿De qué diálogo y de qué dictadura hablan? ¿Así que el pueblo fue y es su enemigo, pero para el pueblo deben ser sus adversarios democráticos?

Este diario publicó anteayer una columna del sacerdote quilmeño Eduardo de la Serna, coordinador del Grupo de Curas en Opción por los Pobres Argentinos. El texto es de una sencillez y precisión arrolladoras, en esencia sobre los cánticos, consignas y cuestionamientos vertidos el jueves. En su mayoría, aunque lícitos de expresar, eran totalmente individuales. “Quiero salir a la calle sin que me roben”, era el planteo acerca de la “inseguridad” en reemplazo de la seguridad como bienestar social. “Quiero poder viajar”, como si los millones de pobres hubieran podido ir al extranjero sin que nadie levantara la voz a favor de ese derecho. “La multitudinaria ‘marcha del yo’, preocupada por ‘mis’ derechos, se manifestó coherentemente en que cada ‘yo’ tenía su propia consigna; no había un ‘nosotros’, un ‘Pueblo’, salvo en el extraño momento en que se cantó aquello de ‘si éste no es el pueblo...’ (que dicho sea de paso, al igual que respecto de haber coreado que el pueblo unido jamás será vencido: dejen de robar emblemas de izquierda para aplicarlos a que no pueden conseguir dólares) (...) Pocas cosas me parecen tan clásicas de la ‘clase media’ argentina (no es toda) como su ‘amor al yo’, el mismo de Sri Sri, el mismo del ‘yo, argentino’, del ‘no te metás’, del ‘por algo será’, del ‘en algo andaría’. Multitudinarios ‘yoes’ que pareciera que nunca pueden mirar un ‘nosotros’. Hace ya 200 años que estamos habituados a convivir (?) unos y otros, puerto y pueblos, civilización y barbarie, blancos y negros... De Proyectos se trata. Pero mientras unos insinúan siempre el deseo del voto calificado, otros proponen ampliación de derechos aunque los calificados (o clarinificados) no tomen nota. Total, se han copiado siempre.” Puede agregarse que cuando hay muchas consignas termina no habiendo ninguna, como no sea una expresión de malhumor. De odio de clase. Finalmente, de impotencia.

Esta columna termina en primera persona, como es de estilo y pertinente aclarar cuando un periodista –más aún en rol opinativo– se dispone a violar una regla básica de la profesión. Me importa una infinita cantidad de carajos tener el más mínimo grado de consenso con esta gente. Casi desde que el mundo es mundo, el mundo se divide en clases. Y en las más postergadas, por obra de las dominantes de la pirámide y sobre todo en las medias, que son el jamón del sandwich, hay franjas asemejadas que hasta salen a la calle para defender intereses que no les son propios sino de quienes las sojuzgan. Se puede creer que vale convencer a los privilegiados y a sus loritos por vía del “diálogo”, siempre desparejo gracias a los medios de comunicación que pertenecen a la clase de punta. O practicar el “centralismo democrático” de dar la batalla a través de los hechos, tal y como toda la vida hicieron ellos. No quiero saber absolutamente nada de pacificar relaciones con esta gente. No quiero ni diálogo ni consenso con quienes vociferan “yegua, puta y montonera”. No quiero sentarme a soportar, ni por un solo segundo, a los que quieren para Cristina el final de De la Rúa. Me repugna que salgan a manifestar muchos de los que hace poco más de diez años canturreaban que entre piquetes y cacerola la lucha era una sola, porque les habían pasado la cuenta de la fiesta de la rata. No quiero saber nada con esa gente que a la primera de cambio apoyaría el golpe militar del que ya no disponen. Quiero tener con ellos una profunda división. Y concentrarme en de cuál manera se garantizaría mejor que se hundan en el fondo de su historia antropológico-nacional, consistente en que el negro de al lado no porte ni siquiera el derecho de mejorar un poquito.

Quiero a esa gente cada vez más lejos. Y cuanto más los veo, más seguro estoy.



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30.7.12

La sensibilidad gorila (Por Eduardo Aliverti)

Esta es una columna (muy) reiterativa sobre cierto aspecto de los tratamientos periodísticos y su incidencia social. La repetición no se refiere tanto a los hechos puntuales como al tipo de operatoria mediática en que se inscriben. Al autor, aunque sepa o crea entender de qué se trata, no deja de llamarle la atención que maniobras tan elementales continúen siendo un dispositivo enormemente confiable para los medios denominados “hegemónicos”. ¿Tendrán razón esos medios? Puede ser. ¿Será que, en vez de confianza, los guía el carácter de única movida a disposición de sus intereses? Puede ser.

En los últimos días sobresale la reaparición del show de la inseguridad. Debiera suceder que sólo un retrasado mental pueda no darse cuenta de que el subibaja, en torno de ese asunto, responde al grado de ebullición de la temática política propiamente dicha. Mientras el pico de interés lo atravesaba el enfrentamiento oficial con Scioli y la expectativa frente al poder de fuego de Moyano, y un poco antes por las restricciones del acceso al dólar, fue virtualmente imposible encontrar en los grandes medios de la oposición referencias a episodios delictuales. “Sube” la política y la violencia urbana desaparece ipso facto de diarios, sumarios, boletines, flashes informativos. Es más: cuando sube la política –significando tal cosa que el Gobierno podría estar apremiado por adversarios físicos o factores económicos temporales– hasta se esfuma la recurrencia de machacar con la multiplicidad de piquetes. Es irrefutable que hay una vía estipulada para inducir al (buen o mal) humor popular. Y es más tarde cuando aparece el debate de si eso quiere decir que se pauta cómo piensa la gente o sólo de qué tiene que hablar. Una amplia encuesta nacional de circulación reservada, efectuada a mediados de este mes, señala que inflación, pobreza-miseria y salarios bajos son resaltados, como factor de preocupación, por casi el 50 por ciento de los argentinos. Sin embargo, la “economía” –esto es, la confianza final en cómo o quiénes conducen, sea por convicción o por default de las alternativas– es mencionada, con rango de inquietud, en menos del 8 por ciento de los consultados en todo el país. La ecuación permite trazar una analogía con la turbación por la inseguridad, y así también lo explica la muestra: con una oposición político-profesional inmóvil, quedan expuestos más fuertemente los conflictos internos del kirchnerismo/peronismo. Dicho en otras palabras y simplísimo concepto, se habla nada más que del oficialismo porque el resto no existe. Los medios opositores reman contra esa corriente, con artimañas que son igualmente lamentables y que alcanzan su cúspide en la protección al procesado Mauricio Macri.

El jefe de Gobierno capitalino es un portento de inutilidad, como pocas veces se ha visto. El colega Luis Bruschtein lo estampó con precisión en su columna de este diario, hace un par de sábados. “Un político como Fernando de la Rúa hacía la plancha, se dejaba llevar por el plano inclinado, pero tenía buena prensa que le hacía fama de buen administrador. No hacía casi nada mientras la situación de los que tenían menos era cada vez peor. A De la Rúa le hicieron fama durante su desempeño en la Ciudad de Buenos Aires. Esa aureola de buen administrador le sirvió de plataforma para llegar a la Presidencia y, ya en ella, se dejó llevar por ese plano inclinado, como lo había hecho antes. Siempre fue el mismo, tanto el de la supuesta eficiencia en el gobierno porteño como el que después no encontraba la puerta para salir del estudio de Tinelli. El mismo que no pudo encontrar la puerta para salir de la crisis.” Macri está en eso, aunque los medios de comunicación que le son adictos, bien antes por necesidad de apostar a lo que sea, contra los K, que por la seducción ejercida por un vago, se empeñen en lo contrario. Rechaza hacerse cargo de los subtes si Nación no se los da con todas las refacciones concluidas. Rechaza pagar la cuenta de la luz porque la quiere con subsidio. Rechaza hacerse cargo de la basura que le manda al conurbano. Lindo liberal, Macri. Con esa estela de que papá me pague todo, para que yo después administre.

Se supone que –a la hora, entre otras, de elegir cargos ejecutivos– la gente, o mucha gente, hace cuentas más totales que parciales. De hecho, Cristina, o este modelo, o esta forma de ejercer el poder a contramano de las recetas neoliberales, vienen de sacar más del 55 por ciento de los votos. Antes de que eso ocurriera, y antes de que en las primarias de hace apenas un año conquistara un porcentaje menor, las operaciones y manipulaciones de prensa en contra del Gobierno eran tanto o más furibundas que en el presente. Muchas, precisamente, se basaron en ese drama de la “inseguridad” que la prensa hace aparecer y extinguir, de sus grandes letreros, como si durante un período pudiéramos ser México, al siguiente Suiza, después algún bajo fondo del Este europeo y al rato Noruega. Otros manejos, a falta de candidato opositor destacado en quien depositar la dirección del efectismo, trabajaron –igual que ahora– lo que podría definirse como torsión de desgaste por el desgaste mismo. Es decir, perforemos y después veamos con qué y quiénes se sigue, mientras lo que siga no sea la yegua, sus montoneros reciclados y, sobre todo, la corrupción gubernamental. Esto, la corrupción, es particularmente interesante de abordar como capital simbólico de la oposición mediática y de la sensibilidad gorila. Si la cuestión pasa por lo concreto del perjuicio a los bolsillos pudientes y clasemedieros, no hay avería alguna. Durante el kirchnerismo los ricos son, por lo menos, tan igual de ricos como en cualquier parámetro epocal que quiera tomarse. Los bolsones de clase media que expresan el sentimiento más antiperonista, históricamente, tampoco pueden quejarse de su andar económico. ¿Qué es, entonces, lo que tanto los agobia? ¿De dónde procede semejante furia? Esos sectores, que fueron culo y calzón con los milicos, con el menemato, con la tablita cambiaria, con el uno a uno; esos especímenes a los que nunca les va mal, “salvo” si pierden de ganar demasiado o cuando quedan encerrados en corralones y corralitos que son el producto de las fiestas promovidas o aceptadas por ellos, ¿de qué corrupción se indignan? Así fuera que el kirchnerismo deja muchos flancos sospechosos en el mando de los fondos públicos, ¿con cuál autoridad moral vienen a escandalizarse? Debe decirse, ya para cansarse, que la cólera de esos tilingos se debe mucho más a la amenaza percibida, en torno de sus fortunas patéticas, que a las acechanzas reales. No debería poder creerse que procesistas, menemistas, macristas y habitantes por el estilo del zoológico de la salvación individual vengan a gemir por el autoritarismo de Guillermo Moreno, las dudas sobre Boudou-Ciccone o el uso de la plata de los jubilados para hacer caja distributiva. Los gangsters ideológicos y operativos del curro monumental de las AFJP llaman a conmoverse por el uso de los fondos previsionales. Los apropiadores de Papel Prensa se plantan en atalayas moralistas. Los traficantes corporativos, que se valieron de las prebendas del Estado para concretar negocios descomunales, acusan al Gobierno de practicar capitalismo de amigotes. Quienes compran ese discurso de los pretendientes a periodismo franciscano, ¿se lo creen? El firmante piensa que sí. No está seguro de que en el fondo de los fondos no se dejen lugar para dudas; pero sí que, en caso de habérseles suscitado alguna, la apartan y subsumen en convencerse de que están verdaderamente jodidos. El síndrome de vanidad podría ser una explicación. Sectores medios, imbuidos de odio de clase y temor por la pérdida de sus privilegios, se construyen una amenaza que la prensa retroalimenta. En consecuencia, y según lo demuestra, entre tantos signos, la pavura por el control cambiario entre quienes se relacionan con el dólar a partir de espectáculos ajenos (para no hablar directamente de los que no vieron un dólar en toda su vida), hay una obra de ficción en la que se regodean sus fantasmas.

La política y las relaciones sociales se desarrollan con hechos específicos. Pero también con imaginaciones.

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22.5.12

Otro tipo de preguntas (Por Eduardo Aliverti)

Qué atractiva semana, como tantas otras, para confundirse entre lo presuntamente urgente y lo importante.

La infinita y comprensible bronca citadina por el paro de subtes, los Schoklender presos, Macri llegando al juicio oral por espionaje, los algunos o muchos que no pueden comprar dólares. Se sumó, para indignación del señoragordismo y al menos según las pretensiones mediáticas de la ultraoposición (pero sin que deba negarse el impacto), la payasada de repartir medias entre chicos africanos con la inscripción “Clarín Miente”. Jugada patética, porque no se entiende para qué le regalan esas actitudes adolescentadas a las fieras de la contra. Contestar, cirqueramente, al circo que se vio el domingo anterior por televisión abierta, pone en igual altura a los unos y los otros. No se niega que las chicanas son necesarias para hacer política, pero en algún momento es igual de necesario dejarlas con exclusividad en manos del adversario; al que, como se sabe, no hay que llamar “enemigo” porque suena violento. Digresiones aparte, ¿cuál de los temas mediáticos en los últimos días merece ser incluido en una lista de asuntos primordiales, para las necesidades e intereses de las mayorías? Desde ya que el paro en el subte. Pero la cuestión que más pintó para eso -y volverá a pintar- es el enésimo choque del kirchernismo con Scioli, porque en eso se juega si una salida a derecha de este modelo puede engendrarse dentro del mismo kirchnerismo. La propia derecha descartó seguir con eso para dedicarse a si una ex novia de Boudou le gestó pasajes al hermano del vicepresidente en viajes pagados por Ciccone, y a los vericuetos de una justicia federal amainada que en tiempos de la rata les importó un pito. Y a lo imperioso de que Cristina dé conferencias de prensa, para que por vía de los cruzados impecables nos enteremos de todo los que nos oculta “el régimen”. Si es por noticias podrían haberse centrado en que el amigo Pedro Blaquier, presidente del Ingenio Ledesma, no se presentó a declarar en la causa de la Noche del Apagón, el 27 de julio de 1976, cuando las camionetas de su empresa sirvieron al objetivo de chupar 400 trabajadores. Blaquier, que se fue del país hace un mes, no se presentó a declarar por razones de salud. Los cruzados no escogen preguntar acerca de eso.

Si es profundidades antes que superficies y como para sumar a Paul Krugman, premio Nobel de Economía, que para desgracia de los cantos de sirena de nuestra derecha arremete cada vez más con el ejemplo de lo bien que hizo las cosas el gobierno argentino, tómese nota del artículo de Mark Weisbrot publicado en el diario inglés The Guardian. Miembro del Centro de Economía e Investigación Política, se refiere a uno de los grandes mitos sobre la economía argentina: que su crecimiento rápido, durante la década pasada, se debió al auge de las exportaciones de materias primas. Weisbrot, previo a refutar esa tontería, recuerda que no vio a ningún economista afirmar que ese crecimiento extraordinario del país fue generado por la soja o los commodities en general. Una apreciación nada menor porque, en cada oportunidad que los sesudos dirigentes y periodistas de la oposición aprovechan para hablar de que crecemos por descansar en un paraíso de soja, pareciera que representan al pensamiento del establishment analítico mundial. Más luego, Weisbrot tira un dato casi tan público como relevante. Sólo un 12 por ciento del crecimiento real de la riqueza argentina se debió a exportaciones. Y encima, sólo una fracción de ese porcentaje se relaciona con exportar materias primas. Soja incluida. Es el mismo articulista quien cita a Krugman, para descubrir cómo es posible que se mienta tanto a la hora de explicar nuestro crecimiento: los comentarios sobre la Argentina tienen un tono más que negativo; somos un país irresponsable, estamos renacionalizando las industrias y tenemos un discurso populista, de modo que nos debe ir muy mal sin importar lo que los estudios indiquen. Weisbrot retoma que usar el mito del boom de los commodities, verbigracia por cómo Argentina necesita del “campo”, es la manera de los detractores del país para atribuir su crecimiento a la pura casualidad. Para seguro
horror de los chantas y operadores que todo el tiempo machacan con nuestro aislamiento del mundo, subraya que la expansión económica argentina es producto del consumo interno, la inversión doméstica, el impago de la deuda y la devaluación de la moneda, que dejaron libre al Gobierno para cambiar sus políticas macroeconómicas. El remate de la nota del economista norteamericano, cuyas opiniones son publicadas no precisamente en los ejes del mal sino en los diarios más importantes de Estados Unidos, es, también, tan previsible e irrefutable como no asimilado por las viudas del neoliberalismo. “Se les dice a los habitantes de Grecia, España, Portugal, Irlanda, y otros países, que se tienen que tragar (…) medicina amarga; y que no hay alternativa al sufrimiento prolongado, ni al alto desempleo (…) Sin embargo, la experiencia argentina indica que esto no es verdad. Sin duda, hay alternativas mejores. Y no tienen que ver con la soja ni (con) los booms de exportaciones (…)”.

¿Cómo no relacionar una estructuralidad de este tamaño con el hecho de que hay dificultades, y enconos gauchócratas, para corregir lo obsceno de un impuesto agroinmobiliario por el que los campestres tributan unos miles de pesos, por año, por tierras que valen millones de dólares? ¿Cómo no conectar eso con que nos hablan de rojos fiscales, desfinanciamientos provinciales, cepos contra la compra de dólares, mientras el garcaje que la levanta en pala sigue diciendo, como toda la vida salvo en dictadura, que lo ahogan impositivamente y no lo dejan producir? Uno supone que, si de algo sirvió y sirve esta intentona kirchnerista a fin de equiparar un poco el reparto de la torta, debería ser para que, por lo menos, haya disminuido la cantidad de colgados de una palmera capaces de creer que la razón la tiene el de más guita.

Si no se creyera en eso, debería concluirse en que terminarán ganando los periodistas corporativos que tienen ganas de preguntar lo que después no preguntan nunca. Y los que nos desayunan con que el país se viene inevitablemente abajo. Y los que aceptan hacerse los graciosos rifando su prestigio, a cambio de parecer críticos independientes. Y los gurús que supieron pronosticar al dólar a diez pesos, y los tarados que se lo creyeron. Y los que juegan a investigadores. Y los que ubican en el centro del universo las sospechas de corrupción que nunca hacen recaer en los empresarios que les pagan. Y los comentaristas radiofónicos de los diarios. Y el tipo que dice que no le corresponde administrar al subte cuando no hay más subtes que los que pasan por el ejido que admnistra. Y los tilingos que atacan con que a los propagandistas oficiales los pagamos todos los ciudadanos, como si no fuéramos igualmente todos los que pagamos los sobres, en blanco o en negro, que cobran los moralistas impolutos. Esa gente, la que cobra y la que les hace el coro desde la pretensión de “independencia” dirigencial-periodística, ¿tiene claro que el precio de cada producto que compramos y consumimos los “ciudadanos”, cada yogur que nos aligera el intestino, cada auto, cada champú, cada banco privado que nos promete a crédito el reino de los cielos, cada paquete de yerba, cada panacea de siembra directa, cada lubricante peneano o vaginal, cada maquinaria agrícola que producirá rindes estratosféricos, tienen cargado el costo de publicidad con que después los medios le pagan a los periodistas independientes que nos dicen que son vírgenes?

¿Usted quiere que la alternativa a lo que representa la yegua sea lo que esa gente representa?


Fuente: MARCA DE RADIO
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26.4.12

Y Péguele Fuerte... (Por Eduardo Aliverti)

No hay nada más imperioso, en momentos como éstos, que desmalezar la información circulante. Algunos colegas, sobre todo de este diario, vienen haciéndolo con rigor. Es tal el tráfico de intereses –y en consecuencia la cantidad de falsedades– que cabe insistir. El orden siguiente es aleatorio, tanto como el modo en que los sectores de derecha más concentrados revelan su desconsuelo. Para peor de esos grupos, el conjunto de la oposición apoya la medida. Hasta Macri tuvo que pegarle una vuelta a su virulenta crítica inicial desde la cuna de Antonia. Según les pinte, los medios militantes del antioficialismo ubican a uno u otro ítem como la amenaza grandilocuente. Suben y bajan. Parecen ascensor.  

- España hará tronar el escarmiento. El disparate más grande de todos. Las exportaciones españolas a la Argentina están en alrededor de mil millones de euros, pero las importaciones desde aquí son por el doble. Hay más de una docena de grandes empresas españolas que operan en la Argentina en rubros como banca, construcción, energía, hotelería, comunicación. Según el Ibex 35, índice de la Bolsa de Madrid, las compañías de la península se llevan más de 26 mil millones de dólares por ingresos generados en la Argentina. Solamente Telefónica obtuvo el año pasado un volumen de negocios superior a los cuatro mil millones de dólares. Santander Río, BBVA Banco Francés, Mapfre, DHL, Endesa, Cirsa, Santillana, NH Hoteles, Codorniú, Prosegur, y una lista que se completa con más de 400 empresas ibéricas operantes en la Argentina, dan cuenta de que España es hoy el primer inversor extranjero en nuestro país. A esa España que en cierto pero no menor sentido se cae a pedazos o, si se prefiere, al gobierno que la administra con el ajuste más salvaje de –por lo menos– su decurso post-franquista, no le dan los números siquiera para alzar la voz. Lo dijo, entre otros muchos ignorados por los medios españoles y sus aliados criollos, el cooperativista español Gabriel Trenzado: España tiene mucho más para perder que para ganar en un enfrentamiento con la Argentina.

 - También Europa podría vengarse. Es un aspecto que, si acaso pudiera ser posible, supera a la tontería del revanchismo meramente español. Así como, después de Brasil, Europa es el segundo destino de las exportaciones argentinas, la Unión Europea es el segundo inversor en la Argentina. Justo cuando la crisis de los europeos y sus empresas les hacen mirar con mayor cariño que nunca lo que puedan exprimir aquí y en el resto de América, para conformar a sus accionistas mientras descargan en las clases populares el costo del ajuste, Europa estaría en condiciones de demostrar lo larga que es su capacidad de intimidar. Muy gracioso.  

- La presión de Repsol por el monto indemnizatorio hará que acuda a todos los juzgados internacionales y la Argentina agregará porotos a su aislamiento del mundo. Reíte de Janeiro. La petrolera estatal venezolana y la Exxon estadounidense ya llevan cuatro años negociando el precio por las expropiaciones de Hugo Chávez. El dato es público. Tiene el plus de haber sido destacado, a entrada de columna a página 9, el jueves pasado, por uno de los periodistas serios que le quedan a Clarín, Daniel Fernández Canedo. Siempre se escapa algo.

 - Cuidado con el Ciadi, a donde podría recurrir el Estado español. El Ciadi es el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones. Una entidad y sigla más adecuadas a alguna ocurrencia de Groucho Marx que a un organismo altamente influyente. Depende del Banco Mundial, otro invento de los países ricos para distribuir migajas a cambio de planes de ajuste. De manera que su sentido es proteger a los grandes emporios radicados en las naciones en vías de desarrollo. Brasil no entró a ese engendro, como elemento informativo considerable si se estimara menor que huyeron de él Bolivia, Ecuador y Venezuela. Y si tampoco alcanzase eso para mensurar su nula o escasa influencia, tómese nota de que ninguno de sus temibles dictámenes perjudicó a país alguno. Si a Repsol se le ocurriese ir al Ciadi y de acuerdo con los antecedentes comprobados, se calcula que, entre el tiempo que llevará pasar por los tribunales argentinos y las apelaciones españolas, andaríamos más o menos por 2020.  

- Se afecta la seguridad jurídica de una empresa española, con todo lo que ello podría significar no sólo en términos de intercambio comercial sino también de relaciones institucionales, perjuicio para los españoles de a pie y, ergo, para la amistad entre los pueblos. Repsol es una multinacional, no una empresa española. Y respecto de las necesidades de la inmensa mayoría de los ibéricos, la voracidad y ganancias de la empresa tienen que ver con el pueblo español lo mismo que el culo con la llovizna. Leamos lo escrito por el colega Oriol Malló Vilaplana, en el sitio Público.es: “La llamada reconquista económica española de América latina, iniciada en 1991 con la privatización de grandes empresas públicas argentinas, supuso la irrupción de un nuevo grupo de poder en dicho territorio. Gracias a la cooptación, la corrupción y la seducción, el cartel español ha monopolizado mercados de obras públicas, agua, energía, turismo, medios y telecomunicaciones. La nueva elite neoliberal, formada al calor de Salinas de Gortari, Menem o Fujimori, tomó como bandera la democracia oligárquica española y su milagro económico, hoy en ruinas, mientras Felipe González piloteaba este proyecto de desembarco imperial bajo cobertura política y financiera de los Estados Unidos. Así emergieron, en los ’90, las poderosas redes de la hispanidad que son, hoy, el principal ariete contra el cambio y la soberanía de las Américas (...) El apoyo larvado al golpe de Estado empresarial contra Hugo Chávez en 2002, o la intervención directa en las elecciones mexicanas de 2006 para evitar el triunfo del candidato de centroizquierda Manuel López Obrador (demuestran que) el cartel español construye y reconstruye la historia jamás contada de los nuevos conquistadores, sus aliados locales y los verdaderos amos de la pinza Madrid-Miami”. En el mismo sitio, bajo título de “Por qué España agachará la cabeza con YPF”, David Bollero explica que “España por sí sola no podrá hacer nada. No tiene el peso internacional para hacer ello. Estamos hartos de comprobarlo y esta cuestión no será distinta. Por eso el gobierno busca desesperadamente apoyos externos, habiendo encontrado únicamente el de México. El resto son ambigüedades, puesto que la misma Unión Europea ya habla de conflicto bilateral y la Comisión Europea ha reconocido que ‘la UE no tiene actualmente ningún instrumento legal que invocar a este respecto frente a la Argentina’. Tan sólo podría ejercer presión, pero al borde del colapso del euro. ¿Le conviene? O, sencillamente, ¿se atreverá?”. Y termina: “Tras la actitud de gallito peleón, España terminará por agachar la cabeza en el asunto de YPF. Y, siendo honestos, es lo que nos toca. Queríamos capitalismo y nos han dado dos tazas. Nadie es rico si no es a costa de otro. Es una máxima que igual sirve para el ámbito doméstico como empresarial, o de relaciones internacionales. Y cuando las tornas se dan vuelta, escuece; pero hay que apechugar porque es el estadio original que nos corresponde. Todo lo demás, artificio”.

A esta altura de la nota, viene quedando afuera –sólo por ejemplo– observar o refutar que los Kirchner fueron noventísticamente decisivos para aprobar la privatización de YPF, o bien que se engulleron remarcar a su tiempo lo que ahora denuncian. ¿Es que siempre es tarde para hacer las cosas? ¿Es que siempre importa más de dónde se viene que hacia dónde se va, o que si es por eso jamás sería posible acometer una acción de gobierno sin que sea condenada? También queda afuera un Axel Kicillof que según los medios de la ultraoposición pareció estar más en una asamblea universitaria que frente a una comisión senatorial, como si nos hubiera ido mejor con los modositos que a lo largo de la historia respetaron la oratoria circunspecta. Y como si, al margen de apreciaciones retóricas, no hubiera tenido un desempeño que dejó sin argumentos a los interpelantes. Más todavía: queda afuera si se podrá demostrar que, además del acto épico de haber recuperado la más estratégica de las empresas, además de haberse animado a lo que ya no se soñaba ni con largas líneas de fiebre, sabrán sacar el petróleo y alterar el paradigma energético. Queda afuera de dónde saldrá la plata y qué intereses afectarán para que salga.

Puede, en principio, quedar afuera el desarrollo de todo eso; o remitirlo a algunas pocas oraciones como las precedentes. Pero ocurre que primero es imprescindible desmontar las pelotudeces, tilingas o corporativas, de que se vale el enemigo para asustar a la gente. Fuente: Pagina 12
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2.4.12

Los goles con la mano (Por Eduardo Aliverti)


Hablemos de ensaladas mediáticas. En rigor, una figura así conlleva la acepción de mescolanza. Hay de eso, pero después rige el sabor de un solo ingrediente.

El tratamiento de prensa, la última semana, acerca de la oferta gubernamental sobre subtes y colectivos junto con el nuevo rechazo de Macri merece uno de los sitiales destacados. No es novedad la protección periodística de que goza el jefe de Gobierno porteño, por parte de los órganos ya no tan hegemónicos. Igualmente, se sabe que no debe perderse la capacidad de asombro. Se intentó atribuir a consabidas manifestaciones piqueteras el aquelarre que fue la circulación de tránsito por el centro de Buenos Aires (tema de interés para los 40 millones de argentinos, según parece). Lo cierto es que el auténtico piquete consistió en los preparativos finales de una carrera automovilística, promovida por el gobierno macrista. La Nación tuvo, al menos, el recato de editorializar si los funcionarios de la ciudad autónoma se volvieron locos de remate, bien que sin caerle directo a la casi única figura imaginada para salir por la derecha cuando se pueda. Tampoco es novedoso que el periodismo militante de la oposición obvie, sistemáticamente, el estadio procesal de Macri. Pero hay que dejarse el espacio para la indignación, si no la sorpresa, cuando se lee cómo se las gastaron en el trato dado por la Legislatura al intento macrista de recibir el subte únicamente con obras y subsidios. El oficialismo porteño terminó apoyando dos pronunciamientos testimoniales de las huestes de Solanas. Uno adhiere al traspaso con recursos. Y el otro expresa ver “con agrado” que el Gobierno de la Ciudad retorne la tarifa del subte a la de antes del tarifazo de... Macri. Muy poco antes de eso, exactamente al revés de lo festejado por la/su bancada macrista, la vicejefa María Eugenia Vidal había dicho que retrotraer el costo del boleto es una decisión que le corresponde al gobierno nacional, y nunca al porteño. Una comedia imperdible, desopilante, que lejos de ser presentada como tal fue ofertada disimuladamente, no sea cosa de perjudicar a las tropas de Mauricio. Con iguales pretensiones, la propuesta presidencial de compartir con la Ciudad el subsidio a los colectivos, durante un año, obtuvo de título que Cristina deja a los colectivos sin subsidio. Y por ruta similar, o idéntica, de los funcionarios y legisladores nacionales que refirieron la honestidad de Boudou, se privilegió la cita de que las manos en el fuego no deben ser puestas a favor de nadie. En torno de esa máxima, se volvió a ensalzar las enseñanzas de Kirchner. Resulta que, para el periodismo independiente, el tipo a quien intentaron pulverizar porque era un desencajado, un desquicio anímico, un rencoroso generacional, un travestido ideológico, es ahora la quintaesencia del político que sabía negociar, el moderado, el custodio de no llevar los conflictos hasta las últimas consecuencias. Qué falta que hace Kirchner, se lee y escucha en las bocas de lobo de las usinas periodísticas del bando opositor. Cuánto que se lo necesitaría hoy para trazarle límites a la yegua que, post mortem, lo corre por izquierda. No tienen vergüenza. En la entrada de la columna de Eduardo van der Kooy, ayer, se traza la imagen de un Boudou abatido, en su despacho del Senado, repitiendo que “Cristina sabía todo. No sé por qué me han tirado los perros así” (“¿me han?”). Según el editorialista, sólo escucharon al vice algunos amigos suyos que no se pusieron de acuerdo, únicamente, en si se largó a llorar o apenas se tomó la cara (detalle sustantivo, como se comprenderá). En concreto, desde la intimidad de Boudou le contaron a Van der Kooy, con pelos y señales, una escena que muestra al vice completamente quebrado. Si algo ni siquiera es verosímil, no vale la pena detenerse en si acaso podría ser verdad.

Los controles oficiales en la importación de libros también dieron lugar a una manipulación sublime. El jueves pasado, en Clarín, el título principal de portada daba cuenta de un bloqueo aduanero total a los textos impresos en el extranjero. Pero el desarrollo de la noticia fue remitido con exclusividad a la página 39, en cuya nota no hay una sola mención de fuente propia con nombre y apellido excepto por dos que al cabo mueven a risa porque, justamente, contradicen el sentido que el diario da a la información. El presidente de la Cámara Argentina de Publicaciones, Héctor Di Marco, afirma que tomarán contacto con las autoridades porque “por ahora, sólo tenemos suposiciones” (sobre la medida de la Aduana). Sin embargo, según el mismo directivo y siempre en la misma nota, el supuesto es que, simplemente, se trataba de “verificar todos los contenidos de los containers, para ver si se ajustan a las declaraciones”. La mención nominada restante corresponde a Isaac Rubinzal, presidente de la Cámara Argentina del Libro, quien no sólo ya había negado que hubiera libros interdictos sino que, respecto de las entregas, sostiene que “no es un volumen significativo, son monedas”. Lo demás es “cuenta un editor”; “cuentan”; “explican los editores”; “decía” el director de la filial argentina de una editorial multinacional; “un” editor “se burló” de que sólo quieran controlar la tinta con plomo; “confiaban” desde una editorial. El mismo jueves, en Página/12, el artículo de Javier Lewkowicz abundaba en fuentes abiertas allí donde Clarín consigue solamente off the record. Que un diario tenga simpatía con el oficialismo y el otro esté en guerra declarada no guarda relación alguna con la calidad profesional respecto de las fuentes empleadas y el uso de potenciales. Para la nota de Lewkowicz opinaron sin problemas desde el Grupo Santillana, más Carlos Artigas, gerente de importaciones de Editorial Atlántida, y Juan Carlos Manoukian, director de Ediciones Circus. Todos –incluyendo a Di Marco y Rubinzal, nada menos que los responsables máximos de las dos cámaras representantes de los editores del país– coincidieron en descartar, con aportes numéricos y conceptuales, el tremendismo que Clarín, y otros medios y periodistas, imprimieron a un hecho por el cual quiso esparcirse algo así como que la Argentina se queda intelectualmente aislada del mundo. ¿Tanto les hace falta inventar o manipular de esta manera? Tomar noticias a partir del procedimiento mediático que sufren no debería ser un ejercicio habitual. Pero continúa siendo imprescindible, porque es a partir de allí como se entienden mejor las noticias propiamente dichas.

Como suele decirse, y ya supimos apuntar en esta columna, a propósito de una de las formas en que cabe medir la diferencia de categoría periodística entre un profesional y un aficionado, los goles se pueden meter con el pie, la cabeza, el pecho, la espalda, el culo. Pero nunca con las manos. Y lo que está ocurriendo en el periodismo argentino, ante todo por la realidad indesmentible de que algunas corporaciones de prensa y aledaños ocupan el sitio de la oposición partidaria, parlamentaria, institucional, es que aumentan los ilícitos. No digamos legitimidad: podríamos hacerlo si cada quien reconociera abiertamente el lugar desde donde dice, informa, juzga, titula, entona, gesticula. No es el caso. El periodismo al que se denuesta como “militante”, si es por eso, acaba por ser infinitamente más auténtico que el salvajismo de la oposición periodística autoinvestida con su lucha por la libertad de prensa. Que vaya si la tienen. Y de profesionalismo, que vaya si les falta. De por sí, vender como existente la objetividad es una estafa. Si además pretende revestírsela de independencia analítica en medio de una guerra de intereses como se vio pocas veces o ninguna, estamos frente a un fraude escandaloso.

Que se haga cargo cada quien dispuesto a aceptarlo, en su lectura de la realidad.

Fuente: Pagina 12
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2.1.12

Un cierre con dos lecturas (Por Eduardo Aliverti)

La enfermedad de Cristina le pone al cierre del año una angustia que contrasta con el panorama socialmente apacible, e intelectualmente muy atractivo, observado en diciembre.

Cuatro factores contribuyen, sin embargo, para que esta zozobra tenga dimensiones menores respecto de lo esperable y sucedido en otros casos. Por empezar, y como lo reconoció en forma unánime la prensa opositora, la información oficial fue clara, precisa, contundente. No se jugó al misterio. No se dejó espacio para especulaciones jodidas. Fue la propia jefa de Estado quien desdramatizó el cuadro en su primera aparición pública tras la noticia, hasta el punto de permitirse bromear consigo misma y con el vicepresidente. Hay un pronóstico de curación que los especialistas, sin excepciones, califican como altamente favorable. Y por último, o ante todo, rige la confianza que despierta esa fortaleza ya demostrada de esta mujer excepcional. Así, a secas, cualquiera fuere la valoración política que su figura despierte; incluyendo el odio, porque no se odia a un mediocre. Estas características del episodio y de la persona afectada no deben minimizar lo inquietante de la situación, pero sí habilitan a que se pueda y deba proseguir con el análisis político general. O en otras palabras, no es que no pase nada. Es que la claridad informativa, la ciencia y las
particularidades de Cristina compelen a que se siga el ejemplo, en vez de sumirse en una depresión inconducente.

El año que se va termina políticamente como empezó. Es un dato en extremo significativo, porque en medio de esa realidad -vista a escala nacional- pareció haber otra. Desde los primeros comicios, catamarqueños, y luego en los sucesivos provinciales, hubo la demostración de que el favoritismo por lo K sería concluyente.
Contra toda la prédica del grupo periodístico otrora hegemónico, esa evidencia se veía venir. Pero la cortó el triunfo de Macri y la extraordinaria elección del semialfabetizado líder de Los Midachi. Las huestes de Magnetto & Cía se refregaron manos y sentimiento de venganza. Hablaron de “hundimiento” del kirchnerismo; de fin de ciclo; de todo aquello que ya los había hecho sentir invulnerables durante el conflicto con la gauchocracia. Estaban en eso cuando llegaron las primarias, para desayunarse con sapos y culebras. Lo que pensaban obvio se desnudó como fantasía, aunque el suscripto insiste con su teoría de que la meta jamás fue ganar. Quisieron condicionar, que por cierto es una variante de triunfo pero no implica poder directo. Se les cayó todo, comenzando por que, sin el esposo, Cristina quedaría en deriva anímica y política,
obligada a negociar. Nunca supusieron que algún impresentable de la oposición ocuparía lugar expectante. Sabían que Duhalde es hace tiempo un cadáver político, el sanluiseño una extravagancia chistosa y Carrió una pérdida del sano juicio. De últimas, pusieron piezas simiescas en Binner pero no más que para amortiguar. Las fichas se empujaron entre sí y los mismísimos sectores del establishment -salvo  Clarínadmitieron que es Cristina o un abismo de control complicado. A más, y según se corresponde con la historia, los peronistas díscolos fueron alineándose con la jefatura irrebatible surgida de las urnas. Acaban el año tunéandolo a Moyano en contra del Ejecutivo, justo cuando la CGT no corta ni pincha salvo para bravatas cuyo resultado no es otro que el aumento de la popularidad presidencial. Las tribus de la clase dominante se prosternan ante la certidumbre de que no hay mejor conducción capitalista que la vigente. Las atemoriza, naturalmente, a dónde podría irse a parar con esto del relato rebelde, la renacida politización de franjas juveniles, el devalúo de los referentes mafiosos con quienes pudieron negociar toda la vida. Tienen cosquillas intensas pero no pueden hacer mucho porque, encima, los vientos regionales también les operan en contra. Así ocurriera que las tempestades de la crisis financiera mundial afecten a la Argentina todavía básicamente agroexportadora, la capacidad de amistad popular y movilización entronizadas en el kirchnerismo, o como desee denominarse a este modelo o proyecto, lleva varios cuerpos de ventaja sobre el chirle dinamismo de la derecha.

Ese diagnóstico -que comparten casi todos los referentes políticos, empresariales, sociales, culturales- facultó que en la despedida de 2011 haya pensamiento crítico, potenciado, desde el propio palo K. Carta Abierta, sin ir más lejos, reconoce que Moyano no es el enemigo y que sus reivindicaciones, aristocracia obrera aparte, son lo mínimo que debe esperarse del aliado corporativo-sindical de un gobierno populista (en
el mejor sentido de la expresión). Los reaccionarios de siempre están como bola sin manija, tomándose de alguna grieta dejada por intelectuales como Feinmann El Bueno; o de las imágenes prácticamente eternas de una provincia como Santa Cruz, a la que se le dio por hacer confluir un gobernador inepto y unas conducciones gremiales arrebatadas.

Vamos a terminar en primera persona del singular y con una analogía que a quien habla le llevó un rato de decisión, por temor -no del todo despejado- a que pudiese considerársela de gusto dudoso. Pero, al cabo, primó que no tiene por qué haber dudas sobre mi buena leche. Entre los tantos médicos escuchados en estas horas, registré -término más, término menos- la siguiente frase: “Si uno supiera que le tocará tener cáncer, y pudiera elegir, debería elegir el que le tocó a Cristina, porque está a la cabeza de los curables”. Entonces pensé en la sinonimia entre esa aseveración profesional y lo que llamaríamos un orden aproximadamente justiciero de las cosas políticas, en función de los merecimientos personales. O sea, y por más que suene a berretada mística: si a Cristina le tocó otra prueba grave, pero siendo que no tan grave como para tumbarla,
debe ser porque se merece más oportunidades de seguir haciendo lo que hace bien. Debe ser porque, vamos Nietzche todavía, lo que no destruye fortalece. Debe ser porque este país necesita esa fortaleza de esta mujer, que es institucionalmente más grande que la de todo el resto político junto. Debe ser que no es bueno que se penda del hilo de una conducción tan personificada, pero que a la vez hay las etapas históricas en que eso es imprescindible para continuar avanzando. No hace falta ser un cientista político para advertir que la enfermedad de Cristina conmocionó a todo el arco dirigencial -derecha recalcitrante incluida- no sólo por lo que la noticia provoca per se sino, en el caracú, porque nadie quiere imaginarse, ni muchísimo menos asumir en cuanto a responsabilidad de mando, lo que podría pasar si al frente de este país no está esta mina. Será que si en lo individual toca la mala aunque no tanto, en la política debe ser que esa puerta abierta indica el camino más adecuado.

Lamento terminar probablemente más cursi que profundo.

O quizá, y ojalá, deba festejarse que sea al revés.

Fuente: Marca de Radio
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31.12.11

Las cosas simples (Por Eduardo Aliverti)

Se suponía que el gran tema de fin de año –a más de una voracidad de consumo ¿patológica?– habría de ser el paquete de leyes ingresadas y sancionadas por el Congreso. En principio, se supuso mal. Pero merece análisis si los reemplazantes son acaso grandes temas.

Entre las nuevas herramientas de legislación se cuenta el manejo sobre Papel Prensa, que en rigor debe definirse como lo relativo a la prensa de papel. Al estar involucrados los dos diarios más importantes del país, toda la discusión se remite a la ofensiva de ambos contra el presunto intento gubernamental de quedarse con la empresa. Polémica que, por si fuera poco, ya venía acompañada por las revelaciones acerca del trámite horrible –terrorífico, más bien– que en la dictadura permitió a Clarín y La Nación alzarse con el monopolio de la producción y distribución de papel. Encima, llegó la guinda del operativo ordenado por la Justicia Federal mendocina en Cablevisión. El comando mediático opositor, con proporciones similares de deterioro y alto poder de fuego, puso en rango de gravedad institucional al conflicto de negocios entre el Estado y un grupo de comunicación con (muchas) adyacencias. Hay que apurarse a separar pajas de trigos. Y lo primero, asaz pedagógico en torno de cómo se manipula la información, es que el caso Papel Prensa parecería ser la única protagonización trascendente del Congreso y de la vida política. Además de que Hugo Moyano se convirtió para los medios dominantes en un sensible y justiciero rubio de ojos claros, ni los cambios en el régimen esclavizante para los peones agrícolas, ni las modificaciones a la ley penal tributaria, ameritaron apreciaciones considerables. Sólo se dejó lugar para que la denominada “ley antiterrorista” sea cuestionada a izquierda y derecha, en orden cuantitativo inverso. Hacia izquierda ganó líneas que el instrumento pueda disponerse para criminalizar protestas sociales, aunque las modificaciones de último momento retraigan ese riesgo. Hacia derecha se blande el peligro tremendo de que anoticiar cualquier cosa pueda considerarse como un acto de terrorismo. Y un número inmenso de cómplices y pelotudos se plegó a las urgencias corporativas de sus patronales, para redondear el combo citado: vienen por “nosotros”, como si esa primera del plural fueran los intereses o las necesidades populares. Están en su derecho de creerlo pero, ¿lo creen realmente? ¿Un conflicto de ya larga data entre el oficialismo y un grupo mediático debe ser tomado como persecución generalizada a la prensa? Repugna a la inteligencia un concepto como ése, pero no es novedoso. Este periodista, por razones tan íntimas como ideológicas, prefiere no cargar tintas alrededor de colegas que están sirviéndose del adversario explícito (ya le pasó: estuvo a punto de tipear “el enemigo”) para congraciar su ego a costa de lo que sea. Es decir: su ego o la imposibilidad de alinear en forma más adecuada a acción y conciencia. Toda encuesta que se quiera sobre la opinión de los periodistas, además de lo sabido en nuestro ambiente, revela que la gran mayoría de ellos muestra preocupación por las presiones internas de sus medios, las condiciones laborales, las contradicciones entre interés corporativo y uso de la información. Pero sólo una ínfima minoría cita como real que exista acoso oficial contra el periodismo.

El papel tiene todavía alcances potentes. Es el vehículo de grandes inversiones publicitarias, de oferta de empleo y de transacciones comerciales. Y agenda lo que reproducen los medios electrónicos. Lo que está impreso, lo que se toca, lo que se ve en los kioscos, lo que llega a las producciones de las radios y señales televisivas a primera hora de cada día, determina qué se genera mediáticamente. A quiénes llamar para poner al aire lo que se retroalimentará horas y jornadas enteras. Eso está más cerca del fin que del principio, por supuesto que observado a gran escala. La batalla por quién produce, distribuye e importa papel tiene una relación inversamente proporcional con el futuro decadente del producto, que no está cerca pero es irreversible. Es un cambio de paradigma cultural, civilizatorio, del que no importa estar a favor o en contra. Es, y punto. La cantidad de gente conectada a redes socio-cibernéticas, su preponderancia de clase, su impacto, es lo que debe interpretarse. Papel Prensa, o la prensa en papel, es de esos temas que, al margen de su importancia política coyuntural, suenan más viejos que jóvenes. Un sentido similar puede aplicarse a la contingencia de que algún juez vaya a valerse de vericuetos legales para perseguir periodistas, o maniobras mediáticas. Todo terminaría en una Corte Suprema que no come vidrio o, mejor, en últimas instancias judiciales que en ningún caso se animarían a la condena de la prensa. Si debatir sobre papel impreso es hacerlo sobre un insumo decaído –vale insistir que en miras de largo plazo– hacerlo alrededor del allanamiento en Cablevisión resulta patético. Es probable que haya habido exageración ejecutante, sobre todo por la participación de gendarmes. Por cierto, son o serían más confiables que la Federal. Está claro que hay ante todo un enfrentamiento de corporaciones. Pero la base es todavía más profunda. Si el Gobierno se decide a impulsar la conectividad aérea, con los decodificadores que –sin publicidad, curiosamente– están entregándose en forma masiva para acceder a las señales digitales, el negocio del cable quedará entre magullado y groggy. Chau Cablevisión y alrededores, siempre que termine habiendo oferta atractiva.

Y vaya un sentido homenaje al título central de La Nación del último jueves, si se trata de hallar explicaciones o señalamientos respecto de los intereses en juego. Uno creía que ese día ya había visto todo con un destacado de Crónica. Ubicó a cabeza de página la fiebre de ricos y famosos por hacerse enemas, en Capilla del Monte, para limpiar los intestinos de objetos y elementos contaminantes diversos. La capacidad de asombro siempre se reserva un sitio. El diario de los Mitre, según la definición clásica que ya no se conserva tanto, le ganó a Crónica. Y mandó de cabeza que “Dan más poder al Gobierno para manejar la economía”. La nota remitía a las leyes aprobadas en el Parlamento, pero importa nada más que la construcción de sentido simbólico de ese título. ¿Quién, si no el (un, cualquier) Gobierno, debería manejar la economía? Ellos. Una entidad tan difusa y concreta como aquella que se referencia al hablar de “los mercados”. Esos mercados nunca tienen nombre. Son bancos, fondos de inversión, compañías de seguros, buitres financieros, consultoras, calificadoras de riesgo. Gurúes y operadores del tipo Bernard Madoff, el estafador de Wall Street que subyugó a los tarados del sueño americano.

Ese título de La Nación del jueves simplifica todo. Gracias. Infinitas gracias. Su lógica es que nunca jamás debe ser un gobierno, una voluntad popular, quien maneje la economía. Deben ser, para siempre, ellos. El “ellos”. La esclarecida vanguardia de clase de derecha, que le denuesta a la izquierda aspirar a lo mismo que practican ellos. Reiteramos: “Dan más poder al Gobierno para manejar la economía”. Listo. Un título como ése exime de cualquier comentario respecto de qué está en juego. Y dónde ubicarse.

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31.10.11

El mandato de no ceder (Por Eduardo Aliverti)

En verdad, no se siente que haya demasiado para agregar. Haber acertado a vivir en el país real, descartando el mediático que hacía dudar a muchos, no confiere el derecho de caer en obviedades. Uno también dudó. Confesemos que, si se retrocede hasta 2008/2009, no había seguridades respecto del salto hacia delante. Casi que lo contrario, inclusive.

Para cumplir con lo que no por obvio deja de ser concluyente, Cristina aplastó al resto aunque, según las conclusiones de ciertos colegas, parece que no es dato central. Binner redondeó una elección muy buena, si se lo toma desde la condición de casi ignoto con que arrancó hace unos meses y aunque sea apresurado darle el papel de líder opositor natural que se le otorga junto a Macri. Como lo dijimos en la nota de este diario el lunes que pasó, el santafesino es hacedor de una gestión con buena fama y usufructuario del gorilaje de clase media que no encontró mejor refugio. Y al intendente porteño le queda por demostrar que, así le ponga todo el cuerpo a construir la alternativa explícita de la derecha, sabrá encarnar la opción ofreciendo algo mejor que lo que el kirchnerismo expresa por izquierda en los marcos del sistema. Adiós al hijo de Alfonsín, y adelante radicales con esas internas perpetuas que clonan a la inutilidad en forma igualmente imperecedera. Chau para el ex sheriff de Lomas de Zamora, junto con su esposa. El Alberto queda como dato folklórico. Interesante ratificación en cifras de la izquierda radicalizada, aunque no le haya alcanzado para meter representación parlamentaria (apunte de Ezequiel Adamovsky, historiador e investigador del Conicet, en Página/12 del último viernes: “A pesar de las protestas de la izquierda trotskista, la reforma política ‘proscriptiva’ parece haberla beneficiado porque la forzó a dejar de lado rencillas internas que (...) parecían insalvables. (Claro que) Sus mejores logros no estuvieron (...) en los distritos de mayor pobreza o presencia trabajadora”). Y Carrió, suponemos, está guardada en un rancho-spa para preparar la resistencia al régimen. Perdió “la corpo” mediática, además o antes que todos ellos. Ya se dijo, ya se sabía. Ya está, por más ganas de seguir regodeándose en que, alguna vez, el tiro salió para el lado de la justicia. Joaquín Morales Solá, en La Nación del 29 de junio de 2009 y entre múltiples otros, decía: “El kirchnerismo ha concluido anoche como ciclo político. El tiempo que le resta es el de un paisaje resbaladizo (...) El peronismo tiene desde ayer el candidato que buscaba para relevar el liderazgo de Kirchner: es Carlos Reutemann”. De pronósticos como ésos hay decenas, y es muy divertido memorarlos en las piezas audiovisuales y archivos gráficos que circulan a troche y moche por los programas y redes oficialistas. Ya está. Ya perdieron. Ya son un ridículo. Ya no significan más que la escritura de la impotencia.

Es mejor correr a la derecha por derecha, pero para delante. Divertirse un ratito con armas igual de sencillas que las ejercidas por ellos ayer y hoy, pero prospectivas. Con munición tan elemental como la empleada por los liberales para haber avisado, hace dos años, que el ciclo de los K estaba fenecido. Porque, de tan patéticos que fueron y son sus argumentos, merecen verse reflejados en la moneda propia. Por ejemplo, cuando el conflicto con los campestres era que la patria sublevada, desde la propiedad de la tierra, había ganado en las calles y las rutas su derecho a rebelarse, a exigir el fin de la yegua, a promover el Cobos inmediato. ¿Mentira, entonces, que el pueblo no delibera ni gobierna a través de sus representantes? Si tenían que pudrir todo a través del piqueterismo garca, estaba bien. Como estuvo bien que, a minutos de muerto Kirchner, editorialistas y operadores se dieran el lujo de reproducirle a la yegua el pliego de condiciones que La Nación le elevó al Presidente recién asumido. Romper con Cuba, reconciliarse con los organismos financieros internacionales, archivar los juicios al genocidio. Periodismo independiente. Y no pierden el tiempo. La Presidenta debe optar entre “el consenso o la lucha”, es uno de los reforzados caballitos de batalla con que machacan desde el domingo los medios de la derecha. Increíble, o insólita pero lógicamente pertinaz. Un gobierno que termina de ser refrendado con números inéditos, después de ocho años, y se permiten señalarle el rumbo con sentido contrario al implementado. ¿El “consenso” qué sería? ¿Defecarse en que el 54 por ciento de los votos respaldó una gestión capaz de haberles marcado la cancha a los gerentes económicos del Poder? ¿Sería sentarse a negociar para que no sigan fugando dólares? ¿Sería devaluar para “tranquilizar a los mercados”? ¿Sería prestarles oreja a los gurúes del establishment que pronosticaron un tipo de cambio 10 a 1, cuando la Argentina incendiada tras su inestimable colaboración con la apología de los ’90? ¿Sería arrodillarse en el altar de Melconian, de Broda, de De Pablo, de FIEL? ¿Sería que el pueblo equivocado se vaya a la huerta de Carrió, munido de inciensos, para encabezar la resistencia? ¿Sería ignorar la voluntad popular, entonces? ¿Violar el mandato de las urnas? ¿“La gente” vota una cosa pero debe hacerse otra? ¿El respeto a las instituciones es ante todo el interés de las corporaciones? ¿Esa es la concepción democrática de los “republicanos” que andan por las sesudas columnas políticas de la prensa libre?

El discurso de Cristina el domingo a la noche, tomando como único lo que dijo en el salón del hotel y en la Plaza, y haciendo abstracción de lo que se piense sobre su franqueza, tuvo una enorme generosidad. Paró agresiones, convocó a ser humildes en la victoria, llamó a que la convenzan de errores que está dispuesta a corregir o a superaciones que tiene ganas de asimilar (pero que alguna vez en la vida, por favor, le señalen políticas de Estado serias, tiradas desde la buena leche). Dejemos de lado el tramo de la alocución presidencial destinado a la tropa entusiasta: vamos por construir organización y poder en los frentes sociales, en las agrupaciones juveniles, en el entramado del abajo. Apartémoslo no porque carezca de significación. Al revés. Tal vez estemos frente a (el intento de) una etapa refundacional del kirchnerismo, destinada a convertirlo en algo estructuralmente más fuerte que el liderazgo personalista de un esquema favorecedor de las grandes mayorías. Solamente se trata de señalar que Cristina abrió la mano, concilió desde su avalancha de sufragios, se puso mucho más como jefa de Estado que en candidata reelecta por goleada. Y le respondieron con que se vienen la presidencia imperial, el poder omnímodo, La Cámpora, el avasallamiento del Congreso. Le dijeron que lo que debe hacer con el 54 por ciento de los votos es rifarlos. Nobleza obliga, los cruzados de esa perorata son colegas de los medios opositores. En líneas generales, con excepción manifiesta de la comandante Lilita, los dirigentes derrotados se llamaron a mezcla de felicitaciones y silencio. Los otros no esperaron ni un segundo. Siguen avanzando, ahora con el clima de la fuga de capitales, porque resultó que las imbecilidades de argüir ataques al periodismo y arrestos autoritarios caen en saco roto. Al margen de deficiencias técnicas y discursivas que el Gobierno debería asumir, en orden a que la inflación es la que es y el dólar continúa como el valor de confianza supremo, lo más importante pasa por cómo atacan en política.

Todo esto se produce justo al año de la muerte de un tipo que se merece una seguridad colectiva absoluta, aun para quienes persistan en odiarlo: decía en privado lo mismo que hacía en público. Un político sin doble discurso. Será por eso que el pueblo lo quiere tanto. Y que la derecha no sabe muy bien cómo seguir, salvo para joder la restitución de confianza popular, frente a un mito reciente que convoca multitudes hacia izquierda.

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24.10.11

Hallazgos argentinos (Por Eduardo Aliverti)

Con la contundencia de las urnas ratificada y extendida hasta límites impresionantes, la primera certeza es que debe festejarse semejante apoyo del pueblo a un proyecto que remó contracorriente. Sucedió algo inédito, de lo cual es probable que todavía no haya una conciencia cabal generalizada. Ni siquiera los opositores más acérrimos podrían negar que la apabullante victoria del Gobierno desmintió al manual del posibilismo.

Los Kirchner desobedecieron. No acordaron con el establishment punto por punto, retrajeron las relaciones carnales, articularon con sectores desplazados, reactivaron los juicios por el genocidio, impulsaron la reestatización del sistema jubilatorio y la ley de medios. Nada de todo eso formaba parte de lo esperable y el decurso electoral argentino era virgen en tal aspecto, si se lo mira desde cambios producidos hacia la izquierda. Por tanto, estamos ante un suceso histórico porque esas transformaciones acaban de ser respaldadas por segunda vez consecutiva. Una de las preguntas que se reimpone tras tamaña paliza es acerca de su componente profundo. ¿Cuánto tiene de soporte entusiasta y cuánto de que el mamarracho opositor no dejó opciones? Cualquier respuesta al respecto estará teñida de subjetividad; pero difícil equivocarse si, en lugar de adjudicar porcentajes terminantes a una y otra variante, se concede que hay de las dos cosas. Lo cierto es que, sean cuales fueren sus motivaciones, el voto aplastante es el que fue. Y con una participación notable. Este último detalle no debe ser pasado por alto. La concurrencia está en línea con la media histórica, pero luego de que las primarias clausuraran toda posibilidad de sorpresa se pensó en una apatía de asistencia. Todo lo contrario: la oposición abandonó, la gente no. Eso significa que no hay derecho opositor a ampararse en su ultradivisión, para justificar la extraordinaria elección de Cristina. Los deméritos propios forman parte de las virtudes ajenas. Ahí vamos en las líneas que siguen.

Hace unos días, quien esto firma charlaba, en forma circunstancial, con un alto referente del kirchnerismo. El punto obvio y monotemático, al comienzo del diálogo, fue el porcentaje que alcanzaría Cristina. ¿Más cerca del 50 largo o de arrimar al 60? Culminada alguna referencia, breve, en torno de la ligera inquietud que generan las profecías elementales (¿será cierto que vamos a ganar por robo semejante?), el hombre dijo: “La verdad es que ni (se) esperaba que pasáramos el 50 por ciento en las primarias. Ponele que calculábamos un 45; 47 como mucho”. Uno ya había escuchado eso en boca pública de Aníbal Fernández. “Pero, ¿por qué no lo esperaban?”, se permitió interpelar el firmante para insistir con su hipótesis de que la oposición jamás tuvo intenciones serias de ganar. Dejaron todo servido en bandeja no por impotencia, no por incapacidad individual. Se entregaron por haber asimilado que no pueden ofertar nada mejor, a la derecha de esta izquierda. “Lo que pasa es que mientras esta gente no se dé cuenta de que la corporación mediática les fija lo que tienen que hacer y decir, van al muere”, dijo el hombre del oficialismo. A esta altura del partido, cree el periodista, no es que no advierten que el dietario se los fija “la corpo” ni que no les sirve prosternarse frente a ella, a cambio de ganar centímetros y minutaje. Es que el kirchnerismo los corrió por izquierda eficaz. Les demostró que su capitalismo es mejor que el de ellos. Los dejó sin discurso, ni ganas. El único salvador de ropa volvió a ser Binner, protagonista de una gestión con buena fama y locatario de un gorilismo clasemediero que no encontró mejor refugio. Alrededor de un 15/17 por ciento de los votos para el santafesino no es moco de pavo si se toma nota de que arrancó en carácter de perfecto desconocido, por fuera de su distrito. Pero, de momento, no expresa más que el haberle puesto fichas a una figura con imagen de honestidad, como para licuarse la conciencia culposa de saber que a este país sólo puede gobernarlo el peronismo. O el kirchnerismo como su etapa superadora, aunque nunca prescindiendo de sus aparatos todavía vigentes. Puede decírselo de otra forma: sólo el peronismo tiene vocación de poder. Lo demás, ya se sabe, está constituido por comentaristas que hablan de abstracciones.

La ventaja que sacó ayer el Gobierno trae esa excelente noticia de una gestión respaldada por las urnas, en cantidad y calidad, como nunca se vio. Es una ventaja de sentido mucho más grande que la del Perón retornado del ’73. Porque aquello se asentaba en expectativas míticas y esto, en realidad concreta. Y porque significa respaldar una administración al cabo de 8 años. Los números de este domingo eximirían de mayores comentarios, pero lo cualitativo obliga a repasar cómo se constituyó la cantidad. Fue contra viento y marea. Fue contra todas las recetas que quiso imponer la derecha. Fue contra el pliego de condiciones que el diario La Nación puso blanco sobre negro a horas de asumido Kirchner, en 2003. Fue contra la bestialidad destituyente de los campestres vencedores de 2008, que en agosto y ayer votaron al oficialismo porque las náuseas que les da la yegua se rinden ante la prepotencia de una capacidad de mando que los manda, los ordena, los agenda. Que les demostró que pueden ganar un vagón de plata sin necesidad de cagarse en el resto así nomás. Fue contra que ningún gobierno es capaz de resistir cuatro tapas negativas de Clarín. Fue que una vez llegó un tipo y dijo: “No vengo a dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada”. Y es que su pareja demostró igual cosa contra el mismo viento y marea que la sindicaba como una mera portadora de zapatos y carteras exclusivas. Ganó Cristina, por robo. Y es un dato enorme que lo haya hecho tras ocho años de recostarse en la confianza popular, incluso cuando le fue adversa. Versus Cobos, cadenas mediáticas privadas, fondos monetarios, ortodoxias fiscales y sus etcéteras.

Cuando parece que la distancia descomunal lograda por la Presidenta no deja espacio para análisis mayores, paradójicamente el capítulo que se abre es apasionante a dos puntas. De la oposición sólo sobrevive Binner, con una alianza que ante todo semeja a un rejuntado complejo, testimonial, cuyo perfil socialdemócrata moderado tiene la “infiltración” de un peronismo resentido vaya a saberse por qué (ni tampoco importa mucho que digamos). Hay quienes se tientan mentando a Binner como el líder “natural” del espacio opositor, pero en este caso las matemáticas secas no serían buenas amigas de la profundidad analítica. Al margen de que el santafesino es el peor segundo de la historia, ¿cómo podrían “integrársele” los votos del Padrino y del pretendiente a Steve Jobs de San Luis? Hasta los del hijo de Alfonsín, sobrevivientes-núcleo duro del radicalismo tradicional, no son inmediatamente asimilables a un liderazgo extrapartidario. Es claro que despunta Macri, con la salvedad de que crecer a nivel nacional requiere de trabajo a tiempo completo y no es chicana. Podría ponerle todo el cuerpo a construir la alternativa explícita de la derecha. Pero para eso hace falta una convicción que le queda arriba de su creatividad y, encima, necesita fuertes personalidades acompañantes que ayer resultaron demolidas sin reemplazo a la vista.

Con ese panorama en la vereda de enfrente, la revalidación del liderazgo cristinista y del kirchnerismo como única opción conductiva del país vienen de la mano con la seguridad de que todo lo que vaya a suceder será por lo que ocurra dentro de la esfera oficial. En lo estrictamente “político”, los K disponen de una integración vertical que se asienta en el comando de una mujer excepcional. Y la pregunta es hasta qué punto abrirán la mano para el surgimiento de nuevos cuadros, capaces de sostener la mística y de mostrarse como el recambio que asegure el proyecto inclusivo. Esto viene a cuento de que, tal vez, las probabilidades de que este modelo se clausure por derecha, a largo plazo, provienen desde dentro del propio peronismo. Hoy suena poco menos a extravagancia; mañana no es descartable por obra de que afuera quedó la nada, y hace rato. Pero, ¿cómo es que podría pasar eso en medio de esta demostración de algarabía o aceptación populares, traducida en cifras arrolladoras? Hay varios factores: desgaste en el ejercicio del poder; un mundo de crisis financiera que se presenta más hostil que amigable, excepto por el precio de las materias primas; las tensiones de la sucesión; los riesgos de que avanzar en la profundización del modelo supongan enfrentamientos neo-125, y la muñeca y el coraje que se necesitarán para sortearlos.

Pero está bien. Ya habrá tiempo de preocuparse por eso. Ahora hay que gozar de la condición necesaria, que es un pueblo feliz y tan festejante como la Plaza reveló anoche. Esa fuerza permite diagnosticar que basta con mantenerla para que nada sea imposible. La secuencia de votos a Presidente, desde 2003, en porcentajes, es 22, 45, 50 y más de un 50 largo, al momento de escribirse esta nota. Convengamos: Cristina reelecta con estas cifras, un socialista segundo y la izquierda clasista evitando el último lugar, es una particularidad argentina. Con estos números es inverosímil que haya lugar para quebrarse. Que así sea.

Fuente: Pagina 12
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"Una pulga no puede picar a una locomotora, pero puede llenar de ronchas al maquinista" (Libertad, amiga de Mafalda)